SETE CIDADES

Por: Carlos E. Casero

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El Parque Nacional brasileño de Sete Cidades (Siete Ciudades) esta localizado en el municipio de Piracuruca, a unos 180 kilómetros al norte de la capital del Estado de Piauí, Teresina, y a 26 kilómetros de la ciudad de Piripiri. Ocupa una extensión aproximada de 6.221 hectáreas y debe su nombre al conjunto de formaciones rocosas que, en número de siete, presentan una fantástica y peculiar agrupación de monumentos geológicos en cada una de ellas, que recuerda la disposición de pequeños núcleos urbanos o ciudades.

Estas “siete ciudades de piedra” poseen aparentemente, numerosas formaciones geológicas que por capricho de la naturaleza se asemejan a distintas formas, tales como  animales, torres, castillos, puentes, objetos, personajes, etc. Junto a estas esculturas rocosas producto según los geólogos de una erosión que ha durado casi doscientos millones de años, se puede encontrar uno de los mayores conjuntos de pinturas rupestres de todo el continente americano, y restos arqueológicos de asentamientos de pueblos primitivos, así como sus utensilios. Se cree que hace más de seis mil años los primeros moradores de esta área geográfica, los ancestros de los indios tupis y tabajaras, comenzaron a pintar los más de dos mil dibujos e inscripciones diseminados a lo largo y ancho de todo el Parque Nacional. Básicamente existen tres grandes grupos de dibujos con los que los antiguos habitantes plasmaron sus vivencias y anhelos. En el primero de ellos hallaremos las típicas escenas de caza y elementos de la naturaleza que incluyen una gran cantidad de fauna local. Dentro de este primer grupo se encontrarían también los clasificados como inscripciones y pinturas rituales, de carácter  religioso o sobrenatural, destacando la presencia de seres alados. A continuación, en el segundo de los grupos, la característica principal hace referencia constante a todo tipo de manifestaciones celestes o astronómicas: el Sol, la Luna y las estrellas. Por último existen gran cantidad de dibujos abstractos con formas  geométricas, hoy por hoy, de muy difícil interpretación, y donde predominan las cruces y los círculos.

Estado brasileño de Piauí.

Localización de las “ciudades” dentro del Parque Nacional (número dentro de cuadrados).
En color gris, afloramientos de la roca. En círculos: 1) Fuente Caliente; 2) Cañones; 3) Jardines Suspendidos; 4) Arco del Triunfo; 5) Biblioteca; 6) Mirador; 7) Castillo; 8) Lagartos; 9) Inscripciones; 10) Archete: 11) Inscripciones; 12) Cueva del Indio; 13) Cueva de la Bruja; 14) Pequeña Iglesia; 15) El Portal; 16) Inscripciones.

 

Las siete áreas o ciudades de piedra se encuentran separadas por caminos que conforman el recorrido del Parque Nacional, diferenciadas muy claramente gracias a las distintas formaciones geológicas, y a las peculiaridades de cada una de ellas. Entre las más relevantes, y tal como las suelen visitar habitualmente los turistas que se dejan caer por el Parque Nacional, podríamos destacar las siguientes:

 

PRIMERA CIUDAD

En la primera de las ciudades encontraremos la Piscina de los Milagros, uno de los manantiales naturales que proveen de agua al parque, aún durante los años más difíciles de sequía. Las caprichosas formaciones se corresponden a nombres como la Piedras de los Cañones,  la Máquina de Costura, el Banco de la Plaza, la Culebra, etc.

 

Piedra del Elefante.

 

SEGUNDA CIUDAD

El Arco del Triunfo, su forma recuerda a la del famoso arco de la capital francesa, y es uno de los puntos más fotografiados del parque. El Mirador, es el punto más alto de Siete Ciudades, con 82m de altura. Desde este elevado punto es posible tener una excelente visión de todo el parque. La Biblioteca, recuerda un local con libros y papeles apilados. También se encuentran el Pie del Gigante,  la Piedra del Falo,  el Soldado Viejo,  el Teatro de Arena,  el Monte de los Olivos, etc.

 

TERCERA CIUDAD

La Cabeza de Don Pedro II, bastante fotografiada, se asemeja  al perfil del rostro del emperador. Los Tres Reyes Magos, la Piedra del Beso, la del Secreto, la del Palomo, el Dedo de Dios, la Cara del Diablo, la Piedra de Nuestra Señora, el Mapa de Brasil, el Caballo Marino, la Cueva del Extranjero, la mayor del parque nacional.

