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Acámbaro es una pequeña ciudad situada al sureste del Estado de Guanajuato (México), fundada por los españoles en el año 1.526. Su nombre según la lengua de los “tarascos” o “purépechas”, pueblo indígena asentado en el lugar desde tiempos remotos, significa “lugar de magueyes o lugar donde crecen los magueyes”, una planta típica que crece en áridos terrenos de los alrededores.

El grupo de figuras que representa a grandes reptiles o dinosaurios es el más numeroso de todos los grupos clasificados por Waldemar Julsrud, y además, el principal motivo por el que la ciencia ha ignorado el emplazamiento arqueológico de Acámbaro.
Son numerosos los emplazamientos arqueológicos de diferentes culturas que podemos encontrar en toda el área de Acámbaro, entre las que podríamos citar la de los chichimecas, los otomíes, los chupicuaro, los toltecas y los tarascos o purépechas. Esta última cultura, de la que aún perviven sus descendientes, tiene la particularidad muy especial de poseer una lengua que no tiene parentesco lingüístico cercano con ninguna de las lenguas indígenas conocidas de Centro América. En la actualidad es hablada por unos 200.000 indígenas, principalmente de los estados de Guanajuato y Michoacán, de los cuales unos 15.000, constituye su única lengua. La palabra purépecha o purhépecha que da nombre a este pueblo significa “persona”, mientras que el termino “tarasco” era una forma despectiva de referirse a ellos por parte de los conquistadores españoles.
Pero de todos los emplazamientos arqueológicos de Acámbaro, ninguno tan sorprendente ni tan polémico como el localizado una mañana de Julio del año 1.945, cuando el comerciante de origen alemán y gran aficionado a las antigüedades Waldemar Julsrud, atravesaba a caballo una de las colinas próximas a la población, conocida con el nombre de Cerro del Toro, junto a uno de sus empleados, el campesino Odilón Tinajero. Las recientes lluvias de días pasados habían puesto a descubierto algunos fragmentos de cerámica en una de las laderas de la colina, que llamaron de inmediato la atención de Waldemar Julsrud, quien con anterioridad ya había hecho sus pinitos arqueológicos junto con el padre Fray José María Martínez, descubriendo en el año 1.923 el importante emplazamiento arqueológico de Chupicuaro.

Grupo formado mayoritariamente por figuras humanas, algunas de ellas de razas y culturas completamente desconocidas.
Desmontados del caballo y en una primera inspección del terreno, apareció medio enterrada una extraña figura de terracota que no supo catalogar dentro de ninguna de las culturas indígenas conocidas por él. Desde ese mismo instante, Waldemar Julsrud encargó a Odilón Tinajero desenterrar y recuperar el mayor número posible de piezas del Cerro del Toro. A los pocos días Tinajero se presentó en la hacienda de Julsrud llevando consigo una carretilla repleta de distintos objetos de cerámica, asombrando al viejo comerciante, que no podía creer lo que contemplaban sus ojos.
Para evitar fraudes o falsificaciones, Julsrud hizo un pacto con Tinajero, por el cual él le pagaría un peso por cada pieza entera entregada y nada por las defectuosas o estropeadas que, en cualquier caso también le entregaría. El objetivo de Julsrud, a sabiendas de que el precio a pagar por cada pieza era una miseria, era evitar que su empleado llegara a falsificar las piezas, no invirtiendo tiempo alguno en ésta tarea por la falta de beneficio, al tiempo que le motivaba a excavar con mucha precaución.

