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Descubiertas casualmente a mediados de los años ochenta del pasado siglo XX en las proximidades de la isla japonesa de Yonaguni, sus sorprendentes formas configuran un extraño complejo piramidal escalonado de poco más de veinte metros de altura, donde aparentemente se perfilan gran cantidad de calles, avenidas, columnas y escaleras, todas ellas perfectamente alineadas y que invitan al visitante a sospechar que, en algún momento de la historia fueron talladas premeditadamente por la mano del hombre.
Sin embargo, para la inmensa mayoría de geólogos e historiadores, todas estructuras submarinas serían de origen completamente natural. Después de todo, la totalidad de dicha estructura está realizada sobre una sola gran roca, no apreciándose en ningún momento la presencia de bloques o mampostería. Su ubicación en un área de alto nivel sismológico unido a la composición y tipo de roca, facilitaría la estratificación y fractura lineal de las mismas en formas muy regulares y homogéneas, que al ser cubiertas por organismos marinos tales como algas y corales, darían aun más la impresión de quienes las observan, de ser estructuras artificiales.

Situación geográfica de la Isla de Yonaguni, así como la de las ruinas submarinas.
Como es costumbre, no faltan tampoco quienes niegan esta versión oficial, y aseguran que Yonaguni, junto con otros muchos más vestigios submarinos localizados en las inmediaciones, no son más que la punta del iceberg de una antiquísima civilización desaparecida hace muchos miles de años. Para ello se basan en hechos tan significativos como el descubrimiento realizado en 1.996 en las proximidades de la isla de Okinawa, cerca de la ciudad costera de Naha, donde a unos doce metros de profundidad fueron localizadas una larga pared y una gran plataforma pétrea, formadas por una gran cantidad de bloques cortados y tallados, estando perfectamente unidos entre sí, y a los que los mismos geólogos e historiadores que niegan la naturaleza artificial de Yonaguni, han sido incapaces hasta el momento de dar una explicación lógica. Del mismo modo, y así por el momento ocurre igual a otros siete emplazamientos submarinos más dispersos frente a las costas de Okinawa y varias islas más del archipiélago Ryikui en Japón.
Pero todo este conjunto de “ruinas submarinas” que salpican los alrededores de las islas japonesas del Mar de la China no han logrado eclipsar en su conjunto el misterio suscitado por las estructuras de Yonaguni. Después de su descubrimiento, en mayo de 1.998, un fuerte terremoto afectó a toda el área de esta pequeña isla japonesa de apenas diez kilómetros de larga y unos cuatro de ancha. Ante la sorpresa de muchos estudiosos, nuevas formas y estructuras que hasta el momento habían pasado desapercibidas junto a las ya existentes hicieron acto de presencia, haciendo recordar inmediatamente a quienes pudieron presenciarlas la enorme semejanza a las antiguas construcciones mesopotámicas conocidas con el nombre de zigurats, y también a otras estructuras piramidales similares a las que se pueden encontrar en Egipto, Perú y México.

¿Obra de la naturaleza o de la mano del hombre?
El “monumento de Yonaguni”, que es como lo denominan en Japón, tiene en la actualidad unos cincuenta metros de largo en dirección Este-Oeste por unos veinte metros de ancho en dirección Norte-Sur. Apenas cinco metros de distancia separan la superficie del mar de la cúspide del “monumento”, teniendo que descender hasta los veinticinco metros para alcanzar su base. La cara Sur es la más llamativa y la que más llama la atención de sus visitantes, al estar formada por numerosas terrazas escalonadas que le confieren su polémico aspecto artificial.
Y son precisamente aquellos que defienden la artificialidad del “monumento” quienes aseguran sin ningún tipo de complejos que, cuando fue realizado éste, se encontraba la totalidad del conjunto rocoso en la superficie, por lo que habría que remontarse al Pleistoceno, época en la que el nivel de mares y océanos era inferior al de la actualidad, para de esa forma lograr encuadrar el tallado y construcción ya no solo del “monumento de Yonaguni”, sino del resto de los vestigios localizados hasta el momento a escasa distancia de la costa en otras islas en la misma área geográfica. Hablamos pues de una antigüedad que rondaría los 10.000 años, que es cuando el “monumento de Yonaguni” según siempre los más aceptados estudios geológicos, pudo haber estado situado sobre el nivel del mar, mucho antes del fin de la última Gran Glaciación o fin de la Edad del Hielo.
Para no pocos investigadores, tachados habitualmente de estrafalarios, la presencia de estas y otras estructuras submarinas, es una confirmación más de la existencia de antiguas civilizaciones perdidas como lo fueron la Atlántida o Mu, que fueron a su vez las impulsoras de las primeras grandes civilizaciones conocidas por el hombre moderno, como lo serían la egipcia, la sumeria o la del Valle del Indo.
Es precisamente entre los años 9.600 – 9.500 a. C. que Platón situó cronológicamente el cataclismo que hizo desaparecer a la mítica civilización de la Atlántida, aunque geográficamente parece quedar más que claro que su ubicación quedó fijada en el Océano Atlántico, muy lejos del “monumento de Yonaguni”, sí que podríamos relacionarlo en otras áreas de influencia de otras no menos míticas civilizaciones perdidas, como así lo mantienen numerosas leyendas que nos hablan de las desaparecidas Mu o Lemuria, de gran tradición entre numerosos pueblos tanto del Océano Indico como del Pacífico.



Distintas imágenes del polémico emplazamiento submarino de Yonaguni.
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