SETI - SETA (REFLEXIONES DE ANDAR POR CASA)

Por: Carlos E. Casero

 

 

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Desde el momento de su nacimiento, allá por los años 70, el programa SETI, Search for Extra Terrestrial Intelligence (búsqueda de inteligencia extraterrestre) ha ido diversificándose e incorporando nuevas metodologías y campos de trabajo. Entre éstos métodos de trabajo destaca el de la investigación conocida como SETA, Search for Extra Terrestrial Artifacts (búsqueda de artefactos extraterrestres), que vendría justificado por cálculos estadísticos de movimientos “migratorios o colonizadores” de hipotéticas civilizaciones extraterrestres basados en la incorporación de nuevos  parámetros a la “ecuación Drake”, que arrojarían un número mayor de planetas habitados en el Universo que los calculados inicialmente, y en contraposición a la no tan optimista paradoja o “principio de Fermi”, que contradice dichas estimaciones basándose a su vez en que si, es tan cierto que hay una alta probabilidad de existencia de civilizaciones inteligentes en el Universo, ¿por qué hay una total ausencia a día de hoy de evidencias que confirmen la existencia de dichas civilizaciones?

Los datos ofrecidos  determinan que nuestra galaxia y más en particular nuestro Sistema Solar, pudo haber sido colonizado hace cientos de miles de años por civilizaciones de otros mundos integrados por seres evolucionados muchos millones de años antes de que incluso nosotros apareciéramos como especie, y que por tanto la Tierra pudo también haber sido visitada numerosas veces por distintas civilizaciones extraterrestres antes, durante y después de la aparición del homo sapiens. De todo ello se derivaría que algunas muestras o evidencias físicas de estos flujos o movimientos extraterrestres pudieron quedar diseminadas tanto fuera como sobre la superficie nuestro planeta, abarcando todo tipo de objetos, que podrían ser desde un satélite de comunicaciones flotando en el espacio exterior, a un simple mecanismo tecnológico de uso personal, tal como algo parecido a un reloj o radio, perdidos por alguno de estos viajeros de las estrellas.

Frank Drake, en la imagen, junto con Carl Sagan realizó un primer intento de establecer estadísticamente, cuántas civilizaciones extraterrestres podría haber en nuestra galaxia, basándose en una serie de parámetros biológicos, cósmicos y tecnológicos a través de una fórmula matemática que sólo emplea multiplicaciones. Desde entonces es mundialmente conocida como "La ecuación de Drake".

 

Si bien inicialmente se proyectó la búsqueda de estos objetos fuera de nuestro mundo, sobre todo por el impulso de la carrera espacial y ante la expectativa de nuevos descubrimientos en nuestro Sistema Solar, no se tardó en emprender tan laboriosa labor también  en nuestro planeta. Ya incluso antes del inicio de ésta búsqueda, muchas evidencias señalaban la presencia de determinados objetos que daban “como mínimo” mucho que pensar respecto a su procedencia, y que se incorporaron a un conjunto de objetos más extenso y variopinto, que ya tiempo atrás, los arqueólogos y paleontólogos denominaban como OOPART (out of place artifacts), “artefactos fuera de lugar”. Pero la realidad hizo rápido acto de presencia, y evidenció que, la localización de toda clase de objetos pertenecientes a civilizaciones dotadas de un alto nivel tecnológico, bien directamente de origen extraterrestre o transferido por  ellos a grupos humanos, e incluso de civilizaciones humanas hoy desconocidas y borradas por el tiempo, no deja de ser una tarea comparable a la de buscar una aguja en un pajar. Multitud de trabas y filtros de toda índole se interponen  en el camino de quien se disponga a  emprender tan arduo empeño.

 

PRIMIER FILTRO: LAS FUERZAS DE LA NATURALEZA

Basta mirar la distribución de océanos y continentes en cualquier globo terráqueo para apreciar  que estos últimos ocupan tan solo una cuarta parte del total de nuestro planeta, aproximadamente unos  149.400.000 Km², las restantes tres cuartas partes, 360.600.000 Km², están cubiertas por bastos mares y océanos. Si bien inicialmente esto reduciría el espacio geográfico de búsqueda, no podemos dejar pasar por alto que, a lo largo de muchos miles de años el dibujo y la configuración de las costas, junto con la aparición de nuevas islas y archipiélagos en unos casos y su desaparición en otros, han hecho cambiar constantemente la ubicación de las áreas terrestres habitables. La deriva continental, cambios climáticos y cataclismos naturales causados por terremotos y una intensa actividad volcánica  han conformado un paisaje muy distinto al que el hombre moderno conoce en la actualidad. Aún hoy nos sorprende la aparición muy de tarde en tarde de los restos de antiguas culturas y civilizaciones que, a duras penas son algunas veces rescatadas de entre las abrasadoras arenas del desierto, de las oscuras cenizas al pie de un volcán o de la vorágine de marea verde de una selva, y siempre del fondo más oscuro del cajón donde la ciencia moderna suele relegar a los mitos y leyendas que hacían referencia a su existencia.

