TUNGUSKA

LA DUDA CONTINUA

Por: Carlos E. Casero

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Para la mayor parte de la comunidad científica, el fenómeno que ocurrió en 1.908 en esta zona de Siberia, ha sido suficientemente explicado por las numerosas expediciones científicas que hasta ese recóndito lugar se han acercado para investigar la gigantesca explosión que sacudió esta parte del planeta a comienzos del siglo pasado. La lógica y el razonamiento científico, apuntan al impacto contra la atmósfera terrestre de algún bólido procedente del espacio exterior. A la luz de los conocimientos de la astronomía actual en el campo de los meteoros y cometas, junto con los estudios que detectan anomalías isotópicas en parte de la turba del área afectada, que se corresponden a los típicos modelos de comportamiento de los meteoritos en contacto con la atmósfera, todo parece señalar que la explosión fue producto del choque de un meteorito o cometa contra la atmósfera terrestre.

 

Leonid Kulik no pudo concluir jamás su sueño de descifrar el enigma de Tunguska.

 

Sin embargo, no se han despejado todas las incógnitas que rodean al suceso, y la respuesta oficial dada para esclarecerlas, no termina de satisfacer a otra parte de investigadores, quizá más incisivos (o imaginativos en exceso), que encuentra evidencias que apuntan en otras direcciones menos convencionales que el impacto de un cometa contra la atmósfera. Estos últimos investigadores acusan a los más ortodoxos de tratar de encajar este suceso como dentro de “la única teoría  lógica conocida”, partiendo ya de un punto que ha perdido toda objetividad inicial y que establece una clara “dirección de trabajo predeterminada”, consistente en tratar de encajar las pruebas a la teoría y no desarrollar la teoría según las pruebas, como el propio rigor científico exige.

¿Qué clase de evidencias han localizado todos estos investigadores menos proclives a las versiones oficiales, que ponen en duda la versión oficial de los hechos? Repasemos algunas de las circunstancias que han propiciado esta agria polémica y tratemos de sacar nuestras propias conclusiones sobre los acontecimientos acaecidos aquella mañana del 30 de Junio de 1.908 en la taiga siberiana, pues es curioso observar, cómo la misma luz que ilumina y orienta el camino a unos, confunde y  se lo ciega a otros.

Siempre según los testigos de la región de Podkamennaya-Tunguska, sobre las siete de la mañana un gigantesco objeto con forma de torpedo apareció en el cielo a una gran velocidad (7.000 Km./h.) en dirección Noroeste, dejando detrás de si, una enorme estela de fuego y humo, apreciándose a su paso cómo la temperatura se elevaba muy rápidamente. El murmullo sordo inicial que todos los habitantes de la zona pudieron escuchar, se transformó en una gigantesca explosión que pudo oírse a más de mil kilómetros, y desencadenó un viento huracanado que se dejó sentir sobre los techos de las casas situadas a centenares de kilómetros de distancia. El impacto fue tan brutal que, todos los sismógrafos del mundo pudieron detectar las vibraciones provocadas, siendo el desencadenante de varios terremotos posteriores.

 

Cientos de miles de árboles aparecían derribados en el suelo en una misma dirección, con la copa del árbol siempre  caída en sentido contrario al del epicentro de la explosión. La fuerza expansiva de la explosión devastó más de 2.000 kilómetros cuadrados de bosque.

 

La fuerza expansiva de la explosión devastó más de 2.000 kilómetros cuadrados de bosque. Una gigantesca columna de fuego, polvo y gases se levantó por encima de la taiga en forma de una gran seta, hasta alcanzar los 80 kilómetros de altura. El fuego provocado terminó por arrasar gran parte de los árboles que había sobrevivido al impacto inicial, mientras que pocos minutos más tarde, extrañas nubes luminiscentes de color verdoso, rosado y dorado reflejaban la luz del día formando apocalípticos juegos de colores en medio de toda la devastación, al tiempo que una fina lluvia de agua negra empapaba el dantesco paisaje, detectándose una tormenta magnética que duró al menos unas cuatro horas.

