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EL ENCUENTRO DE “EL GRANDE”
Cuando los investigadores del Grupo de Teledetección de la Universidad de Boston anunciaron el descubrimiento de los restos de el cráter más grande descubierto jamás en la región del Gran Sahara en el Norte de África el 3 de marzo del año 2.006, con el Dr. Farouk El-Baaz a la cabeza, intuyeron rápidamente que uno de los misterios geológicos más importantes de todos los tiempos podría verse aclarado.
El Dr. Farouk junto con su colega la Dra. Eman Ghoneim, bautizó al nuevo cráter descubierto con el nombre en árabe de “Kebira” (grande), después de localizar el posible impacto de un meteoro mientras estudiaban imágenes de satélite del desierto occidental de Egipto. Ante ellos apareció la imagen de lo que parecía ser un cráter de doble anillo, con una extensión de 31 kilómetros de diámetro, muy similar a la de muchos cráteres de doble anillo existentes en la Luna, y que el Dr. Farouk ya conocía muy bien desde que años atrás trabajó para el programa Apolo de la NASA. A partir de los primeros datos obtenidos, el equipo de investigadores de la Universidad de Boston especuló sobre el posible choque de un meteorito de aproximadamente unos 1,2 kilómetros de ancho hace varios millones de años, muy similar en tamaño y poder destructivo a los que se asegura son responsables de la existencia de las “tectitas”, termino que viene etimológicamente del griego (tecktos), y que significa “fundidos”. Las tectitas, son pequeñas piezas que se creen formadas durante el impacto de un meteorito sobre la superficie terrestre, en el que las rocas son fundidas formando cristales homogéneos ricos en sílice y expandidos en torno al epicentro del punto de colisión, variando su color desde el negro o marrón oscuro hasta el gris o verde.

Dr. Farouk El-Baaz
Se conocen cuatro áreas geográficas principales en nuestro planeta donde las tectitas pueden ser localizadas: Norteamérica, Europa Central, Costa de Marfil y Australasia, más una quinta área o región a la cual no se le podía asociar por el momento un punto importante de impacto de meteorito alguno, por la sencilla razón de que jamás se había localizado dicho punto de impacto. Y esa zona era precisamente la del desierto libio en el Gran Sahara, la misma en la que el Grupo de Teledetección de la Universidad de Boston había anunciado el descubrimiento de “Kebira”. ¿Había encontrado el Dr. Farouk el origen de las tectitas en esta área del Norte de África, y ayudaría el mismo descubrimiento a profundizar en el estudio de las tectitas?
EL CRISTAL DEL DESIERTO LIBIO
Hacia ya muchos años que los hombres de ciencia venían especulando sobre el origen del conocido como LDG, iniciales que se corresponden a las palabras en inglés “Libyan Desert Glass” (cristal del desierto libio), ubicado en el oeste de Egipto, en el sur del Gran Mar de Arena junto a la frontera con Libia. Las tectitas aquí localizadas se encuentran en un área ovalada de 6.500 km2 de extensión, unos 130 kilómetros de larga por 50 kilómetros de ancha, en la que probablemente sea la mayor reserva natural mundial de vidrio de sílice, estimada aproximadamente en más de 1.400 toneladas dispersas en esta parte del desierto.
En tiempos modernos, se tiene conocimiento de su existencia desde el año 1.932, cuando Patrick Clayton, inspector del Servicio Geológico de Egipto lo descubrió durante unas prospecciones en el Gran Mar de Arena, destacando ante todo el gran tamaño de algunas de las tectitas, capaces de sobrepasar en algunos casos los 25 kilogramos de peso, y sobre todo su gran pureza, que las convierte en únicas en el mundo al alcanzar el 98% de sílice puro.


La presencia del LDG (Libyan Desert Glass) se encuentra localizado en un punto muy concreto del desierto de Sahara, conocido como El Gran Mar de Arena, entre Libia y Egipto.
Ya en la antigüedad, alrededor de 10.000 años atrás, el hombre descubrió este vidrio, habiéndose localizado yacimientos arqueológicos con la presencia de cuchillos afilados, raspadores y puntas de flecha. Incluso en 1.998 se determinó que una de las piezas encontradas en el interior de la tumba de Tutankhamón (1.346 – 1.337 A.C.), descubierta por el inglés Howard Carter en 1.922, concretamente un escarabajo sagrado, estaba manufacturado en LDG.
Al igual que su pureza, el color verde claro, casi amarillento del LDG, le diferencia prácticamente del resto de tectitas del mundo, aproximándose tan solo las tectitas conocidas como “moldavitas” cuyo nombre proviene del valle del Río Moldavia, al norte de Praga (República Checa), donde se obtuvieron las primeras muestras. Frente a una composición del LDG del 98 % de silicio, las moldavitas apenas alcanzan el 85 % conteniendo gran cantidad de impurezas como el hierro, que le otorgan ese color verde botella oscuro tan característico.

