CUESTIÓN DE TAMAÑO

LOS ENIGMAS DE LA EVOLUCIÓN HUMANA

Por: Carlos E. Casero

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EL DESCUBRIMIENTO

En el año 2.003 un grupo de paleoantropólogos australianos e indonesios que realizaban tareas de investigación en el campo de los flujos migratorios procedentes del continente asiático hacia Australia tropezó casi sin quererlo con los restos de un homínido totalmente desconocido y descatalogado por la ciencia. Este hecho sucedía en la isla indonesia de las Flores, más exactamente en la cueva de Liang Bua, donde uno tras otro aparecieron hasta siete restos de distintos individuos (uno casi completo, seis representados por restos dispersos) junto con gran cantidad de herramientas y utensilios de piedra y hueso que poseían una particularidad muy especial, pues todas ellas estaban adaptadas para un uso por parte de humanos que no excediesen el metro de altura.

Rápidamente llamó poderosamente la atención el diminuto tamaño de los restos semi-fosilizados encontrados, pues aparentemente se correspondían con los de unos niños no mayores de los tres años. Pero un consiguiente estudio más detallado les llevó a una sorprendente conclusión: se había descubierto una nueva especie del género Homo, bautizada con el nombre de Homo floresiensis (Hombre de Flores) por el emplazamiento geográfico de su localización. Más familiarmente, sus descubridores denominaron a este supuesto ancestro con el nombre de  “hobbit” en clara referencia a los enanos que, junto con otra serie de seres de fantasía, tales como los orcos o los elfos, describía J. R. R. Tolkien en su famosa obra El Señor de los Anillos. Esta nueva especie no superaba el metro de altura, es decir, medio metro menos que los pigmeos africanos, y rondaría más o menos un peso próximo a los veinticinco kilogramos. Sus brazos comparativamente con los del hombre moderno eran más largos, alcanzándoles hasta las rodillas, lo cual les facilitaría en su hábitat una destacada actividad arbórea. Pero si realmente había algo que llamaba poderosamente la atención de los paleoantropólogos era el diminuto cráneo que poseían, tan solo capaz de albergar un cerebro de 380 cm³, lo mismo que un chimpancé.

 

La Isla de Flores (rodeada por un circulo rojo) junto al resto de territorios de Indonesia.

 

La datación de los distintos restos encontrados inicialmente en Liang Bua oscilaba entre los 95.000 y los 12.000 años. Esto les situaban como contemporáneos del Homo erectus e incluso del mismísimo Homo sapiens. Es del propio Homo erectus de donde se cree que pudo evolucionar el Homo floresiensis, siguiendo los dictados de la filosofía darwinista. El Homo erectus, hasta lo que se conoce oficialmente por el momento, es el primer homínido que salió de África (con un cerebro de 800 cm³) hace dos millones de años en dirección a Europa y Asia, alcanzando la Isla de Flores procedente de la de Java (ya con un cerebro de 1.200 cm³)  hace unos 800.000 años, fecha avalada con los primeros hallazgos arqueológicos de ancestros humanos en la isla. Si bien el Homo erectus tenía un tamaño muy superior al Homo floresiensis y un cerebro tres veces más grande, se cree que, aunque nunca se haya estudiado en homínidos pero si en otras especies animales, se produjo un proceso de “reducción física evolutiva”, amparada principalmente en la necesidad del ahorro de energía, la escasez de recursos alimentarios, la practica ausencia de depredadores de los que protegerse y el aislamiento geográfico respecto a otros grupos de homínidos (enanismo isleño). Además hubo tiempo suficiente, entre la llegada de los Homo erectus hace 800.000 años y los primeros signos de la existencia de los Homo floresiensis hace 95.000 años, antigüedad que se dedujo en una primera fase de estudio, para que todo este proceso que abarca 705.000 años pudiera llevarse a cabo, a pesar de que el propio grupo de investigadores que ha llegado a ésta hipótesis no le terminase de cuadrar un dato muy importante, y es que, proporcionalmente la reducción del tamaño del cerebro del Homo erectus hasta alcanzar al Homo floresiensis no se corresponde a la del resto del cuerpo. Un macho adulto de Homo erectus alcanzaba fácilmente 1,70 metros de altura, con un dimorfismo sexual destacado en el que el macho era mucho más grande que la hembra, como sucede con los gorilas de nuestros días, y que en el caso del Homo floresiensis también se ha apreciado. El caso es que se pasó en este periodo de una estatura como ya hemos dicho de 1,70 metros a tan solo casi 1 metro, lo que es lo mismo, a una reducción de tamaño de un 41%. Se deduce por tanto que si el cerebro del Homo erectus era de 1.200 cm³ debería haber pasado aproximadamente a unos 705 cm³, 95 cm³ menos que cuando nuestro Homo erectus salió de África.  ¿Por qué entonces encontramos en el Homo floresiensis un cerebro tres veces más pequeño? ¿Por qué evolucionar hacia un ser más estúpido e incapacitado intelectualmente? Una cosa es que tu cuerpo se adapte al medio para la supervivencia incluso disminuyendo de tamaño, y otra muy diferente es competir en ese mismo campo de la supervivencia con un cerebro del tamaño de un puño. ¿Por qué no entonces un nuevo homínido más pequeño corporalmente pero "más cabezón", alojando un cerebro de mayor tamaño y por tanto más inteligente?