Asombrosas auroras boreales pudieron ser observadas, dándose la increíble circunstancia de que los resplandores que provenían del lugar de la explosión y las nubes fosforescentes que se propagaron en todas direcciones, permitieron la lectura en plena noche o la toma de fotografías sin necesidad de iluminación artificial, como reflejaron los periódicos de la época en ciudades tan alejadas como París o Londres.

Desde un primer momento, los sabios de todo el mundo coincidieron en señalar el impacto de un meteorito  de dimensiones colosales como el responsable de la explosión de la meseta siberiana, zanjándose momentáneamente la polémica sobre el suceso. No fue hasta el año 1.927, que la Academia de Ciencias de Rusia envió una expedición al mando de Leonid Kulik, secretario del Comité Investigador de Meteoritos, a petición del propio Kulik, dado el total y absoluto desinterés que el gobierno de Rusia mostró por el suceso, quien con un rudimentario equipo de investigación partió a la zona del siniestro.

 

Kulik observó que los árboles se habían calcinado por la parte superior, haciéndole sospechar que el fuego llegó procedente de arriba hacia abajo, y que por tanto la explosión se había producido en la atmósfera y no en la tierra.

 

Kulik se vio sobrecogido al llegar a su punto de destino, una zona salvaje e inexplorada de la taiga siberiana. Cientos de miles de árboles aparecían derribados en el suelo en una misma dirección, con la copa del árbol siempre  caída en sentido contrario al del epicentro de la explosión, y en un radio de entre cincuenta y cien kilómetros. Las haciendas y cercados existentes a seiscientos kilómetros del epicentro de la deflagración habían sido derribados también. Toda la tierra aparecía calcinada y dentro de un radio de más de cien kilómetros cualquier forma de vida había sido destruida por completo. Ni sus hombres ni sus aparatos magnéticos pudieron detectar ningún fragmento  del supuesto meteorito, ni mucho menos el cráter provocado por el impacto.

Lo que si encontró fue el testimonio de gentes aterrorizadas que le contaron extraños fenómenos que él no llegaba a comprender, como la caída de cabellos y dientes de quienes habían mirado directamente la bola de fuego que surcó los cielos aquel fatídico día o las extrañas quemaduras que cientos de personas muy alejadas del lugar de la explosión padecieron en días sucesivos. También le contaron cómo muchas personas murieron atacadas por vómitos de sangre y enormes cólicos, así como la desgracia de ver venir al mundo a muchos niños que nacieron muertos.

Kulik no encontró jamás prueba alguna del impacto de un meteorito en la zona, solo pudo especular sobre lo que había sucedido, observando que los árboles se habían calcinado por la parte superior, haciéndole sospechar que el fuego llegó de arriba hacia abajo y que por tanto la explosión se había producido en la atmósfera y no en la tierra. A pesar de estas observaciones,  determinó presentar un informe en el que, a sabiendas de no haber hallado ni tan siquiera el cráter del impacto, culpaba a un meteorito de unas cuarenta mil toneladas (en el momento de llegar al suelo) como el causante de la explosión en Siberia, quizá por considerar demasiado arriesgado presentar cualquier otro tipo de hipótesis. Tranquilidad por un lado, pero una enorme decepción por otro, causó el informe de Kulik entre la comunidad científica. El principal objetivo no se había cumplido, identificar el cráter, pero se tenía un informe sobre la mesa, y con eso, para muchos ya bastaba.

 

La "zona de impacto" tiene una estructura radial, pero aún así, existen desviaciones de lo que podríamos llamar el epicentro, que indican la existencia de al menos, dos o tres subepicentros más.