Ala izquierda se puede apreciar un escarabajo de LDG utilizado en la elaboración de una pieza de joyería del antiguo Egipto. A la derecha un trozo del enigmático material.
El LDG es un vidrio básicamente compuesto por dióxido de silicio, comúnmente encontrado en su forma cristalina como el cuarzo. En la naturaleza se encuentran pequeñas piezas de vidrio de sílice a menudo asociadas con flujos de lava volcánica que de repente son vertidos en el mar. El silicio de la lava en su contacto con las frías aguas se congela, formando una masa amorfa que se asemeja a los vidrios rotos. Estos materiales son constituidos aproximadamente por el 75% de sílice, el resto está formado por cristales de cuarzo, óxidos de aluminio y hierro. El LDG, por el contrario, tiene una composición del 98% de sílice puro como citábamos anteriormente, el más puro cristal natural que podamos encontrar en el mundo, permitiéndole algunas notables características, como el poder ser calentado hasta los 1700 ° centígrados antes de que empiece a fundirse, es decir, 500 ° centígrados más alta que cualquier otro vidrio natural conocido por el hombre.


Arriba, en la primera imagen, puntos de localización de las áreas del Gran Mar de Arena, punto de diseminización del LDG y del Cráter Kebira. Abajo, en la fotografía del satélite, ubicación exacta del Cráter Kebira, prácticamente dividido entre las fronteras de Libia y Egipto (línea vertical de color verde situada a la izquierda).
En el 2 % restante de la composición del LDG, destacan pequeñas muestras de iridio, un elemento poco abundante en la naturaleza terrestre y rico por el contrario fuera de nuestro planeta, tal como lo indica la composición de meteoritos o cometas. Este dato acerca al LDG como procedente del impacto de un meteorito, tal vez el que originó el recientemente descubierto Cráter Kebira, sin embargo la presencia de iridio, el metal más denso que se conoce (una botella de un litro alcanzaría un peso de 22,65 Kg.) es inferior al del resto de las tectitas de todo el mundo, unido todo ello a que entre el cráter Kebira y la zona sur del Gran Mar de Arena, donde se encuentra diseminado el LDG, hay una distancia de 150 Kilómetros. ¿Cómo se explica entonces la existencia del LDG en una distancia tan lejana al cráter Kebira? ¿Existe otro cráter aún no descubierto? ¿Por qué el LDG se encuentra en un estado tan puro que le hace ser totalmente diferente al resto de tectitas del mundo? ¿Fue otro el motivo que causó la aparición del LDG?
DEMASIADAS PREGUNTAS SIN RESPUESTA
Después del indudable valor del descubrimiento del Dr. Farouk y sus colegas de la Universidad de Boston, que llevó a muchos investigadores a afirmar rotundamente que el enigma del LDG había quedado resuelto con una prueba física irrefutable, los ánimos se han ido templando entre la comunidad científica. Se ha especulado que tal vez bajo las gigantescas dunas de arena se pueda encontrar el verdadero punto de impacto que originó el LDG, aunque todas las búsquedas con los distintos sistemas tecnológicos de detección no hayan arrojado resultados satisfactorios. Del mismo modo, y al igual que ocurriera en la taiga siberiana con la explosión de Tunguska de 1.908, donde jamás se ha encontrado el punto de impacto, se ha lanzado la hipótesis de que, el bólido celeste, explotó producto del calor intenso y masivo de la fricción de comprensión contra la atmósfera terrestre poco antes de colisionar sobre la superficie del desierto, originando una elevada temperatura de aire de chorro que podría haber generado el calor necesario para derretir la arena y, sin embargo, no dejar un cráter de impacto. Pero una gran duda surge de inmediato ante tal hipótesis: ¿qué clase de explosión es capaz de generar más de 1.400 toneladas de vidrio y diseminarlas en un área de 6.500 km2?
La más que difícil inaccesibilidad al área donde se encuentra diseminado el LDG ha impedido realizar más estudios en profundidad sobre los orígenes del enigmático vidrio. Su emplazamiento en lo más profundo del Desierto del Sahara, donde la carretera asfaltada más próxima se encuentra a mil kilómetros de distancia, requiere una expedición equipada para viajar durante al menos una semana por uno de los terrenos menos amables que podremos encontrar en la geografía de nuestro planeta. A pesar de ello, este problema no constituye ni mucho menos el mayor inconveniente para adentrarse en el infierno del Mar de Arena del Sahara, con temperaturas que sobrepasan los 50º centígrados durante el día y cercanas al cero absoluto durante la noche. El verdadero problema es de carácter geopolítico, pues Libia no ha sido nunca un país al que ha sido fácil acceder. El gobierno de Muammar al-Gaddafi ha sido siempre reticente a abrirse al resto del mundo. Desde la guerra con Egipto en julio de 1.977, las relaciones entre Egipto y Libia han sido tensas, con escaramuzas esporádicas hasta fechas recientes, requiriéndose un permiso especial para visitar tanto la zona fronteriza del lado libio como la del lado egipcio por parte de las autoridades militares de ambos países. Basta pensar que resultado de todas las dificultades expuestas con anterioridad han hecho que entre los coleccionistas e interesados en la obtención de LDG, su cotización se haya disparado hasta alcanzar en el mercado un precio que sobrepasa los 1,25 € el gramo en bruto.

