EL HOMBRE LARGO DE WILMINGTON

Por: Carlos E. Casero

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Esta imponente figura humana de casi 69 metros de cabeza a los pies situada en la Colina de Windover, Wilmington, en el Condado de Sussex al sur de Londres es la segunda mayor del mundo, después del Gigante de Atacama en Chile, y se encuentra entre dos bastones, columnas o artilugios no identificados que alcanzan los 70 y 71,5 metros respectivamente.

Al igual que la otra gran figura humana dibujada sobre los campos de Inglaterra, el Gigante de Cerne Abbas, nada se sabe con certeza sobre sus orígenes, con lo que el campo de las especulaciones está totalmente abierto a cualquier hipótesis. Unos hablan de guerrero antiguo, otros de un viejo símbolo de fertilidad, etc.

 

El Hombre Largo de Wilmington es el segundo geoglifo con una representación humana más grande del mundo.

 

Lo único cierto es que la figura ha sufrido cambios muy importantes a lo largo de los siglos, como así lo demuestran distintos grabados de épocas pasadas. Uno de los más importantes del que se tiene total certeza se remonta al año 1.874, cuando la figura estaba muy desdibujada por la hierba y la erosión propiciada por las inclemencias meteorológicas. Fue entonces cuando la Sociedad Arqueológica de Sussex, bajo el mecenazgo del Duque de Devonshire procedió a limpiar el lugar, para después ubicar ladrillos amarillos en el interior del contorno de la figura, pero con tan mala fortuna que, los pies fueron colocados incorrectamente.

Crónicas anteriores a esta restauración aseguraban que “El Hombre Largo de Wilmington poseía unos rasgos faciales bien definidos e incluso iba cubierto con un casco. Del mismo modo los dos bastones o varas en los que parece apoyarse, eran identificados como un rastrillo y una guadaña, dos objetos de labranza muy típicos de la campiña inglesa, pero de todo ello no existe una certeza segura.

 

A lo largo de los años la figura del Hombre largo de Wilmington ha sufrido distintas modificaciones. De izquierda a derecha diferentes dibujos de los años 1.710, 1.776, 1.807 y 1.892.

 

Posteriormente a la “pésima” restauración llevada a cabo en 1.874 se volvió a restaurar la figura, pues la mayoría de los “chillones” ladrillos amarillos habían sido sustraídos a forma de recuerdo o amuleto propio del lugar o bien habían sido víctimas de actos vandálicos. En esta ocasión se situaron ladrillos blancos, los mismos que durante la II Guerra Mundial fueron pintados de verde para que la gigante figura de “El Hombre Largo de Wilmington no sirviese de referencia desde el aire a los bombarderos alemanes en su camino de devastación de la próxima ciudad de Londres. En 1.969 se volvió a restaurar, retirando los viejos ladrillos y sustituyéndoles por nuevos bloques, y una vez más parece ser que de una forma muy poco afortunada, como reveló un estudio posterior de 1.974 con un nuevo cambio de posición de las piernas.

Como podemos darnos cuenta, toda esta situación no ayuda mucho a la hora de poder esclarecer el origen de “El Hombre Largo de Wilmington”. La carencia de evidencias históricas firmes, como decíamos con anterioridad, deja abiertas las puertas a un amplio abanico de posibilidades. A lo largo de la historia la figura ha sido modificada en diversas ocasiones, teniendo en cuenta que  del mismo modo que algunos elementos han desaparecido, éstos mismos u otros de los que aparecen ahora, podrían haber sido puestos de forma temporal, pues no hay nada que certifique ni a favor ni en contra ninguna hipótesis como cierta.

 

Muy poco se sabe sobre los posibles constructores de esta imponente figura humana, al igual que los motivos que les llevaron a su realización.

 

Hay evidencias como en el caso de “El Gigante de Cerne Abbas” que indican que esta otra figura de los campos de Sussex sea de origen romano, algunas apuntan a una autoría celta, y otras de éstas evidencias,  a que “El Hombre Largo de Wilmington”, al igual que otras figuras diseminadas en toda la región como la propia figura de Cerne Abbas o los famosos “caballos blancos”, forman parte de un conjunto asociado a construcciones megalíticas prehistóricas, que no sabemos interpretar, básicamente porque solemos asociar la imagen de los hombres primitivos con personajes rudos, ignorantes y medio salvajes, incapaces de desarrollar un entramado tan complejo e indescifrable como el que nos presentan en el caso en ésta colina de Windover o en el misterioso pero más conocido a nivel popular  complejo de Stonehenge.

 

 

 

 
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