 

Pero el primero en no estar conforme es el propio Kulik, quien logra regresar en otras dos ocasiones, 1.929 y en 1.938, para tratar de desentrañar lo que para él ya es su mayor obsesión en la vida. Continúa recogiendo muestras sobre el terreno, y cómo no, más testimonios de los habitantes de aquellas lejanas tierras que le siguen dejando perplejo y que no acaba de relacionar con la explosión. Además, para su frustración, el cráter continúa sin aparecer. La II Guerra Mundial interrumpe sus investigaciones y lamentablemente también su vida. Internado en un campo de concentración nazi, fallece víctima del tifus en abril de 1.942.

En 1.957 una nueva expedición dirigida por el investigador Florensky, trata de finiquitar el trabajo que iniciase Kulik, encontrando las pruebas suficientes que demostrasen la intervención de un meteorito en 1.908, y por supuesto como colofón final, localizando el tan deseado cráter. Pero poco importó que Florensky fuera equipado con material mucho más moderno y sofisticado que Kulik, porque tras un detenido estudio del lugar del suceso, no le quedo más remedio que dictaminar en el informe final, que no había vestigios de que ningún meteorito hubiera caído el 30 de junio de 1.908 sobre la taiga siberiana. A finales de 1.958, una nueva expedición científica integrada por miembros de la Sociedad de Astronomía y Geodesia de la antigua URSS, concluye de la misma forma que la de Florenski. No existe ningún cráter, ni huellas o vestigios de un choque de un meteorito en toda el área investigada.

Pero es en 1.959 cuando se produce la mayor polémica en todo el asunto que rodea al incidente de Tunguska. Una expedición de la Academia de Ciencias de Moscú, dirigida por el profesor Georgi Plekjanev, conmociona al resto de los miembros de la Academia cuando de regreso de la taiga siberiana presenta su informe. En él, hace hincapié en la inexistencia de cráter alguno, tal y como el resto de las expediciones habían certificado con anterioridad, e introduce nuevos elementos, como la presencia de un nivel de radiación en toda la zona afectada tres veces más alto de lo normal y que, según sus estimaciones, la explosión se produjo en el aire, a una altura de 6 Km. con una fuerza comparable a la que podrían provocar varias decenas de bombas atómicas y destacando que el estallido fue causado por la energía interior del propio objeto, y no por la fricción con el oxígeno de las capas bajas de la atmósfera. Para Plekjanec, científico objetivo donde los hubiera, el suceso sólo podría haber sido causado por un meteorito radioactivo de tipo desconocido, un bloque de antimateria que se desintegró al tocar al suelo o una nave cósmica de propulsión nuclear.

 

Los árboles de la taiga siberiana han sido uno de los elementos que más datos han aportado a los vestigadores. El estudio de sus anillos anuales de crecimiento han arrojado datos sorprendentes, y constituyen una de las principales evidencias de quienes defienden la explosión nuclear artificial aquel verano de 1.908 en las inmediaciones de Tunguska.

 

No vamos a contar aquí los efectos que las conclusiones de Georgi Plekjanev y el resto de sus colaboradores provocaron entre la comunidad científica. Sólo basta decir que, desde entonces, la polémica está más que servida. También desde entonces, otras muchas expediciones han partido dirección a Siberia, con conclusiones que a fuerza de ser sinceros, son para todos los gustos (existen cerca de 30 hipótesis para aclarar los sucesos de Tunguska).

Tanto unos como otros descartaron la posibilidad de que el causante del cataclismo hubiese sido un meteorito radiactivo, primera de las hipótesis de Plekjanev, ya que una detonación atómica exige una materia extremadamente rara, como el uranio 235 o el plutonio, que no existen en la Tierra en pureza química ideal, ni en las cantidades suficientes, ni que se sepa en el resto del Sistema Solar, por lo que su formación solo puede deberse a una acción premeditada de la mano del hombre. Respecto al bloque de antimateria, segunda de las hipótesis, aún hoy en pleno siglo XXI, seguimos careciendo de los conocimientos suficientes ni para tan siquiera teorizar sobre los motivos y las causas que hubiesen podido intervenir en una situación como la ocurrida en Tunguska, aunque no se ha descartado como la posible causa. Por último, la tercera hipótesis resultó tan descabellada, que fue enviada directamente a la papelera.