Del mismo modo sucede con ríos y lagos, puntos referentes de primera magnitud para la búsqueda de asentamientos humanos y donde han florecido las más importantes culturas conocidas de la antigüedad, pues también ellos han modificado en éste mismo devenir de los tiempos sus orillas y cursos, pudiendo borrar toda huella o pista que nos pudiese conducir a buen puerto en nuestra ansiada búsqueda.
Aún así y sobre esa cuarta parte de superficie terrestre del total de nuestro planeta, y por iguales dificultades y problemas de búsqueda que en mares y océanos, tendríamos que descontar de nuestro intento de localización de objetos, una multitud de zonas inhóspitas o de difícil acceso, tales como selvas, bosques, desiertos, cordilleras, montañas, ríos, lagos, áreas de nieve o hielos perpetuos, etc. Y no solo todas éstas áreas de origen natural, sino también las artificiales, por las que sumaríamos miles de Km² ocupados por ciudades, pueblos, carreteras, ferrocarriles, pantanos, etc.

 

Por muy diferentes razones, existen aún multitud de áreas inhospitas por explorar en todo el mundo.

 

SEGUNDO FILTRO: LA GEOPOLITICA

Por si fuera poco esta drástica reducción de índole meramente geográfica, añadámosle ahora por si ya fuera poco: las limitaciones culturales, religiosas o políticas, tanto actuales como históricas.

No podemos dejar escapar una triste realidad que no escapa a ninguno de nosotros. Nuestra condición humana nos hace enormemente volubles a los avatares y situaciones coyunturales que a lo largo de todos los tiempos nos han acompañado. Guerras, incendios, saqueos, destrucciones y toda clase de tropelías se han escrito en todas y cada una de las páginas de nuestra historia, por lo que no podemos por menos que preguntarnos, ¿cuántos de éstos objetos accesibles en su momento a la mano del hombre fueron destruidos? Pero suponiendo que algunos de ellos hubiesen sobrevivido a todos estos procesos históricos, la situación de hoy en día tampoco les resultaría muy halagüeña. Política y religión, al igual que ayer, siguen constituyendo en muchos casos una muralla infranqueable para cualquier tipo de investigación o búsqueda. Testigos de ello, podrían iluminar cientos o miles de las noches más oscuras de nuestro pasado y presente, las llamas de los incontables libros destruidos por la ignorancia del ser humano.  El sólo hecho de adentrarse en esta búsqueda, traspasando ciertos límites, puede costarnos sencillamente la vida unas veces en nombre de Dios y otras en nombre del “cacique o reyezuelo” local de turno.

"Camara Celestial" de origen egipcio que podría representar el mítico Ben-Ben, el objeto que traslado a los primeros dioses desde el cielo a la Tierra, y que fue venerado hasta su desaparición en la también ya desaparecida ciudad de Heliópolis (An), el centro religioso más antiguo de Egipto.

 

No faltan referencias a lo largo de la historia en las que se hable de “extraños objetos”, como la relatada por el investigador Zecharia Sitchin en su libro “Escalera al Cielo”, en referencia al famoso Ben-Ben, que entre otros datos aporta los siguientes:

 “… según los antiguos egipcios, el Ben-Ben fue un objeto sólido que había llegado a la Tierra desde el disco celestial. Era la cámara celestial en la que el gran dios Ra había aterrizado en la Tierra; el término Ben (literalmente: Aquel que sale a raudales) sugiere la combinación de los significados de brillar y disparado al cielo.
El objeto secreto –el Ben-Ben– estaba encerrado en el Het-Benben, el Templo del Benben, en la ciudad de An (Heliópolis), el centro religioso más importante del antiguo Egipto construido especialmente por el dios Ptah.
El santuario de Heliópolis, según cuentas las historias egipcias, fue destruido varias veces por los invasores enemigos. Nada queda de él hoy en día; el Ben-Ben también ha desaparecido. Pero fue representado en los monumentos egipcios como una cámara cónica dentro de la cual se podía observar a un dios…”

¿De cuántos Km² disponemos al final  para poder iniciar la búsqueda? Curiosamente y a título anecdótico, si cerramos los ojos y pensamos  en algunas de las más sorprendente y enigmáticas antiguas civilizaciones su ubicación correspondería hoy en día, a desiertos y selvas, y también a áreas sociopolíticas de alta conflictividad normalmente asentadas en lo que denominamos tercer mundo.