Las expediciones organizadas hasta el momento para poder confirmar las hipótesis del Dr. Farouk sobre el Cráter Kebira (en la imagen) no han arrojado los datos suficientes y necesarios. Por el contrario, han abierto aún más dudas sobre la existencia del LDG.
Por si fuera poco, las escasas expediciones de astrónomos y geólogos que han logrado alcanzar el emplazamiento donde el Dr. Farouk El-Baaz asegura haber localizado el cráter que denominó Kebira, aseguran no haber descubierto el suficiente número de indicios que señalen con claridad que allí, bajo sus pies, hace millones de años impactase meteorito alguno. Estos mismos geólogos afirman que la forma circular del Kebira podría ser una pura coincidencia y que toda la formación podría ser el resultado de un patrón hidrotermal, proceso mediante el cual el agua de mar habría penetrado en la tierra, calentándose a continuación por el calor del magma o rocas eruptivas, y reaccionando con las rocas en contacto con él, seguido todo por una larga erosión eólica. Estos mismos investigadores identifican todo el área de formaciones rocosas asociadas a los supuestos anillos del cráter, como montañas erosionadas del periodo carbonífero (345 millones – 280 millones de años), con estratos sedimentarios de arenisca similares a los del resto del suroeste egipcio, que forman capas horizontales de rocas sedimentarias perfectamente visibles y que alejan la posibilidad de que aquel paraje sufriese una devastación como la que sus colegas investigadores de la Universidad de Boston preconizan.
Por tanto, la comunidad científica continúa deliberando ya no sólo si el LDG es originario del impacto estelar que formo el Kebira, sino sobre si el propio Kebira es un cráter producto de la colisión de un meteoro espacial, y sobre todo, ¿cómo es posible el LDG presente un grado de pureza y transparencia tan elevado tan diferente al resto de tectitas, en las que el hierro y otros materiales se mezclan en altos niveles de concentración junto con el sílice fundido tras el impacto?
TECTITAS Y TRINITITE
A las 5:30 horas de la mañana del 16 de julio de 1.945, tras ser colocada en lo alto de una torre de 33 metros, ubicada a 340 kilómetros al sur de Los Álamos, concretamente en Alamogordo en las instalaciones militares secretas de White Sands en Nuevo México (EE.UU), detonaba la primera bomba atómica experimental, de 19 kilotones bajo el nombre clave de Trinity. Pocas semanas mas tarde era arrojada la primera bomba atómica denominada Little Boy sobre la ciudad japonesa de Hiroshima.
Aquella primera bomba experimental contenía una energía equivalente aproximada a la de unas 19.000 toneladas de explosivo clásico, tipo TNT. Seguidamente a la detonación, una enorme bola de fuego cubrió instantáneamente un perímetro de un kilómetro y medio de ancho, elevándose majestuosamente una columna de humo hacia los cielos que se ensanchó hasta formar un gigantesco hongo de casi 12 kilómetros de altura. Posteriormente militares y científicos pudieron comprobar asombrados, a medio camino entre la satisfacción y la estupefacción, los resultados obtenidos por la bola de fuego que quemó el desierto formado una depresión o pequeño cráter de 800 metros de diámetro, sobre el que asombrosamente se formó una capa de color verde oliva.