En los años sesenta, una nueva hipótesis tomó fuerza a raíz de nuevas expediciones al área afectada, aunque ya en los años treinta se había hablado de esta posibilidad. Según la nueva teoría, el núcleo de hielo de un cometa a una gran velocidad pudo provocar una explosión térmica a cierta altura del suelo, sin provocar por ello cráter alguno. Fue como si “dios” se le apareciese a la comunidad científica, que rápidamente abrazo esta hipótesis como segunda posibilidad, detrás de la del meteorito, para poder salir así del atolladero donde se encontraba hasta ese momento, y que mayoritariamente continúa defendiendo a día de hoy. Y es justo aquí, donde precisamente surge la mayor controversia, pues según todos los cálculos el supuesto núcleo del cometa hubiera necesitado alcanzar para provocar el estallido la fantástica velocidad de entrada en la atmósfera terrestre de, ¡cuarenta kilómetros por segundo!. Sin embargo no se ha podido constatar que la velocidad de dicho objeto alcanzase en ningún momento tal velocidad, los diferentes estudios realizados hasta el momento otorgan una velocidad máxima de 4 ó 5 kilómetros por segundo.

Quienes defendieron que la causa de la catástrofe tuvo un origen nuclear similar al de una bomba atómica convencional, señalaron rápidamente el gran número de quemaduras ocasionadas por las radiaciones que pudieron ser localizadas incluso a varias decenas de kilómetros de distancia del epicentro, y que correspondían al mismo tipo que las halladas en Hiroshima y Nagasaki durante la contienda mundial. Pero los índices detectados de radioactividad  en toda el área, a pesar de ser más altos de lo normal, no llegaban a alcanzar unos niveles lo suficientemente significativos como para avalar su hipótesis.

Tuvo que ser a partir del estudio de los troncos de los árboles, donde se encontraron nuevos y sorprendentes datos. Ya en la expedición de 1,958, se había constatado el crecimiento extraordinario de los árboles después del cataclismo en Tunguska, que algunos achacaron inicialmente a que los árboles aislados habían recibido más luz del Sol, y el suelo había quedado ricamente fertilizado por los restos de los árboles muertos a su alrededor. Pero no eran sólo árboles aislados sino bosques enteros, donde los árboles más jóvenes habían conseguido en 50 años alcanzar la talla de sus congéneres más viejos de hacía 300 años. Serrando algunos de estos troncos, se observó como las capas o anillos anuales de crecimiento se habían vuelto hasta diez veces más gruesos desde la explosión de 1.908. Fue cuando nació la idea de verificar sistemáticamente, la radioactividad de cada capa anual ya que, si de verdad existió una explosión nuclear, las precipitaciones de lluvia posteriores tendrían sin duda que haber recogido los elementos radioactivos del suelo, siendo seguidamente absorbidos por los árboles a través de sus raíces, y distribuidos por la savia a las capas o anillos  anuales.

Y he aquí donde se encuentra la mayor prueba de quienes defienden la explosión nuclear, e incluso rescatan la tercera hipótesis de Plekjanev referente a una explosión de una nave interestelar de propulsión atómica. Los diferentes resultados sobre las capas o anillos anuales de los troncos de árboles del área de Tunguska, presentan a partir del año 1.908, signos de radioactividad mucho más elevada, entre la que se incluye la detección de estroncio 90, cuyo período isotópico es de 19,5 años, por lo que se explicaría el por qué no se llegaron a encontrar unos niveles lo suficientemente significativos de radioactividad sobre el terreno en las expediciones más recientes, y sí en la de 1.959 llevada a cabo por Plekjanev.