 

TERCER FILTRO: EL BIOLÓGICO

Los mismos procesos naturales de corrosión, degradación y biodegradación (proceso de descomposición de una sustancia mediante la acción de organismos vivientes) de los materiales con los que pudieron ser manufacturados los distintos elementos técnicos de nuestra búsqueda, tampoco parece ser que jueguen muy a favor de nuestros intereses. De todos es conocido, o al menos está a nuestro alcance, las distintas tablas elaboradas por expertos que tratan sobre los procesos temporales de degradación o biodegradación de distintos materiales, y cómo no, de los elementos más comunes que habitualmente nos rodean en nuestra vida cotidiana. Por ejemplo, se nos asegura en estos informes que algo tan simple como una hoja de papel, puede durar entre tres y cuatro meses tirado en mitad del campo, dependiendo siempre del nivel de lluvias y la incidencia solar al que esté expuesto. Una tabla de madera en las mismas condiciones de exposición  que el papel anterior desaparecería en un periodo de tiempo que rondaría los tres años, siempre y cuando no estuviera cubierta de pintura, y unos 15 años si así lo fuera.

 

Distintos agentes de la naturaleza, son capaces de eliminar en un relativo periodo de tiempo cualquier vestigio tecnológico mucho antes de lo que podamos imaginar.

 

Adentrándonos en elementos algo más técnicos y que nos puedan acercar a un objeto fabricado para uso cotidiano por una civilización extraterrestre, una bolsa de plástico necesitaría unos 150 años para su total degradación, mientras que otros elementos plásticos de mayor consistencia alcanzarían al menos entre 300 y 500 años, abarcando desde los típicos vasos desechables  a los juguetes de nuestros hijos. Las botellas de plástico son algunos de los productos más rebeldes a la hora de transformarse, sobre todo si son enterradas. La mayoría está hecha de tereftalato de polietileno (PET), un material que los microorganismos no pueden atacar y que necesitaría alrededor de unos 1.000 años para su total neutralización, al igual que el telgopor, que tampoco es un material biodegradable y que está presente en gran parte del embalaje de artículos electrónicos. Lo máximo que puede hacer la naturaleza con su estructura es dividirla en moléculas mínimas. Algo menos de tiempo necesitarían otros elementos tan comunes como tetra-briks y envases de aluminio, 40 y 400 años respectivamente, dependiendo del grosor del envase. Una lata de coca-cola o de cerveza solo necesita unos 10 años para transformarse en óxido de hierro, pues por lo general, las latas tienen 210 micrones de espesor de acero recubierto de barniz y de estaño y a la intemperie, con lluvia suficiente y la humedad necesaria, el óxido la cubrirá totalmente. De naturaleza mixta y también muy conocidos por todos nosotros, los mecheros, bolígrafos, maquinillas de afeitar, etc., suelen fabricarse en acero y plástico. El acero, expuesto al aire libre, comienza a dañarse y enmohecerse levemente después de 10 años, por el contrario la parte plástica en ese tiempo, ni pierde el color en tan breve periodo de tiempo.
La corrosión consistente en la degradación del metal y por tanto en el deterioro de sus propiedades físicas y químicas, acelerando su envejecimiento y destrucción por la interacción con el medio ambiente. Esto se debe a que los metales obtenidos de diversas especies minerales estables en condiciones naturales al ser extraídos de su medio y expuestos a ambientes modificados, tienden a estabilizarse química y energéticamente, lo que causa un proceso electroquímico que termina por convertir al metal a su estado original: el polvo. Una simple chapa de aleación metálica de las que se utilizan para tapar las botellas de cristal, puede parecer candidata a una degradación rápida porque tiene poco espesor, pero no es así. Primero se oxidan y poco a poco su parte de acero va perdiendo resistencia hasta dispersarse en poco más de 10 años. Vigas y estructuras de acero una vez desprovistas de las capas de pintura o aglomerados de cemento que las recubren y siempre en función de su grosor y condiciones climatológicas pueden desaparecer entre los 400 y 1000 años.
Curiosamente los objetos de vidrio  como vasos y botellas, necesitan en algunos casos hasta los 4.000 años para su desaparición, pues son objetos  muy resistentes en cualquiera de sus formatos. Aunque el vidrio es frágil porque con una simple caída puede romperse en mil pedazos, para los componentes naturales del suelo es una tarea titánica el  poder transformarlo. Formado por arena y carbonatos de sodio y de calcio, el vidrio es reciclable en un 100% y no libera ningún compuesto tóxico en su descomposición.
Baterías y pilas necesitan más de 1.000 años para su total descomposición parcial. Sus componentes son altamente contaminantes y no se degradan. La mayoría de las pilas tienen mercurio, pero otras también pueden tener cinc, cromo, arsénico, plomo o cadmio. Pueden empezar a descomponerse después de 50 años al aire libre, pero permanecen como agentes nocivos cientos de años.

