EL FUERTE DE SAMAIPATA

Por: Carlos E. Casero

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A casi tres horas y después de recorrer 120 kilómetros de distancia partiendo de Santa Cruz de la Sierra (departamento de Santa Cruz, Bolivia), la ciudad más importante del oriente boliviano, se encuentra la pequeña localidad de Samaipata, cuyo significado en lengua quechua sería  algo así como “lugar de reposo entre las montañas” o “descanso en las alturas”. Este agraciado enclave de clima excepcional y rodeado de parajes naturales de exuberante vegetación  y ríos de agua cristalina que se precipitan en pequeñas cascadas formando numerosos balnearios naturales, esconde uno de los enigmas mejor guardados de la época precolombina cuyos orígenes y significado aún son motivo de controversia entre la comunidad arqueológica  que trata de desentrañar sus misterios.

 

Situación geográfica de Samaipata .

 

Plano del enorme risco de piedra donde se pueden apreciar alguno de los puntos más significativos que sobre su superfície se encuentran..

 

Muy cerca de allí, apenas a seis kilómetros de Samaipata, junto a la entrada meridional del Parque Nacional Amboró y a 1.949 metros sobre el nivel del mar se localiza el que es sin duda el mayor petroglifo del mundo, ubicado en uno de los conjuntos arqueológicos más importantes de América y que le han hecho ser merecedor de uno de los cinco títulos de -patrimonio de la humanidad- que la UNESCO ha concedido a Bolivia. El área arqueológica es conocida con el nombre de “El Fuerte”, nombre dado por la funcionalidad que los españoles aplicaron al emplazamiento inca al  hallarse éste medianamente fortificado en lo alto de un risco,  tras su llegada en el siglo XVI y que significó entre otros muchos acontecimientos que cambiaron el rumbo de la historia, la caída del emergente imperio inca. Posteriormente al uso meramente militar que los españoles aplicaron al lugar, se formó un asentamiento colonial muy próximo valle abajo, que dio lugar al municipio de Samaipata, quedando paulatinamente en desuso el fuerte y originando que toda el área se precipitara rápidamente en el olvido y fuera cubierta casi en su práctica totalidad por la vegetación.
Más tarde el lugar se convirtió en una zona de paso para pastores y agricultores locales, que aún así mantuvieron viva la memoria de sus ruinas y transmitieron de generación en generación la grandeza de un tiempo al que el mundo moderno había condenado a la amnesia histórica. Aventureros y buscadores de tesoros vagaron por sus inmediaciones, pero no fue hasta el siglo XVIII cuando comenzó a redescubrirse su verdadera historia. En el año 1.795, el naturalista checo Tadeas Haenke (1.761 – 1.817) tras participar en la expedición de Malaspina y decidir permanecer en América estudiando la flora de los Andes, hizo una de las primeras y más conocidas anotaciones (Plantae Samaipatensae) sobre las viejas ruinas de “El Fuerte”. Pero en cualquier caso, no ha sido hasta el siglo XX cuando se ha comenzado realmente a trabajar sobre el terreno y a realizar las primeras excavaciones arqueológicas.

 

Arriba en la primera imagen podemos observar el lado sur de "El Fuerte", donde a su pies se encuentra el área administrativa de la antigua fortificación, también de gran valor arqueológico. En la instantánea del centro obtenida desde las terrazas situadas al oeste se aprecia la presencia de las enigmáticas acanaladuras que corren en paralelo, las denominadas como "El Torso de la Serpiente Cascabel". Ya abajo, podemos apreciar más en detalle la gran cantidad de petroglifos diseminados sobre la cima del risco.

 

Los arqueólogos han dividido el lugar en dos partes o sectores bien diferenciados. El primero de ellos correspondería a un enorme risco de piedra arenosa de unos 250 metros de largo por unos 60 metros de ancho, poco más de una hectárea,  en la que se puede apreciar en gran número diferentes hornacinas con diseños de estilo zoomórfico, tales  como serpientes o jaguares, y también  entrelazados de diseños geométricos, pozos, nichos en bóveda, asientos triangulares, canales y ranuras, constituyendo en su totalidad sin duda alguna, la mayor piedra labrada o petroglifo conocido en cualquier parte del mundo. En el punto más alto de la gran roca de piedra existe un curioso emplazamiento de asientos conocido con el nombre del “Coro de los Sacerdotes”. Los asientos en número de doce, están profundamente tallados en la cima de la colina en un círculo de siete metros de diámetro exterior. Dentro de éste circulo existe a su vez otro juego de tres asientos, que se encuentran orientados hacia el exterior de los doce asientos iniciales. El círculo incluye diseños triangulares y rectangulares en el interior de los nichos cortados en sus paredes. También es muy conocido, por poder apreciarse desde la distancia, dos grandes acanaladuras de gran longitud que corren en paralelo sobre una de las laderas de la roca e interconectadas a la vez por numerosas canalizaciones menores en zigzag cuyo propósito en un principio es totalmente desconocido, y aunque algunos investigadores lo asocian a usos hídricos, otros  a funciones meramente astronómicas  e incluso no falta quien piense  que formaba parte de una ceremonia en la que por los canales correrían sangre o bebidas alcohólicas del tipo “chicha”, derivadas de la fermentación del maíz, lo único cierto es que los indígenas denominan a este conjunto de canales con el sugestivo nombre de El Torso de la Serpiente Cascabel.