 

Piedra de la Tortuga.

 

CUARTA CIUDAD

También tiene un Mapa de Brasil, sin embargo sin la división de los Estados (como en la Tercera ciudad). De un lado muestra el mapa del país y del otro la del Estado de Ceará. La Cueva del Catirina, gran número de pinturas prehistóricas en el Archete, La Piedra del León acostado, la Cabeza de Águila , los Dos Hermanos, los Dos Lagartos, etc.

 

QUINTA CIUDAD

Allá está la Piedra de las Inscripciones con bellas pinturas prehistóricas, además de la Furna del Indio, con inscripciones que recuerdan rituales de caza. La Piedra del Camello, la del Rey (de espalda con su manto y corona) y de la Casa del Guardia.

 

SEXTA CIUDAD

Las piedras de la Tortuga (recordando la forma de su armadura), la del Elefante y la del Perro son las formaciones geológicas más destacadas de esta ciudad.

 

Diferentes tipos de dibujos realizados sobre la roca.

 

SEPTIMA CIUDAD

En esta última ciudadela, el acceso solamente puede ser realizado con un permiso especial  de las autoridades del Parque Nacional. Aquí se sitúa una reserva ecológica para la  preservación de la fauna, flora y de los monumentos. Es el área más rica en inscripciones rupestres, destacando especialmente las que se encuentran en la Cueva del Pajé.

 

Acompañando a los misteriosos dibujos rupestres que representas manos con seis dedos o seres y extraños objetos voladores, existen también multitud de leyendas locales que recuerdan que, hace ya mucho tiempo, sobre el actual emplazamiento del Parque Nacional de Sete Cidades existió una legendaria civilización, y como en tantos otros lugares y rincones de todo el mundo, fue fundada por seres procedentes de las estrellas. A todo ello se suman distintos estudios realizados por diferentes investigadores, que ponen en duda en mayor o menor grado, el carácter natural de las formaciones que componen el conjunto de las siete ciudades de piedra.

 

Dibujos de estrellas y otras extrañas formas. Los observadores más imaginativos creen ver representadas cadenas de ADN en algunas de las primitivas representaciones de Sete Cidades.

 

El primero de estos estudios fue el llevado acabo en 1.928, cuando se buscaban pruebas y evidencias arqueológicas de contactos entre el “viejo y el nuevo mundo”, mucho antes de la llegada de Cristóbal Colón a éste último. Fue realizado por el austriaco Ludwig Schwenhagen, y sus conclusiones señalaban que, las distintas formaciones geológicas no serían más que antiguas ruinas de una milenaria ciudad construida por los fenicios sobre otra aún más antigua, y erosionadas hasta tal punto que, habrían permanecido a lo largo del tiempo totalmente irreconocibles y  desapercibidas para la mayoría de los mortales.

A Schwenhagen siguieron otros que creyeron ver en las formaciones rocosas, las señales inequívocas de una gran catástrofe, semejante a la descrita en la Biblia cuando nos narra los hechos acaecidos en Sodoma y Gomorra, y no faltaron también quienes aseguraron que, Sete Cidades, era una antigua ciudad de la Atlántida. Pero de entre todos los forasteros venidos de tierras lejanas con la intención de desentrañar los misterios  de este enigmático rincón del Estado de Piauí, ninguno alcanzó el revuelo y la resonancia internacional que la visita en los años setenta del más que polémico escritor e investigador suizo Erich von Däniken.

 

Vista panoramica de Sete Cidades.

 

La primera pregunta que planteó Däniken a la comunidad científica fue la siguiente: ¿Por qué otras formaciones naturales muy próximas a las de “siete ciudades” y de las mismas características geológicas y orográficas, no han sufrido el mismo proceso de erosión tan evidente y radical que el que se puede apreciar sobre las rocas de la totalidad del Parque Nacional?

Däniken no encontró ruinas propiamente dichas, pues no localizó en ningún momento piedras superpuestas, monolitos, escalones, columnas, restos de material trabajado, etc. Sin embargo, observó extrañado la presencia sobre las rocas de un metal rojizo que formaba unas bandas que recorrían las distintas formaciones absolutamente rectas, formando ángulos rectos en ocasiones, para luego continuar hacia arriba o hacia abajo siempre derechas. Tampoco dejó pasar por alto la enorme cantidad de burbujas petrificadas en la roca, lo que hizo preguntarse sobre qué energía había sido la causante de fundir a tan altas temperaturas todo aquel conjunto pétreo.

 

 

 
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