¿Qué objetos habrían sobrevivido entonces a todos estos filtros?

 

LA CAPSULA DEL TIEMPO

Durante la Feria Mundial de New York en el año 1.939, que reunió a las mayores y más importante empresas tecnológicas del mundo, la compañía americana Westinghouse hizo alarde de la vanguardia más futurista construyendo un receptáculo en forma de cohete de unos dos metros de largo (2,28 m. y 363 Kg. de peso) y manufacturado con las más resistentes aleaciones logradas a comienzos del siglo XX (una aleación especial de níquel y plata mucho más dura que el acero), con el propósito de alojar herméticamente en su interior distintos objetos cotidianos y documentos, para conservarlos para la posteridad.
El curioso objeto, bautizado con el nombre de “Time Capsule” (cápsula de tiempo) fue enterrado en el que es hoy el Flushing Meadows Corona Park de Nueva York. El éxito y el revuelo originado por tan pintoresca iniciativa, se volvió a repetir con los mismos protagonistas, los americanos de la  Westinghouse, y el mismo emplazamiento en Flushing Meadows en el año 1.965. La nueva cápsula, de mayores proporciones y con nuevos objetos y documentación en su interior, perseguía el mismo objetivo, el de conservar a lo largo de un mínimo de 5.000 años el legado de la humanidad de la primera mitad del siglo XX  a las futuras civilizaciones pobladoras de nuestro mundo.

 

Imagen de la famosa "Time Capsule" fabricada por la compañia Westinghouse.


Si bien no fueron las primeras iniciativas llevadas a cabo con tal propósito, de hecho en El Poema de Gilgamesh, una de las primeras obras literarias de la humanidad comienza con instrucciones para localizar una caja de cobre entre los cimientos de las murallas de la ciudad de Uruk donde se dice que se encuentra escrita en una tabla la historia del Rey Gilgamesh, si que ésta iniciativa de Westinghouse logró  remover la conciencia de una sociedad cuya tecnología estaba en constante auge. Tanto es así que, en 1.977 el famoso astrónomo Carl Sagan recibió el encargo por parte de la NASA de desarrollar los contenidos del disco que llevarían en un largo viaje las sondas espaciales Voyager I y II, que tras hacer una exploración de nuestro sistema solar culminarían su misión adentrándose indefinidamente en el espacio hasta que quizá fuesen localizadas y estudiadas por una civilización extraterrestre.
Los discos que portaban ambas naves tenían que albergar según Carl Sagan y la propia NASA, un mensaje de los habitantes de la Tierra junto con toda la información posible sobre la vida y las diversas culturas de nuestro mundo. Desde aquel 20 de agosto de 1.977 en que comenzase la misión de las Voyager, más de 10.000 “cápsulas del tiempo” se han repartido a lo largo y ancho de nuestro mundo por parte de distintas asociaciones, entidades privadas, gobiernos, etc., continuando en proyecto otras muchas más, como es el caso del futuro lanzamiento del satélite KEO, portador de millones de mensajes de los habitantes de la Tierra dirigidos a los futuros terrícolas del año 52.000, cuando KEO tras 50.000 años de viaje tiene previsto su vuelta a la Tierra, si es que no ha sido interceptada antes por alguna civilización extraterrestre
¿Por qué esa continua y constante necesidad a lo largo de la historia de dejar nuestros legados históricos, culturales y científicos para generaciones venideras e incluso civilizaciones extraterrestres? ¿Somos realmente tan vanidosos o es una impronta natural que subyace en todas nuestras conciencias? ¿Desde cuándo se realiza ésta práctica y si es común a cualquier tipo de inteligencia desarrollada como la humana? ¿Dónde habría dejado una civilización extraterrestre que visitó la Tierra hace miles de años su cápsula del tiempo?