 

Restos óseos de uno de los "hobbits" encontrados en la Isla de Flores.

 

EXPLICACIONES “LÓGICAS”

Rápidamente al descubrimiento, y cuando solo se había localizado al primero de estos curiosos “hobbits” comenzaron a surgir las primeras críticas desde los círculos científicos más “conservadores”, en las que se tachaba a nuestro “antiguo pariente” como un simple y muy pequeño ser humano con una tara física  como  es la microcefalia, descartando por completo el descubrimiento de especie alguna. Además, argumentaron como una de las principales causas para descartar la aparición de una nueva especie homínida como que, era del todo inconcebible que las herramientas tan avanzadas que formaban parte del yacimiento no hubieran sido confeccionadas por alguien distinto no ya al Homo erectus sino al mismísimo Homo sapiens.

Y es que no se puede negar que el descubrimiento del “Hombre de Flores” constituye una auténtica patada al castillo de naipes evolutivo de carácter lineal que los darwinistas  han ido elaborando a lo largo de muchos años. Estos “hobbits” con un cerebro similar al de un chimpancé fueron capaces de elaborar herramientas relativamente avanzadas, tuvieron conocimiento del fuego, pues se han encontrado vestigios de su uso en la cueva de Liang Bua y en Mata Menge, e hipotéticamente pudieron llegar a la Isla de Flores navegando, puesto que durante los últimos dos millones de años no ha estado unida al continente asiático. Y al final, el castillo de naipes se les terminó de derrumbar a medida que fueron apareciendo nuevos “enanos microcéfalos”  y nuevos vestigios que no dejaban lugar a duda que el Homo floresiensis reclamaba su lugar en el complejo galimatías evolutivo del ser humano. Excavaciones posteriores realizadas en Mata Menge, a unos 50 kilómetros de Liang Bua (2.003 – 2.004) confirmaron la presencia de los “hobbits” en una fecha que superaba muy por encima la estimación inicial de los 95.000 años, prolongándola hasta los 700.000 años nada más y nada menos. ¿Qué hay entonces de la evolución por reducción de tamaño del Homo erectus al Homo floresiensis? ¿Hubo realmente en un periodo de 100.000 años el tiempo suficiente para pasar del tamaño de un Homo erectus con sus 1,70 metros de altura al apenas casi un metro del Homo floresensis?

