UROS

LOS SERES DEL LAGO

Por: Carlos E. Casero

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De acuerdo a sus propias leyendas, los uros, un grupo de indígenas emplazados desde tiempos remotos en el lago Titicaca, su pueblo ya existía mucho antes de que el Sol iluminase nuestro mundo, cuando la tierra todavía era oscura y fría. Ellos no se consideraban hombres, y aseguraban pertenecer a la primera tentativa de humanidad hecha por los dioses, denominándose a sí mismos los kot'suns, los seres del lago o pueblo del agua.

 

Lago Titicaca. Se cree debe su nombre a una especie ya extinguida de pequeño felino salvaje, similar al puma, el "titi" o "mulumulu". De la unión de "titi" (puma) y "kaka" (piedra) surge el nombre de "titikaka" (puma de piedra). Según la mitología incaica , los fundadores del imperio inca salieron de las aguas del Titicaca y caminaron hasta el Cuzco en donde se establecieron y fundaron la capital del imperio. Las ruinas de la ciudad de Tiahuanaco, en el lado boliviano del lago, se encuentran hoy a unos 20 km del lago Titicaca. Originalmente debió encontrarse en las orillas, debiéndose la actual distancia a la desecación progresiva del lago.

 

Extinguidos étnicamente a mediados del siglo pasado (el último integrante de este pueblo fue una mujer fallecida en 1.959, aunque según otras fuentes retrasan este hecho a 1.966), su descendientes, una mezcla llevada a cabo mayoritariamente con  indígenas aymaras y en menor medida con quechuas, continúan habitando un sorprendente archipiélago de  islas artificiales  de totora (especie de junco que crece en los terrenos pantanosos de América del Sur) en el que es el  lago navegable más alto del mundo (3.800 metros), el lago Titicaca, ubicado entre las repúblicas de Perú y Bolivia, que con sus 204 kilómetros de largo y 65 de ancho ocupa una extensión de 8.562 km²  (4.772 km² pertenecientes al Perú y 3.790 km² a Bolivia) que le convierten en el segundo lago más grande de toda Sudamérica.

Su aislamiento en unos casos, el acoso recibido en otros, y distintos desastres naturales que limitaron drásticamente sus recursos, pusieron a los uros al borde de la inanición absoluta. Esta situación forzó su acercamiento a indígenas aymaras, que tradicionalmente habían cultivado las proximidades de la orilla del lago y criado ganado, comenzando a trabajar en ocasiones para ellos y descubriendo un mundo desconocido, sobre todo entre los más jóvenes, que poco a poco empezaron a distanciarse de las costumbres de los más mayores, hasta el extremo de mezclarse con los “humanos”.

 

Antiguas imágenes de inicios del siglo pasado de indios uros.

 

Su estirpe arrogante y orgullosa les había llevado a aislarse del resto  del mundo, guardando con celo sus tradiciones y costumbres hasta que, como aseguran hoy sus descendientes, finalmente desaparecieron cuando desobedecieron una de sus principales leyes mantenidas durante siglos, y se mezclaron con los seres humanos. Tampoco sus vecinos, los quechuas y los aymaras, les concedieron mucha tregua en tierra firme, obligándoles a replegarse siempre hacia el lago, donde los uros crearon unas islas artificiales  (20 años dura cada isla flotante antes de que la totora se pudra y se descomponga) hechas de totora que crece naturalmente en las orillas del Lago Titicaca y que se va añadiendo una vez cortada en sustitución de la que se va desintegrando en la parte inferior. Las islas flotan en la superficie del lago, en áreas con una profundidad no superior a los cinco o seis metros (la profundidad máxima del lago alcanza los 360 metros) ancladas al fondo mediante pesadas piedras atadas a cuerdas o largas varas que clavan en el fondo fangoso del lago.


La totora fue y sigue siendo,  el principal recurso para la subsistencia y forma de vida de los uros, debido a que con ella construyen sus islas, realizan todo tipo de tejidos, confeccionan  los  techos, paredes y puertas de sus viviendas. De igual modo realizan el principal medio de transporte entre sus islas y el continente: sus embarcaciones. Cuando los tallos se secan los usan como leña para sus cocinas, y por si fuera poco, también utilizan la totora como alimento, quitándole la corteza  a la base del tallo (chullu), de dónde extraen una insípida sustancia blanquecina que, aunque no muy sabrosa,  complementa  su dieta. Al caminar sobre una de las plataformas de totora, los pies se hunden unos cuantos centímetros a cada paso. Actualmente, existen en la región denominada del “totoral” unas 200 islas habitadas por casi 300 familias. Se tiene constancia de que en el siglo XVI, estas últimas superaban fácilmente la cantidad de 4.000.

 

La totora, el principal recurso para la subsistencia y forma de vida de los uros. A la izquierda podemos ver la totora en su estado natural.