Tal vez la explicación menos ortodoxa dada hasta el momento fue la protagonizada hace ya algunas décadas por el investigador suizo Erich von Däniken, quien afirmó que la explicación principal para la existencia de las enigmáticas acanaladuras o raíles en paralelo sobre la superficie de la roca, no fue otro que el de servir de soporte a una rampa metálica para el lanzamiento de naves espaciales o aeronaves, a modo de los “sky-jump” o catapultas de ayuda al despegue de aeronaves de algunos portaaviones modernos, que facilitan el vuelo en espacios reducidos (como lo sería un área selvática) y con un gran ahorro de combustible. Después de todo, afirmaba el siempre polémico Däniken, ya los españoles recogieron a su llegada en numerosas leyendas de los nativos, que sus ancestros utilizaron en tiempos inmemoriales el antiguo emplazamiento de El Fuerte como “punto de unión con sus dioses” y que en “caballos voladores de fuego” ascendían para reunirse con ellos. Estas mismas leyendas preincaicas, probablemente originarias de la ciudad de Tiahuanaco, siempre hicieron mención explicita a que Viracocha llegó al igual que el resto de dioses que le acompañaron, los llamados “Hijos del Sol”, desde el espacio, y siempre se le relacionó como un dios del cielo y del trueno, al cual se le puede observar a menudo con plumas que representan su inconfundible capacidad de volar, al igual que un pájaro. El título de “Hijos del Sol” fue el mismo que los incas usaron siglos después de la desaparición de Tiahuanaco.

 

Numerosos trabajos labrados sobre la roca tales como, nichos, asientos, escaleras, terrazas, pozos, etc. y dibujos de animales como serpientes o jaguares destacan sobre la superfície de la gran roca. Junto a ella y en sus proximidades se encuentra diferentes construcciones probablemente en su mayoría de procedencia inca, sus últimos moradores hasta la llegada de los españoles.


La segunda parte o segundo de los sectores, situado junto a la cara sur de la gran roca tallada, estaría compuesto por un área residencial y administrativa situada sobre tres terrazas artificiales. La mayor parte de esta cara sur de la roca fue dominada por una serie de al menos cinco templos o santuarios junto con otras edificaciones de menor tamaño que se extenderían a lo largo de varias hectáreas aún sin determinar en su totalidad, y de los cuales sólo el recorte y las formas en sus nichos situados sobre las paredes han logrado sobrevivir al paso del tiempo. Estos nichos varían mucho en tamaño, forma y orientación, pero su diseño  indica claramente que los templos al menos, fueron construidos en el período de dominio inca. Entre ellos destaca la construcción habitacional más grande y conocida de todo el complejo, la “kallajta”, una edificación de 68 metros de largo, 15 metros de ancho y 12 metros de altura, que posee nueve puertas, ocho en el frontal y una más en la parte posterior. Se encuentra frente a una plaza de una hectárea de diámetro, a la cual los arqueólogos han denominado como “plaza de las tres culturas” en referencia a los dominios español, inca y preincaico que a lo largo del tiempo se sucedieron. Se cree que el “kallajta” fue una pieza fundamental en las construcciones administrativas que los incas incorporaron a “El Fuerte” una vez que conquistaron a sus antiguos  moradores, constituyéndose en la frontera más oriental del imperio inca.

¿Qué es realmente lo que se sabe acerca de “El Fuerte” de Samaipata? Los arqueólogos aseguran que fue un asentamiento religioso y político que se mantuvo a través de un largo periodo de tiempo que abarcó a distintas culturas. Las primeras dataciones realizadas sobre restos de cerámica (300 a.C.) parecen señalar a los antiguos <mojocoyas>, uno de los primeros pueblos conocidos asentados en la zona y que probablemente iniciaron en su momento los primeros trabajos de modelación de la gran roca. Posteriormente a fechas tan remotas y hasta la conquista de los incas, el asentamiento de El Fuerte de Samaipata fue ocupado por pueblos de cultura <chané o chiriguanos>, etnias de lengua “arawak” que se extendieron por toda la Amazonía, Orinoco, Antillas, norte de Colombia, etc. Su presencia incrementó el papel de centro ceremonial de primer orden hasta elevarlo a uno de los más importantes de todas las culturas precolombinas de Hispano América. A ello sumaron los incas a partir del siglo XIV un no menos importante centro político y administrativo, y también como no, de frontera militar contra las continuas incursiones de <chiriguanos> y <guaranís> que hostigaban sin descanso a los incas.