Además, los mismos defensores de esta hipótesis jamás han olvidado las descripciones de los testigos, consistentes en mencionar la presencia de inmensas nubes de vapores de colores, o la gran seta u hongo que se formó después de la explosión. Tampoco descartan los cambios de dirección y frenazos que, según varios testigos pudieron ser observados durante su trayectoria, y que confirmarían su origen artificial. Y por supuesto, las extrañas enfermedades y muertes sufridas por quienes se vieron afectados, que recuerdan enormemente a los cuadros clínicos descritos de las víctimas de las explosiones atómicas de Hiroshima y Nagasaki en Japón. Para añadir más confusión, no fue sólo un objeto el avistado, sino varios y a distintas horas de aquel fatídico día los que provocaron varias explosiones, según recogen los mismos testimonios.

 

Imágenes de dos cráteres. Arriba el Cráter Meteoro en Arizona, que alcanza los 1.186 metros de diámetro. Fue causado por una roca que pesaba unas 10.000 toneladas. Abajo el Cráter Wolf Creek en Australia, con casi 50 metros de profundidad y próximo a un kilómetro de diámetro. Si de verdad en Tunguska hubiera caído un meteorito de 40.000 toneladas, hubiese dejado una huella de más de 3 kilómetros de diámetro y 250 metros de profundidad.

 

Para finalizar, y tratando de ser lo más objetivos posibles, el estado actual de las investigaciones apunta a una serie de hechos claros y precisos que enumeramos seguidamente:

  1. La principal explosión sucedió en la atmósfera, arrasando toda el área de una forma muy peculiar.
  2. Esta forma tan peculiar, parecida a una mariposa gigantesca, tiene una estructura radial, pero aún así, existen desviaciones de lo que podríamos llamar el epicentro, que indican la existencia de, al menos, dos o tres subepicentros.
  3. El polvo meteórico y las radiaciones halladas sobre el terreno, no alcanzan en ningún caso, niveles capaces de inclinar la balanza hacía ninguna de las hipótesis establecidas.
  4. Parece demostrado que la velocidad del objeto que provocó la gran explosión en la fase final de su vuelo, era relativamente baja, como parecen indicar todas las pruebas sobre la onda balística, la onda expansiva y las desviaciones en el esquema radial del conjunto de los árboles caídos.
  5. La explosión fue originada por la energía interna del objeto, que liberó al menos un 10% de esa energía en forma de destello, lo que apunta a una explosión nuclear, aunque no se sepa de qué tipo al no haberse encontrado evidencias directas en la zona del impacto.
  6. Si existen otro tipo de evidencias que señalan a una explosión nuclear, como sería un aumento de la termoluminiscencia  de algunos minerales del área implicada, y el impacto genético sobre los descendientes de los habitantes de la zona, donde se pueden contemplar cuadros similares a regiones afectadas por pruebas de armas nucleares.
  7. La combinación de la forma de mariposa con el esquema radial del bosque afectado, sugiere que el objeto constaba de dos partes bien diferenciadas: una parte formada por un cuerpo  “explosivo” y la otra por  un “cascarón o envoltorio” no uniforme, que provocó la peculiar forma de la onda expansiva y que la vegetación quemada estuviera distribuida de forma totalmente fragmentada, tal vez provocada por la caída de numerosos y potentes rayos térmicos, y no sólo de un gran objeto ígneo.
  8. A pesar de tanto tiempo transcurrido, no queda todavía nada claro ni el rumbo ni el número de objetos que se divisaron sobre los cielos de esta región de la taiga siberiana, que sólo podría tener explicación si se admitiese que maniobró y cambió su dirección en varias ocasiones, que sería tanto como admitir que, aquel bólido que conmocionó a la opinión pública de comienzos del pasado siglo XX, fue un ingenio artificial dirigido inteligentemente. ¡Ahí es nada!.
  9. Pese a quien pese, y moleste a quien moleste, el cráter sigue sin aparecer.

Todo lo demás que queramos creer no serán más que dogmas de fe, tanto en una dirección como en otra. Una vez expuesto lo presente, que cada uno saque sus propias conclusiones.

 

 

 

 
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