 Hoy en día, sus descendientes han continuado habitando este conjunto de islas, que con la llegada del turismo han sabido aprovechar económicamente, manteniéndolas  a la vista de los visitantes en el mejor estado posible, facilitando la visita obligada a éstas y promocionando la venta de hermosas artesanías de totora. Por desgracia, a pesar de que los llamados uros actuales viven en islas flotantes y conservan la forma de sus viviendas y típicas embarcaciones, no hablan la lengua de sus antepasados, y han olvidado casi prácticamente sus creencias y costumbres. De hecho, son acusados de vivir de la herencia de las tradiciones de sus antepasados, y que todo el tema de las islas no es más que una fachada de los operadores turísticos, que la única realidad consiste en que, llegada la noche, los habitantes de las islas se van a dormir a la cercana localidad de Puno, donde tienen extensos terrenos que les ha donado el gobierno peruano por su apoyo a la industria turística.


Los antiguos uros sobrevivieron pescando, aunque no eran muy amigos de internarse lago adentro, practicaban la caza y recolectaban huevos y pequeños moluscos, así como frutos silvestres y raíces.  Debido a la presión de aymaras y quechuas, más tarde de los incas y por último de los conquistadores españoles, no tuvieron la oportunidad de desarrollar la agricultura en tierra firme, llegando tan sólo en algunas ocasiones a poder cultivar algunas patatas o cebollas, en pequeñas áreas de suelo que quedaban libres del lago, cuando el nivel de éste descendía.
 
Del mismo modo que los uros despreciaban al resto de sus vecinos por considerarse de una raza distinta y superior, ellos eran también despreciados por el resto de pueblos. En el caso particular de  aymaras y quechuas, aparte del desprecio habitual también sentían cierto temor, al ser considerados los uros un pueblo de brujos dotados de poderes mágicos, motivo por el cual  realizaban ofrendas una vez al año en honor de los dioses de los uros, para evitar así su posible su cólera. A su llegada, los incas dieron una vuelta de tuerca más a la ya de por si difícil situación de los uros, prohibiéndoles acercarse tan siquiera a la orilla del lago, por ser  considerados un pueblo miserable y pobre, y al que el único impuesto que se les requería consistía en una sección de caña hueca llena de arroz. Su desprecio hacia ellos llegó hasta el extremo de que, en tiempos del inca Huayna Cápac, para burlarse de ellos, como tributo se les exigía entregar anualmente un canuto de pluma lleno de piojos. Como si de una maldición se tratase, a los uros con los españoles tampoco les fue mucho mejor. A los ojos de éstos, eran los indios más sucios, inútiles y tontos con los que jamás se habían topado, hasta el extremo de que después de perecer cientos de ellos durante el intento de esclavizarlos en las minas, en jornadas de más de 20 horas, sin más alimento que unas cuantas hojas de coca y sorbos de licor, al final los españoles desesperados  toleraron su huida por darlos como un caso totalmente perdido.

 

La enorme superficie del lago Titicaca siempre fluctúa de acuerdo con los caprichos o antojos del clima. En años de escasez de lluvias, la diferencia del nivel de las aguas es de unos 75 cm entre invierno y verano. Pero si llueve mucho en lo que va de enero a marzo (unos 700 mm como máximo) unido a una abundante afluencia de agua de deshielo, el nivel del lago puede subir unos 150 centímetros.

 

Pero, ¿cómo eran los uros? Cuentan las crónicas que, al contactar los españoles con ellos por primera vez, al ver su cuerpo menudo pero robusto, su cara de medialuna, sus ojos rasgados y su piel tiznada por décadas de sol abrasador, sumamente más oscura que los pueblos vecinos, preguntó a uno de ellos  un conquistador español a través de un guía nativo que les acompañaba: “…Oye tú, ¿qué clase de gente eres?...”. Y el uro respondió: “…No soy gente, soy uro, y tengo la sangre negra…”.

A pesar de su aspecto sucio y desarrapado, incluso a los ojos del resto de pueblos indígenas vecinos, eran altivos y enormemente orgullosos, haciendo gala de un racismo extremo al considerar que ellos no eran seres humanos, sino algo más superior y por tanto más cercano a los dioses. Presumían de soportar perfectamente las frías, húmedas y duras noches de invierno tan características del Lago Titicaca, y como expertos nadadores aseguraban que ellos nunca se ahogaban. Del mismo modo se jactaban de no tener miedo a las tormentas y de soportar la caída de un rayo sobre sus cabezas.

Su lenguaje, hoy en día totalmente perdido, era muy diferente al del resto de los pueblos vecinos, los lupakas, pakaxes, kallawayas, kollas, ayasuris, aymaras y los quechuas, que lo tachaban de “feo y molesto al oído”. Para los españoles era un lenguaje “gutural”,  aparte de ser el más difícil de aprender de entre todos los pueblos nativos. Hoy se cree que dicha lengua sería de la estirpe aruwak, un pueblo al que algunas tradiciones asocian con la construcción de Tiahuanaco en tiempos remotos, si bien otros investigadores difieren por completo de esta hipótesis. Pero si había algo de lo que se sentían verdaderamente orgullosos y que constituía su primer signo de identidad, era el saberse poseedores de una característica única, su sangre de color negro.