 

"El Torso de la Serpiente Cascabel", es quizá la figura más misteriosa de todas aquellas que se encuentran dibujadas sobre "El Fuerte" y más aún desde que Erich von Däniken propusiese que, éstas acanaladuras pudieron servir de soporte a una estructura metálica que sirviese de rampa para el lanzamiento de aeronaves de orígen extraterrestre aprovechando el desnivel del terreno, el cual también probablemente fue diseñado a tal efecto.

 

Junto con su papel de centro religioso y ceremonial, algunos investigadores han destacado la posibilidad que los numerosos pozos y canales diseminados a lo largo y ancho de “El Fuerte” fuesen un conjunto de instalaciones de carácter hidráulico para el control y distribución del agua en las tareas agrícolas. Su ubicación y orientación podrían haber también cumplido una función astronómica, que a su vez propiciase la regulación de los distintos ciclos agrícolas a lo largo del año. Por el contrario, para otras fuentes de estudio, estas obras “hidráulicas” serían en realidad una compleja instalación metalúrgica para el lavado de metales que en su momento operó en colaboración o competencia directa con los pueblos de la cultura asentada en Tiahunaco o Tiawanaku, el principal y más importante centro político, religioso y cultural andino, pero no por ello no menos desconocido y enigmático.

Los mitos y leyendas preincaicos siempre asociaron a “El Fuerte” como un lugar de comunicación del hombre con los dioses. La serpiente, uno de los dibujos sobre la roca más representados en todo el conjunto arqueológico también siempre se asoció con la figura de los “dioses que vinieron de los cielos”, no ya solo en la región andina sino en toda América. La mítica “serpiente emplumada”, con capacidad para el vuelo y que sintetizaba la figura de dioses como el Kukulcan de los mayas, el Quetzalcoatl de los Aztezas o el Viracocha de las regiones andinas, constituye sin duda una de las primeras referencias a la hora de estudiar el culto llevado acabo por las culturas precolombinas en el emplazamiento de El Fuerte y en el resto del área andina. Es en Tiahuanaco como comentábamos anteriormente, donde podemos encontrar esas mismas referencias que hacen mención al culto de un dios del cielo y el trueno llamado Viracocha del mismo modo que encontramos a Zeus en la antigua Grecia, y al igual también que el dios heleno dotado de piel blanca y pobladas barbas. Viracocha se nos aparece en numerosas ocasiones representado de igual manera, como lo fueron otros muchos dioses del área andina según las leyendas de distintos pueblos, tal como los <guayakis>, <guaraníes>, <nandevas>, <caiguas>, <guarayos>, <mbyas>,<chapapoyas>, <comechingones>, etc.

 

Las leyendas afirman que, desde el antiguo emplazamiento de "El Fuerte", los dioses ascendían al cielo en caballos de fuego. ¿Pudo servir "El Torso de la Serpiente Cascabel" como rampa de despegue de antiguas aeronaves tal y como propuso Däniken? En las imágenes de la izquierda y de la derecha, rampa-catapulta de hidroaviones desde un barco y rampa de lanzamiento de bombas volantes V-1 alemanas durante la II Guerra Mundial respectivamente.

 

La iconografía que podemos encontrar en las antiguas culturas precolombinas no puede por menos que hacernos sospechar que, la hipótesis expuesta por Erich von Däniken no es tan descabellada como en un principio podría parecernos. Basta observar con una mente libre de prejuicios los cuchillos "ceremoniales" aztecas (primera y tercera imagen de este bloque) o la representación en la losa sepulcral de Palenque (segunda imagen del bloque) para darnos cuenta de la interconexion de todas ellas. Antiguos dioses parecen "pilotar" objetos con una indudable capacidad de vuelo, entremezclando ingenuas representaciones de la naturaleza con sofisticados elemento técnicos.

 

¿Pudo servir la rampa de "El Fuerte de Samaipata", como punto de lanzamiento de aeronaves a escala real semejantes a los conocidos ornamentos manufacturados en oro (el metal de los dioses) hoy clasificados por los "expertos" como representaciones de peces, pajaros y polillas que podemos encontrar en el Museo del Oro de Bogotá?

 

Lamentablemente hoy por hoy no tenemos respuestas a muchas de las preguntas que nos hemos planteado. Quizá este curioso personaje subido en un extraño artilugio, que una vez más parece recordarnos a una aeronave, guarde en secreto la llave que abra la caja donde permanecen encerradas todas las respuestas.

 

 

 
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