 

 

 

Si ya desconcertaba a gran parte de la comunidad científica la circunstancia de que el hombre de neardenthal (Homo sapiens neanderthalensis) tuviese una capacidad craneal de 1.600 cm³, muy superior a la del hombre moderno Homo sapiens sapiens, cifrada en
1.400 cm³, la aparición en escena del Homo floresiensis ha venido a complicar aún más un viejo dogma de la ortodoxia darwinista que, relaciona el volumen del cerebro con una mayor capacidad cognitiva. De ser cierta esta relación ¿por qué los Homo sapiens del tipo cromagnon, de los que nosotros descendemos directamente, se impusieron a los del tipo neardenthal, a pesar de tener estos últimos un cerebro de mayor volumen? ¿Por qué el Homo floresiensis  a pesar de tener un cerebro más pequeño que un austrolopithecus y prácticamente similar a un chimpancé fue capaz de fabricar herramientas de piedra y armas de caza, e incluso utilizó el fuego para cocinar?

Existen diferente hipótesis que tratan de explicar la desaparición de los neardenthales, pero ninguna de ellas cuenta con el respaldo general de la comunidad científica. Se ha especulado con un exterminio físico por parte de los Homo sapiens cromagnoides, supuestamente mucho más inteligentes y habilidosos (a pesar de tener un menor cerebro) en una lucha fraticida por imponerse como la especie dominante. También por estas mismas capacidades de supremacía, no han faltado quienes aseguran que, los neardenthales no fueron capaces de superar las diferentes glaciaciones, y que el frío y la falta de alimentos derivados de las duras condiciones meteorológicas  determinaron su futuro, lo que sirvió a los cromagnones para imponerse definitivamente. Otro mundo de dudas se abre también a la hora de establecer el grado de relación existente entre los neardenthales y los cromagnones. Si bien está demostrado que ambas especies coexistieron durante mucho tiempo en los mismos espacios geográficos, no se sabe si su descendencia tiene origen común y si los neardenhtales dejaron su impronta genética en nuestra actual especie, el sapiens sapiens.

 

A la izquierda recreación de cómo pudo ser el Homo floresiensis. A la derecha comparativa con el hombre moderno.

 

En el caso de los Homo floresiensis su entroncamiento presenta muchos interrogantes como ya hemos descrito con anterioridad, pues si bien inicialmente se le relacionó con el Homo erectus, que da sus primeras señales de presencia en la Isla de Flores hace 800.000 años, los nuevos datos que se están obteniendo de los yacimientos de Mata Menge han ampliado hasta hace 700.000 años la presencia de los “hobbits” frente a las previsiones iniciales que los situaban en unos 95.000 años. En el caso de su desaparición de la escena evolutiva de la humanidad, parece haber una práctica unanimidad a la hora de encontrar una razón. En los distintos estratos geológicos estudiados en los yacimientos donde se han localizado la presencia del hombre de Flores, se ha detectado una gran capa de cenizas que se correspondería a un periodo de nuestra historia que se remontaría tiempo atrás en unos 12.000 años, y que indicaría una indudable actividad volcánica. Posteriormente a esta época, ya en estratos superiores, no se detecta la presencia de los Homo floresensis, lo que ha hecho suponer a los investigadores que una gran explosión volcánica los exterminó, junto con gran cantidad de fauna, como fue el caso del stegodon, una especie de elefante enano de la que se tiene también constancia que desapareció por esa misma época.

Los sectores científicos más reacios a admitir al Homo floresiensis como una nueva especie se apoyan en estudios muy recientes, como el publicado por el equipo australiano de la Universidad de Melbourne y encabezado por Meter Obendorf en la revista -Proceedings of the Royal Society B-, donde afirman que lo más probable es que los Hombres de Flores padecieran una enfermedad llamada cretinismo o hipotiroidismo congénito, la cual provoca un retraso físico y mental debido a una malformación de la glándula tiroidea, debida principalmente a una deficiencia de yodo y selenio transmitida genéticamente a través de sus madres por una mala alimentación. Basta recordar que los yacimientos descubiertos aparecieron en el interior de la isla, lejos de la costa y por tanto del yodo que les habría proporcionado el pescado. También la ingesta de plantas como el bambú, que aún se encuentra en abundancia en Isla de Flores, con un alto índice tóxico de “cianida”, pudo influir en ésta glándula reguladora del crecimiento.