 

La deriva continental a lo largo de millones de años, ha modificado una y otra vez la apariencia de nuestro planeta.

 

 

QUIÉN ENCUENTRA A QUIÉN


Objeto siempre de polémica por los seguidores de la ciencia ficción, en la obra cinematográfica de Stanley Kubrick, “2001: una Odisea del Espacio”, argumentada en el relato corto “El Centinela” de Arthur C. Clarke, la aparición del “monolito” representa el hallazgo y la toma de contacto con una realidad inteligente y superior que había acompañado a la humanidad desde tiempos remotos sin ésta saberlo. Sólo cuando la humanidad logra salir al espacio comienza a descubrir sus verdaderos orígenes, con la aparición en la Luna primero y Júpiter después de grandes monolitos dejados allí por una civilización extraterrestre que ayudó y aceleró el proceso evolutivo del ser humano.
Los numerosos “filtros” o dificultades citados con anterioridad, bien de tipo natural o producto de la mano del hombre, dificultarían en gran manera el hallazgo de objetos o pruebas concluyentes que pudiesen acreditar la visita de civilizaciones extraterrestres a la Tierra en tiempos pasados. Soy de la opinión que, si existe la posibilidad que genéticamente estemos emparentados con aquellos visitantes prehistóricos,  ellos al igual que nosotros a lo largo de toda la historia de la humanidad, también sintieron la necesidad de dejarnos su legado en algún tipo de cápsula del tiempo. Pero…, ¿dónde?
De nada serviría que su contenido fuese a caer en manos de humanos pertenecientes a una cultura incapaz de comprender el verdadero contenido de la cápsula, sino más bien de una civilización capaz de comprender el lugar que ocupa en el Universo y las capacidades tecnológicas mínimas para una mejor comprensión de éste. Pongamos por caso que durante el periodo de gobierno de César Augusto (asesinado en el año 44 antes de Cristo.) en la antigua Roma se hubiese descubierto una cápsula del tiempo de origen extraterrestre. ¿Cuál hubiera sido la reacción una vez abierta ante un conjunto de objetos totalmente desconocidos e incomprensibles? Tal vez, en el mejor de los casos, el acabar depositado en algún templo como objeto de culto hasta que por los avatares de la historia terminar desapareciendo victima de una catástrofe o presa de un botín.  Cabe solo preguntarnos ahora ¿está el hombre de principios del siglo XXI capacitado para asimilar tal contenido?


Por tanto, al dónde habría que añadirle el cuándo, pues si el hombre al igual que un polluelo ha sido capaz de romper el cascaron hace relativamente muy poco, y ha dado sus primeros pasos más allá de nuestra propia atmósfera alcanzando la Luna por si mismo y lanzando diferentes sondas para explorar su entorno más próximo, como lo sería el Sistema Solar, de hallarse esa cápsula del tiempo fuera de nuestro planeta, estaría localizada en una secuencia lógica de descubrimientos, propiciada a su vez por un desarrollo tecnológico paralelo en el tiempo. ¿Ha sido suficiente como primer paso el haber llegado a la Luna? ¿Lo será acaso cuando se concluya su total exploración y colonización? ¿Tendremos que esperar a alcanzar Marte o quizá Júpiter?
Que nuestra civilización ha alcanzado unos niveles tecnológicos muy importantes es más que evidente, ahora sólo faltaría poder compararlos con los de otra civilización para poder sacar conclusiones objetivas del verdadero nivel alcanzado. Porque…, ¿de qué nos serviría saber que hay una civilización a 20 años luz de la Tierra si nuestra tecnología actual sólo permite desplazar nuestras naves espaciales a poco más de 11 Km. por segundo?
Si el fin último de los movimientos migratorios o colonizaciones interestelares que justifican en parte las hipótesis que giran en torno a la “ecuación de Drake”, consiste en la propagación de la inteligencia por todos y cada uno de los rincones del Universo, aún estamos muy lejos de poder contribuir a dicha misión. Pudiera ser que, al igual que el satélite KEO, en un tiempo no muy lejano encontrásemos vagando rumbo a la Tierra y de forma claramente programada, esa primera cápsula del tiempo, ese primer objeto tan ansiadamente buscado por el programa SETA que sirviera para orientarnos y fijarnos el rumbo, la mayoría de las veces tan incierto, que en un futuro tendrá que marcarse la humanidad.

 

 

 
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