A la izquierda, un nuevo grupo de dinosaurios con una figura humanoide en la posición central. A la derecha, uno de estos reptiles atacando a una mujer.
Así, durante siete años, Odilón Tinajero extrajo de la ladera del Cerro del Toro ¡más de 32.000 piezas!, de las cuales hoy solo se conservan unas 20.000. Los diferentes objetos estaban enterrados por grupos, como formando colecciones de 20 a 40 piezas en cada uno de los emplazamientos, en una profundidad que variaba de uno a dos metros, dando la impresión de que todos ellos habían sido ocultados precipitadamente. Julsrud los clasificó según su estilo, como procedentes de culturas muy diversas, algunas de ellas totalmente desconocidas. Muchos de los animales representados en las figuras, tales como caballos, camellos y rinocerontes lanudos, habían desaparecido hacía cientos de miles de años durante el pleistoceno. Otros como los grandes reptiles y dinosaurios, eran prácticamente desconocidos en el momento de su extracción. Había también cerámica purépecha, puntas de flechas y lanzas de obsidiana, dientes de “Equs Conversidens”, antiguo caballo desaparecido en el pleistoceno, cientos de vasos, incluidos algunos de jade, máscaras, instrumentos de música, cachimbas o pipas, cabezas de estatuas de hombres y animales, muchas figuras de serpientes enrolladas, figuras que representaban escenas de zoofilia, figuras de mamíferos, llamas, tapires, etc., tablillas con representaciones de animales desconocidos, trozos de cerámica que imitaban a diferentes cortezas de árboles, figuras de peces y animales marinos, estatuas humanas de entre 60 y 120 cm. de altura, pequeñas figurillas que recordaban enormemente a los “ushebtis” egipcios (pequeñas representaciones funerarias de momias). Y lo más abundante de todo, miles de representaciones de grandes reptiles ya desaparecidos.

Muchas de las figuras de grandes reptiles desenterradas, han visto posteriormente reconocida su existencia por los estudios modernos de paleontología, como es el caso de la figurita de la izquierda, identificada con un "ankylosaurus", a la derecha, especie extinguida hace millones de años, cuando según la ciencia oficial ni tan siquiera habían aparecido los primeros hominidos.
A pesar del esfuerzo de Waldemar Julsrud para que la comunidad científica mostrase su interés en los descubrimientos del Cerro del Toro en Acámbaro, ésta le dio la espalda. No aceptó ni sigue aceptando la posibilidad de que, el hombre alguna vez llegase a convivir con los grandes reptiles o dinosaurios hace millones de años, y tacharon todos los descubrimientos como un engaño, un fraude carente de valor alguno.
En 1.954 cuatro arqueólogos enviados por el gobierno de México realizaron una excavación próxima a la realizada por Julsrud y Tinajero en el Cerro del Toro. Los resultados fueron excelentes, logrando extraer varios grupos de piezas muy similares a las primeras desenterradas, y no encontrando una explicación lógica a la procedencia de aquellos hallazgos decidieron correr un tupido velo al asunto, dando por concluido todo interés por parte de la comunidad científica, impotente para ni tan siquiera aceptar la realidad de tan colosal descubrimiento, pero lo suficientemente arrogante para llegar a admitirlo.

Algunos de los más de 32.000 objetos extraídos del Cerro del Toro. Uno a uno constituyen todo un reto para la ciencia, que hasta el momento ha preferido ignorarlos.
Un año después, en 1.955, el profesor de Historia y antropología de la Universidad de New Hampshire, Charles Hapgood, volvió a excavar en la misma zona, justo debajo de una casa que había existido veinticinco años antes de la excavación inicial de Julsrd y Tinajero. Allí logro rescatar cuarenta y tres piezas más, muy parecidas a las descubiertas inicialmente. Hapgood, un conocido y viejo enemigo de los científicos inmovilistas, contrató los servicios del Laboratorio “Isotopes, INC” donde se realizaron pruebas sobre restos orgánicos localizados en las figuras con el método del carbono 14. Así mismo, fueron realizados examenes de termoluminiscencia por la Universidad de Pensilvania. Los resultados de todas estas pruebas arrojaron unos resultados que avalaban la autenticidad del emplazamiento arqueológico de Acambáro, datando las piezas en diferentes épocas, y confirmando por tanto las sospechas de Julsrd, quien creía que los hallazgos de Acámbaro eran una gran colección de diferentes culturas y épocas enterradas precipitadamente para evitar el saqueo de los españoles. La datación oscilaba entre el año 1.110 a. C. para las piezas más reciente y el año 4.530 a. C. para las más antiguas.

A pesar del gran número de piezas localizadas por Tinajero y Julsrud, no existen dos exactamente iguales.
En 1.990 y con permiso del gobierno mexicano, una nueva excavación fue realizada por el arqueólogo Neal Steedy en las inmediaciones de Acámbaro, aunque esta vez en un lugar más alejado al de las otras ocasiones. A pesar de encontrar restos de cerámica, no logró localizar ninguna figura.
Caso cerrado,…por el momento.
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