 

UN PASEO POR LA LEYENDA

Cuando los holandeses arribaron a la Isla de Flores en el siglo XVII arrebatándosela a los portugueses, recogieron numerosos testimonios de la presencia de unos fabulosos seres a los que los nativos del lugar denominaban con el más que curioso nombre de “ebu gogo” (-abuela come come- o -la abuela que se lo come todo-), unos hombrecillos diminutos y peludos de apetito insaciable que se comían todo aquello que estuviese a su alcance. Su aspecto, en el que destacaba su baja estatura, con brazos muy largos que les llegaban a las rodillas, prominente barriga y con gran cantidad de pelo por todo el cuerpo, resultaba enormemente familiar para los habitantes de la isla indonesia, y en algunos casos una auténtica plaga y peligro. Los exploradores holandeses pudieron escuchar en alguna ocasión amargas descripciones de los nativos, en las que incluso denunciaban el robo de bebés o niños muy pequeños por parte de estos insaciables seres que terminaron siendo devorados sin ninguna contemplación, circunstancia por la cual fueron perseguidos y exterminados en repetidas ocasiones por los pobladores afectados. Tenían también la facultad de poder hablar como los loros, pronunciando  palabras y frases completas perfectamente inteligibles, que de forma aparentemente burlona repetían una vez escuchadas a los campesinos mientras velozmente huían después de haberles robado los alimentos  o mientras se desplazaban a gran velocidad por los árboles. Aún hoy en día, se pueden recoger todo tipo de mitos y leyendas sobre los ebu gogo entre los pobladores de Isla de Flores, lo que nos lleva irremediablemente a hacernos las siguientes preguntas: ¿Fueron realmente extinguidos los Homo floresensis en su totalidad hace 12.000 años por una erupción volcánica? ¿Hay alguna relación entre las leyendas locales acerca de los ebu gogo y la existencia de los Homo floresiensis? ¿Pueden quedar en algún recóndito paraje de la selva indonesia pequeños grupos supervivientes de estos “hobbits”?

 

A la izquierda cráneo de Homo floresiensis (alberga un cerebro de 380 cm³) junto a un cráneo de sapiens. A la derecha el cráneo del Homo floresiensis más en detalle.

 

Los mitos y leyendas siempre han sido denostados por el pensamiento científico. Excepto en muy destacadas ocasiones jamás se suelo profundizar o relacionar circunstancias o situaciones a estudio con el mundo de la mitología, por no entrar ésta en el método científico. En el caso del descubrimiento del Homo floresiensis podemos ver una relación paralela  entre éste mismo método científico y las leyendas locales que ya describían al Homo floresiensis con todo lujo de detalles mucho antes de que, el esfuerzo de los paleoantropólogos y sus piquetas, sacasen a la luz este gran descubrimiento para el estudio de la evolución humana. Y lo más sorprendente quizá sea que, a pesar de todo, la misma soberbia que a veces demuestra la comunidad científica se mantenga inmutable a sabiendas que el caso de los ebu gogo no es ni mucho menos un caso aislado. ¿Qué por qué decimos esto? Sencillamente por la gran tradición que en todo el sureste asiático existe acerca de seres iguales o muy semejantes a los ebu gogo de la Isla de Flores.

En la vecina Isla de Sumatra todavía se asegura que existen los conocidos como “orang pendek” o “pandek”  (hombrecillo), donde son cientos los testimonios de los lugareños que aseguran haberlos visto, a pesar de ser extremadamente huidizos, y que desde tiempo inmemorable siempre han insistido en diferenciar de los orangutanes, a quienes la comunidad científica más ortodoxa identifica en un “inmenso esfuerzo intelectual” como los causantes de la confusión de los nativos (como si estos fueran tontos). No han faltado incluso análisis sobre huellas y pelo recogidos de los puntos en donde han hecho acto de presencia que concluyen en que el orang pendek es una especie totalmente desconocida de primate.

