LA ISLA DE PASCUA

Por: Carlos E. Casero

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Fue descubierta oficialmente por el holandés Jacob Roggenveen el domingo día 5 de abril de 1.722, festividad del día de Pascua y a la que circunstancialmente le debe su actual nombre, en medio del Océano Pacífico Sur, a 3.760 Km. de las costas de Chile, de donde forma parte desde el año 1.888. El nombre originario de esta isla es el de Rapa Nui, a la cual los nativos denominan con el nombre de ”Te Pito O Henua”, que significa literalmente “el ombligo del mundo” o también “marakiterani” que significa “ojos que miran al cielo”. La isla es de origen volcánico y de forma triangular, situándose los tres principales volcanes en cada uno de sus vértices, el Rano Kau,  el Maunga Tarevaka y el Poike. Su tamaño no excede de los 175 kilómetros cuadrados de superficie, habitados en la actualidad por una población que ronda casi las 4.000 personas.

La fama principal de la Isla de Pascua es debida a sus colosales e imponentes estatuas de piedra volcánica, de entre los 1,13 metros la más pequeña a los  21,60 metros de altura la más grande, conocidas con el nombre de “moais”, que en un número superior a las 800, se reparten por toda su geografía. Pero no es el único enigma que se puede encontrar en este punto perdido del planeta, sus propios orígenes han dado lugar a todo tipo de debates y especulaciones. En principio, la cultura Rapa Nui esta estrechamente ligada a la Polinesia, aunque no se descarta una influencia procedente del continente americano, como distintos investigadores han tratado de demostrar, con el famoso y ya fallecido Thor Heyerdahl a la cabeza.

 

Pocos sitios podremos encontrar en nuestro planeta tan aislados del resto del mundo, como esta pequeña isla del Pacífico Sur. A pesar de ello, aquí se desarrolló una de las civilizaciones más enigmáticas de todos los tiempos.

 

Pero, ¿por qué se desconocen más datos sobre la Isla de Pascua? En principio, la primera fuente de información debería haber sido la suministrada por los propios habitantes, pero desde su descubrimiento cayó toda una serie de desgracias sobre su población que en nada ayudó a los investigadores a establecer sus orígenes. Entre los años 1.859 y 1.862, distintas bandas  de aventureros procedentes del continente, redujeron a la esclavitud a gran parte de la población de la isla (2.000 isleños fueron capturados), incluido el Rey Marata, siendo deportados a campos de trabajo en muy duras condiciones de salubridad en Perú. La intervención del obispo de Tahití, Tepano Jaussen, ante el gobierno de Perú, logró la repatriación de algunos de ellos (sólo 17 individuos). Las buenas noticias de su regreso se transformaron en una nueva tragedia, pues en su retorno introdujeron gran cantidad de enfermedades contraídas en el continente, para las que los nativos no tenían defensas, como la viruela y la sífilis, diezmando de nuevo a gran parte de la población.

En 1.864, el hermano Eugene Eyraud, misionero de la congregación del Sagrado de Corazón de Bélgica, desembarca en la Isla de Pascua, con la intención de evangelizar a sus pobladores. La visión que contemplan sus ojos no puede resultar más desoladora, unos pocos cientos de nativos hambrientos y en un estado pésimo de salud, malviven en la desolada isla. Pero esa no tuvo que ser la impresión del capitán del buque que transportó al misionero a tan lejanas tierras del Pacífico Sur. Ni harto ni perezoso, aprovechó su viaje de vuelta a Tahití, para capturar y transportar a otro grupo de nativos y ser vendidos como esclavos en las plantaciones tahitianas.

 

Las pocas tradiciones que han sobrevivido entre los nativos de la Isla de Pascua, hacen mención a que las estatuas se colocaron por si mismas en sus ubicaciones, despues de ir andando desde las canteras.

 

No acabaron aquí las penurias de los nativos de Pascua, pues al poco tiempo el Rey de Tahití, quien se había autoproclamado soberano de la isla, la vendió  a un tirano llamado Dutroux-Bornier (llamado Pitopito por los nativos), quien instala un régimen despótico en la isla, que concluye con su asesinato por parte de los propios isleños, cansados de sus vejaciones e injusticias. La isla es heredada por un escocés llamado John Brander, que introduce grandes cantidades de ovejas, esquilmando los recursos de la isla e aislando a los nativos en pequeños reductos. La situación no mejoró mucho con la incorporación de la Isla de Pascua en 1.888 a Chile, que mantuvo tras alambradas a los isleños para favorecer la cría de ovejas en sus tierras.