Las explosiones nucleares son capaces de crear tectitas artificiales, las denominadas como "trinitite".
Dos meses después, el prestigioso semanario estadounidense Time no dejaba escapar este curioso detalle, en su edición del 17 de septiembre de 1.945 comentaba: "Visto desde el aire, el cráter se parece a un lago de color verde jade con forma de estrella”. La explosión nuclear generó un calor que fundió la arena del desierto, convirtiéndose en un vidrio de color verde al solidificar rápidamente de nuevo. El hombre, aparte de comprobar el poder destructivo de la energía atómica y descubrir los efectos negativos de la radioactividad, había sido capaz de generar con su tecnología tectitas naturales, de las que se recogieron gran cantidad de muestras, y a las que se denominó con el nombre de “trinitite”, en honor a la primera bomba atómica, bautizada con el nombre de Trinity, una ocurrencia de su creador el físico estadounidense Julius Robert Oppenheimer (22/04/1904 – 18/02/1967), director científico del proyecto “Manhattan” dirigido a conseguir la primera arma nuclear que diese la victoria a los Estados Unidos durante la II Guerra Mundial. No mucho tiempo después de la explosión y por cuestiones de seguridad el cráter fue enterrado, al detectarse un alto nivel de radioactividad, si bien en la actualidad el nivel radioactivo es prácticamente cero.
No han sido pocos los investigadores que han observado atónitos la enorme semejanza entre las tectitas o LDG por un lado y los vidrios producto de la explosión en White Sands de 1.945 y las posteriores detonaciones nucleares que las diferentes potencias nucleares han venido realizando a lo largo del tiempo. Los datos están ahí y solamente son cuestionados por un axioma científico que afirma que “sólo el hombre moderno ha sido capaz de producir energía nuclear y por tanto ninguna antigua civilización fue capaz de desarrollar tecnología atómica”.

Cráter de la explosión nuclear realizada el 16 de julio de 1.945. La prensa lo describió como... "el cráter se parece a un lago de color verde jade con forma de estrella”.
La información geoquímica, que es la que solamente tendría que tener en cuenta los científicos, arroja las siguientes semejanzas entre el trinitite y el LDG:
a) Iguales niveles de silicio. b) Color y transparencia. c) Formas. d) Menos de una milésima por ciento de peso en agua. e) Presencia de incrustaciones de cuarzo, lechatelierita y cristobalita. f) Iguales niveles de Óxido-Reducción en el Hierro contenido de tipo Ferroso-Férrico. g) Iguales niveles de magnetismo residual.

A la izquierda, "moldavitas", en el centro un fragmento de LDG y a la derecha, un pedazo de "trinitite".
¿Es una locura tan siquiera insinuar que, tal vez en el pasado pudo haber civilizaciones que hicieron uso de armas nucleares?
Para muchos investigadores no han pasado desapercibidos varios comentarios realizados ni más ni menos que por el propio “padre” de la bomba atómica, J.R. Oppenheimer. Basta recordar que en el primer momento, tras la explosión, y tras recibir una avalancha de felicitaciones por parte de todo el equipo presente en la detonación de Trinity, Oppenheimer, que el resto de su vida demostró muy poco entusiasmo por su logro científico y un profundo sentido de la responsabilidad que en algunos momentos llegó a agobiarle por las consecuencias que se derivaban, ante la extrañeza de sus colegas en el proyecto y tras exclamar un explicito “¡Funcionó!”, citó unas líneas de un poema épico indio llamado Bhagavad Gita: “Me volví Muerte, el destructor de mundos…”
El Bhagavad Gita, traducido al español como Canción de Dios, es un conjunto de escrituras sánscritas incluidas en uno de los textos de la antigüedad más polémicos de todos los tiempos, el Mahábharata. En dicha obra muchos investigadores han creído encontrar las pruebas suficientes para poder afirmar sin duda alguna, que en la antigüedad el hombre dominaba entre otras muchas tecnologías, la aeronáutica y la energía nuclear. En el Mahábharata, el más extenso poema épico de toda la literatura india, aparecen descritas con toda precisión diferentes armas atómicas, su uso y sus consecuencias, que son un reflejo fiel de todo aquello que hoy el hombre moderno conoce.
¿Conocía Oppenheimer todos estos escabrosos detalles que relacionaban el Bhagavad Gita y el Mahábharata con el empleo de armas nucleares en la antigüedad o fue una simple casualidad literaria de una persona muy culta como así lo demostró a lo largo de toda su vida?
Si seguimos indagando en los comentarios de Oppenheimer a los que hacíamos referencia inicialmente, descubriremos rápidamente la respuesta.
Siete años más tarde al acontecimiento histórico ocurrido aquella mañana de verano de 1.945 en White Sands, durante una de las numerosas conferencias que el físico estadounidense protagonizó por medio mundo a lo largo de su carrera, y ante una expectante audiencia de estudiantes, profesores y periodistas que anhelaban escuchar a una de las mayores eminencias científicas que había dado el siglo XX, Oppenheimer afirmó sin titubear cuando se le hizo referencia a que había sido la primera explosión atómica en el mundo que: “…Bueno, si…, en la historia moderna…”.
Al igual que en aquella histórica mañana, cuando Oppenheimer pronunció aquellas palabras extraídas del Bhagavad Gita, los asistentes a la conferencia tampoco terminaron de entender el verdadero significado de su afirmación, en la que insinuaba que Trinity solo podía ser considerada como la primera bomba atómica…, si excluíamos a las de la antigüedad.

El físico estadounidense Julius Robert Oppenheimer, junto a Albert Einstein.
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