Lo mismo sucede en otras áreas geográficas como es el caso de los “nittaewo” en Sri Lanka (Ceilán), los “hantu sakai” en Malasia y los “meh-neh-hoo-neh” en Hawai. En Vietnam o Laos los denominan con el nombre de “nguoi rung” o en Borneo  se refieren a ellos como “batutut”, y así un largo etcétera más de distintas denominaciones en muy distintos lugares, que si bien varían en el nombre se asemejan enormemente a la hora de ser descritos. Una altura que siempre ronda el metro aproximado, el cuerpo cubierto de pelaje color rojizo, un tórax fuerte y ancho, brazos más largos que un humano, piernas cortas pero muy fuertes que les permiten un perfecto desenvolvimiento entre los árboles que no les impide una marcha bípeda a diferencia de los monos, cráneos braquicéfalos (aquel cuyo diámetro anteroposterior es casi tan corto como el transversal), escaso mentón, nariz ancha y plana, labios gruesos y de cara redondeada con facciones muy humanas, al igual que las orejas.

 

LAS ÚLTIMAS NOTICIAS

En cuevas de dos de las islas del archipiélago micronesio de Palau, al noreste de Isla de Flores, se han descubierto restos de pequeños homínidos que comparten características físicas con los catalogados como Homo floresiensis. No superaban el metro de altura y se estima que el peso de los hombres alcanzaba los 40 kilogramos y el de las mujeres apenas los 30 kilogramos, destacando las mismas características craneanas que tanto sorprendieron en la Isla de Flores.

El hallazgo ha sido realizado por científicos estadounidenses y sudafricanos de las Universidades de Rutgers y Duke, en los Estados Unidos y de la Universidad de Witwatersrand, en Sudáfrica, habiendo sido publicado el informe de sus descubrimientos y conclusiones en la revista -Public Library of Sciencie-.

Según este mismo informe, los “hobbits” de Palau vivieron en este punto idílico del Pacífico sur hace alrededor de quince siglos, y al igual que cuando se descubrió al hombre de la Isla de Flores, se achaca su pequeño tamaño a la teoría del llamado “enanismo isleño”, que afirma que, en general los habitantes de las islas son más pequeños que sus “primos” que habitan el continente.

 

Ubicación geográfica del archipiélago de Palau.

 

Pero volviendo al Homo floresiensis y dejando a un lado todos los mitos y leyendas que nos cuentan y describen una gran variedad de seres que podrían encajar perfectamente con las características que hasta ahora hemos ido conociendo gracias a la labor de los paleoantropólogos, la gran incógnita es la de explicar cómo estos hobbits tenían un cerebro tan inteligente alojado en un cráneo tan pequeño. Dejando a un lado también las narraciones de los ebu gogo de la Isla de Flores que poseían la capacidad de hablar, todos los indicios y evidencias encontrados hasta el momento respaldarían esta leyenda, que a mi juicio constituiría una auténtica revolución en el estudio de la evolución humana y su inteligencia, en donde la capacidad del lenguaje juega un rol determinante de la misma.

Buscando una comparación lo más similar posible tendríamos que recurrir al estudio de los chimpancés para poder encontrar algunas de las respuestas que estamos buscando. Pues bien, en el Centro Nacional de Investigación de Primates de Yerkes, en Atlanta (Estados Unidos), han determinado en investigaciones recientes que tanto los chimpancés como los humanos utilizamos la misma región cerebral para poder comunicarnos, ya sea de forma verbal o gestual, lo que vendría a significar que la base neurobiológica del lenguaje ha estado presente en los antepasados comunes de ambas especies, hace unos siete millones de años.

 ¿Por qué entonces nuestra especie, el Homo sapiens sapiens, apareció de repente dando un salto tan significativo respecto al resto de homínidos en un momento determinado de nuestra historia, sin haber dejado huella alguna?

 

 

 

 
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