Todas estas desventuras han influido enormemente a la hora de desentrañar los orígenes de la Isla de Pascua. Así escribe Peter Kolosimo en su obra Tierra sin Tiempo al respecto: “…...Interrogados sobre el origen y el significado de las grandes estatuas, los habitantes de la isla nunca supieron dar la menor explicación; eso se debe sin duda al hecho de que con el rey Marata fueron deportados los sabios pascuanos, los custodios de las tradiciones, quienes a buen seguro habrían podido contar cosas interesantísimas no sólo acerca del pasado de su patria, sino también sobre las más antiguas y enigmáticas civilizaciones de la Tierra…...”.

Se da la triste circunstancia de que la escritura ceremonial Rapa Nui, conocida con el nombre de Rongo Rongo (maderas cantantes), no tiene en la actualidad intérpretes que sepan traducir con exactitud alguna de las 23 tablillas de madera que aún se conservan (14 completas y 9 fragmentadas, más algún que otro objeto con inscripciones), pues los últimos maestros y sabios que hubiesen depositado el conocimiento en nuevas generaciones, fueron llevados como esclavos al Perú, y allí perecieron. La antigua escritura de Rapa Nui, a pesar de tener unas características propias muy definidas, mantiene un estilo y un simbolismo común a la de otras islas de la polinesia. Las tablillas normalmente escritas con motivos religiosos eran comenzadas a leer desde la última línea de texto. Leyéndose de izquierda a derecha la primera línea, la siguiente línea de derecha a izquierda y así sucesivamente, en forma ascendente, hasta la línea superior de la tablilla. Si la escritura proseguía en la parte posterior, se le daba la vuelta, iniciándose ahora un proceso inverso de lectura, es decir de arriba hacia abajo (un sistema conocido por los lingüistas con el nombre de “bustrophedon”).

 

Con rostros de un grupo racial desconocido, estos moais parecen mirar hacia el cielo, como si esperasen ver llegar algo sobre el horizonte. Recordemos que también son denominados por los nativos como "marakiterani", ojos que miran al cielo.

 

A pesar de ello se han mantenido gran cantidad de ritos, ceremonias y creencias ancestrales, entre las que no faltan algunas leyendas. Una de las más curiosas y al mismo tiempo despreciadas por la comunidad científica (lo normal en estos casos), trata sobre la llegada de los primeros pobladores  procedentes de una tierra mucho más al Sur, y que se hundió bajo las aguas hasta desaparecer en ellas, la mítica tierra de Hiva, que significa “clan”, y que algunos investigadores han relacionado con algún emplazamiento de las Islas Marquesas, mientras que otros prefieren hacer referencia a un viejo continente desaparecido, la Atlántida o Mú. Dentro de un escepticismo generalizado, la leyenda termina de perder toda su credibilidad cuando un tiempo después de la llegada de los primeros pobladores, unos hombres extraños de grandes orejas caen del cielo, asentándose en uno de los extremos de la isla. Sigue narrando la leyenda que, como todos eran varones necesitaron de las mujeres de los primeros pobladores, los “orejas pequeñas”, para poder procrear. Tras un tiempo de desavenencias y desencuentros entre los dos pueblos, se declaró una cruenta guerra que terminó con el casi completo aniquilamiento de los “orejas grandes”, logrando escapar unos pocos en “algo que volaba hacia los cielos, en medio de una gran explosión”. Respecto a la elaboración y ubicación de los moais, no es menos curiosa su respuesta. Afirman que éstos después de su manufacturación fueron hasta su emplazamiento, “andando solos”, gracias al “maná”, una especie de magia o poder sobrenatural que estaba en manos de los “espíritus” y algunos iniciados próximos a ellos.

De todas sus fiestas y ceremonias, la más importante era aquella que consistía una vez al año, en competir por conseguir el primer huevo del Manutara (pequeña gaviota), un ave migratoria que depositaba tan preciado trofeo en la pequeña isla de Motu Nui, allá por las fechas de últimos de agosto, primeros de septiembre. Todo valía en la precipitada carrera para alcanzar el objetivo, aparte de los peligros que suponía alcanzar a nado el pequeño islote en unas aguas plagadas de tiburones, debiendo quedar el huevo siempre intacto, para poder así alcanzar el título de Tangata Manu (hombre pájaro), que se proclamaba heredero directo del principal dios de los Rapa Nui, el dios Make Make. De esta manera el vencedor y todo su clan, tenían derecho a toda clase de privilegios políticos, económicos y religiosos, que provocaban un ambiente de revancha en ocasiones extremo para próximas ediciones de la ceremonia, dado los desmanes y el despotismo con que algunos clanes gobernaban durante todo el año que les correspondía.

 

A la izquierda podemos ver un dibujo del hombre pájaro (Tangata Manu), más definido en el dibujo de la derecha.