 

Isla artificial de totora. Actualmente, existen en la región denominada del “totoral” unas 200 islas habitadas por casi 300 familias. Se tiene constancia de que en el siglo XVI, estas últimas superaban fácilmente la cantidad de 4.000.

 

Como bien es sabido, en los glóbulos rojos se encuentra un pigmento llamado hemoglobina, que es el causante directo del color de nuestra sangre. En su unión con el oxigeno, la hemoglobina toma un aspecto rojo intenso que podemos apreciar en la circulación arterial, por el contrario, cuando pierde oxígeno presenta una tonalidad roja oscura característica de la circulación venosa, la misma que nosotros vemos cuando nos toman una muestra para un análisis de sangre. Se cree que, la ubicación del Lago Titicaca a más de 3.800 metros de altura, capaz entre muchos visitantes extranjeros de provocar el conocido como “soroche” o “mal de altura, una sensación que causa mareos, taquicardias y sensación de ahogo e incluso hemorragias nasales y desmayos, todo ello por la disminución del nivel del oxigeno en el aire (normalmente los hoteles de la zona disponen para los turistas de equipos de oxigenación), podría ser la causa de la “tonalidad negra” de la sangre de los uros. Sin embargo, otros pueblos que habitan la misma área geográfica, como los aymaras o los quechuas, no presentan el color negro de la sangre del que presumían los viejos uros. Tampoco presentan ese color los actuales uros, aunque bien es cierto que por sus venas corre, por ejemplo, más sangre aymara que de la de sus supuestos ancestros.

Tampoco es una explicación, por el mismo motivo de comparación con otros pueblos vecinos, que los uros tuviesen mucha más sangre corriendo por sus venas. Normalmente una persona de unos 70 Kg. de peso es poseedora de unos 5 litros de sangre, dándose en algunos casos, como en el de la región andina que nos ocupa en esta ocasión, un nivel ligeramente mayor. No ha convencido tampoco la alimentación como causa del color diferente de la sangre, asociada en ocasiones a la ingesta del tallo de la totora o “chullu”. Sus efectos no han sido observados en las poblaciones actuales indígenas, que utilizan este recurso alimentario desde hace siglos. En definitiva, entre la comunidad científica no se tiene por muy verosímiles las afirmaciones de los ya extintos indios uro referentes al color de su sangre, que achacan más a la fantasía e imaginación de este pueblo.

De igual modo, los mitos sobre sus orígenes y su supuesta “superioridad racial” han sido cuestionados. Los uros aseguraban que mucho antes de que los dioses decidiesen crear a los “humanos”, cuando la tierra estaba en un estado de semioscuridad, solamente iluminada por la Luna y las estrellas, ellos, ya vivían allí en el lago Titicaca. Sorprenden las afirmaciones referentes a la fauna del altiplano, en las que dejaban muy claro que los animales que hoy habitan las inmediaciones del lago no existían en aquellos tiempos, y por el contrario, los que vivían entonces han desaparecido hoy.

Los constructores de barcos suelen rematar las proas de sus embarcaciones con la cabeza del "titi", un felino ya extinguido. El puma es emblemático en el Titicaca. Adornan sus embarcaciones, también construidas de totora, con artísticos mascarones que representan la cabeza de aquella fiera y que se hacen de la misma materia vegetal que las islas y las barcas. El "titi o mulumulu", en la civilización de Tiahunaco y en otras civilizaciones del mundo andino, fue considerado como un felino sagrado, portador de mensajes benéficos y de la vida, por eso su simbología está expresada también en el trabajo de la alfarería y la cerámica.

Su mensaje para la posteridad fue alto y claro:

“…Nosotros, los Uros, no somos auténticamente humanos, somos más que humanos. Nuestro cráneo es diferente al de los otros hombres. Nuestra sangre es negra y no podemos ahogarnos en el agua. No sentimos el frío en las noches de invierno, ni la niebla húmeda que penetra a los otros hombres y les hace morir. El rayo no puede alcanzarnos. No hablamos un lenguaje humano y ninguno de ellos puede entender el nuestro. Somos los fundadores de la Tierra, creadores de los dioses, nosotros el pueblo del agua. Nuestra tribu, perseguida por los invasores, se refugió en una casa de piedra. Pero estalló el fuego y muchos de los nuestros perecieron con la salida del Sol. Cuando la oscuridad volvió, los pocos que quedaron fueron diezmados por la peste. Solo un hombre y una mujer sobrevivieron. Ellos fundaron la última tribu, la de las Aguas. Pero nosotros somos el trono del mundo…”

 

¿Cuánto había de realidad y cuánto de fantasía en todas estas afirmaciones? Nos tememos que estas preguntas ya jamás encuentren respuesta. Las raíces de este milenario pueblo han ido diluyéndose poco a poco en las de pueblos vecinos, principalmente en la de los aymaras. Hoy, varias décadas después de la desaparición del último uro, sus descendientes, continúan su lucha por la supervivencia diaria en un emplazamiento en el que la naturaleza y la historia, nunca les ha sido amable.

 

 

 

 
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