 

La idea de ir “andando solos” hizo que el investigador checo Pavel, formulase una teoría para explicar el transporte de los enormes moais en 1.982. Pavel estableció que todos los moais tenían un centro gravitatorio muy definido gracias a sus estrechas y alargadas cabezas en contraposición con sus voluminosos y grandes cuerpos, por lo que desarrolló un sistema por el que a partir de dos grupos formados por 17 personas, uno rodeando con cuerdas la cabeza y el otro el cuerpo o base, el primero de ellos tiraba lateralmente hacia un lado, mientras que el segundo tiraba hacia el frente, y así sucesivamente primero de un lado y luego del otro. Según sus estimaciones se podía hacer avanzar “andando” un moai de 20 toneladas unos 198 metros cada día. Posteriormente el noruego Thor Heyerdahl realizo sus cálculos con este sistema, estableciendo una media de 97 metros diarios de avance, siempre y cuando fuese en terreno llano y despejado, situación muy difícil por cierto en la Isla de Pascua, dado lo abrupto de su orografía.

Thor Heyerdahl creía que los antiguos nativos de Pascua procedían de Sudamérica, como el resto de los polinesios, y que fueron estos quienes construyeron los enormes moais que pueblan la isla, encontrando muchas semejanzas con esculturas del continente, como las existentes en Tiahuanaco. Según él, fueron elaboradas en las canteras con los rudimentarios picos y hachas de sílex, pues no conocían el hierro ni trabajaban los metales, que en grandes cantidades fueron encontradas abandonadas, junto con decenas de moais sin terminar, exactamente 397 moais quedaron abandonados en la cantera del Rano Raraku, donde se encuentra el más grande de todos, conocido con el nombre bastante explicito de “el gigante”, con sus 21,60 metros de altura y sus casi 180 toneladas de peso. Los expertos creen que el abandono repentino de la construcción de los colosos fue debido a algún tipo de revolución cultural o religiosa, coincidiendo con un desastre ecológico, que transformó la superficie de la isla, haciendo desaparecer la totalidad de los árboles tras una tala indiscriminada de éstos para el transporte de los moais. Una hipótesis un tanto confusa que trata de arrojar algo de claridad sobre los hechos ocurridos en el más apartado rincón del mundo.

 

De espaldas al mar, este grupos de moais reposa encima de su "ahu" o altar ceremonial.

 

Heyerdahl, al igual que la inmensa mayoría de los investigadores, prosigue con que el traslado posterior de los moais fue producto de la combinación de cuerdas, rodillos, palancas, trineos, horquillas y otros tipos de artilugios de madera. En honor a la verdad, el transporte de algunos moais ha sido demostrado en más de una ocasión por distintos investigadores que han tratado de exponer sus hipótesis sobre el terreno, aunque no es menos cierto que sólo se ha realizado con los medianos y más pequeños, resultando hasta el momento imposible con los más grandes, basta recordar que algunos de los moais erigidos encima de sus altares ceremoniales (los “ahu”) llegan a alcanzar 74 toneladas y casi 10 metros de altura, como el ubicado en el área de Ahu Te Pito Kura, al que los nativos llaman “Paro” . Pero lo que ni unos ni otros han podido explicar es como con tan primitivas herramientas pudieron trabajar la roca volcánica para dar forma a los moais, evitando astillar o fragmentar algunas partes de las figuras, no habiendo hallado los arqueólogos los típicos restos de viruta procedentes del tallado en la roca que se pueden encontrar en cualquier cantera.

Otra serie de interrogantes rodean la Isla De Pascua, como lo son sus casi 800 cuevas y túneles, unos naturales, producto de la acción volcánica y otros perforados en la roca una vez más por primitivas herramientas en manos de unos nativos que no tenían nada fácil el sustento diario. ¿Por qué muchas de estas cuevas y túneles terminan en el mar? ¿Cómo en un espacio geográfico tan pequeño se desarrolló una cultura tan particular y sin parangón en el resto del mundo alejados miles de kilómetros de otros pueblos y culturas? ¿Cómo una población que jamás pasó de unos pocos miles de habitantes pudo dedicar todos sus esfuerzos a la elaboración de tan basta y dificultosa obra? Quienes conocen la Isla de Pascua, no pueden explicarse cómo un terreno tan pobre y con tan pocos recursos naturales pudo nutrir una civilización capaz de desarrollar una técnica para tan esforzado trabajo y no derivar todo su empeño en unas mejores condiciones de vida.

En un informe del misionero Eugene Eyraud redactado en el año 1.864, aseguraba la existencia de miles de tablillas con escritura Rongo Rongo. Lamentablemente tras la muerte por tuberculosis del hermano Eyraud, se perdió la pista de la monumental biblioteca de los Rapa Nui. Del mismo modo, se ha perdido la posibilidad de acercarnos a la verdad de unos de los misterios más fascinantes a los que el hombre, en su siempre imparable afán de conocimiento, pueda enfrentarse.

 

 

 
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