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Todo comienza a finales del siglo XIX, cuando uno de los mayores genios que ha dado la humanidad pero no por ello muy conocido, Nikola Tesla, creyó haber recibido un mensaje del espacio, como así lo reflejó en su diario: “...…cada vez estoy más convencido que yo he sido el primero en oír el saludo enviado desde un planeta a otro...…”.
No mucho tiempo después otro no menos celebre hombre de ciencia como es el caso de Guillermo Marconi, cuando llevaba a cabo una serie de experimentos con equipos radiotelegráficos en septiembre de 1.921 interceptó una serie de señales en una longitud de onda de 150.000 m., cuando lo usual en aquella época es que los equipos de transmisión utilizasen un máximo de onda en torno a los 14.000 m.. Las señales eran ininteligibles y según su propio criterio respondían a un código desconocido, por lo que no dudó en asegurar que esas señales procedían de “algún otro lugar situado en el Sistema Solar”.
En 1.924 el profesor Todd y C. Francis Jenkins experimentaban con un receptor de onda de 6.000 m. que contenía un aparato anexo con una cinta de película que transformaba las posibles entradas de señal en ráfagas de luz, quedando impresas sobre la cinta. Para su sorpresa los investigadores encontraron en un posterior revelado una sucesión bastante regular de puntos y rayas a lo largo de la película, incluso aseguraron que se podía percibir claramente las imágenes de algo que parecía ser un rostro humano.
En 1.928 el investigador noruego Carlo Stömer y el holandés Baltasar van der Pol desarrollaron distintos proyectos de investigación de estas supuestas señales procedentes del espacio exterior. En una de las ocasiones, mientras realizaban el envío de señales de onda corta en una banda de 31,4 m. observaron que el retorno se producía en escasos segundos, una circunstancia que les extrañó enormemente, pues las ondas de radio viajan a una velocidad de 300.000 Km. por segundo, lo que significaba que si hubiesen dirigido su señal hacia la Luna hubiera llegado a ella en un segundo y cuarto, regresando su eco en un total de dos segundos y medio. Si hubiera sido a Venus tardaría en llegar la misma señal casi cinco minutos y cerca de nueve minutos en el caso de haberla dirigido a Marte. Pero no era el caso de ninguno de estos objetivos. Fuese lo que fuese, la señal enviada por Störmer y van der Pol había rebotado en algún objeto desconocido situado más allá de la Luna, pero en ningún caso se aproximaba tan siquiera a Marte o Venus.
Concluido ese largo paréntesis que significó la II Guerra Mundial y ya metidos en los años 60, se retomó el interés por el estudio de la búsqueda de emisiones procedentes de las estrellas. En un principio se pensó que muchas de estas señales podían ser causadas por fenómenos naturales desconocidos, tales como tormentas magnéticas, pero no faltaron investigadores como fue el caso de los científicos soviéticos Kardesev, Solomizki y Slovski que no descartaban un posible origen inteligente de estas señales, quizá provenientes de alguna lejana civilización extraterrestre.
Pero no fue hasta el año 1.962 cuando los doctores Frank Drake y Giuseppe Cocconi captaron el máximo interés de la opinión pública mundial cuando en el Congreso de la Academia Nacional de Ciencias de los EE.UU afirmaron que, tras largas investigaciones desde el observatorio radioastronómico de Green Bank habían detectado una serie de señales regulares cuando dirigieron su antena hacia la estrella Tau Ceti (a 11 años luz de la Tierra) en una longitud de onda de 21 cm.
Estos descubrimientos dieron lugar al Proyecto Ozma, que se centró en apuntar el radiotelescopio a dos estrellas con características parecidas a nuestro Sol, Tau Ceti en la Constelación de la Ballena y Epsilon Eridani en la Constelación Eridanus, por un periodo de 6 horas diarias. Pero este primer gran proyecto no tuvo una larga vida, ya que como suele suceder en este tipo de investigaciones, los medios disponibles eran muy limitados para poder alcanzar los primeros objetivos en un tiempo relativamente corto, aunque animó a otros países en la búsqueda de vida inteligente, como fue el caso de la antigua Unión Soviética, que utilizó antenas gigantescas para barrer grandes porciones de cielo en busca de civilizaciones capaces de irradiar enormes cantidades de energía. Del resultado de estas investigaciones jamás se supo nada.
En los años 70 la NASA retomó de nuevo la búsqueda. Ahora bajo el nombre de Proyecto Cyclops, marcando las pautas principales para el resto de los proyectos que se han ido desarrollando posteriormente hasta el día de hoy, entre los que figuran el Proyecto HRMS (High Resolution Microwave Survey), que incorporó nueva tecnología de microondas de alta resolución. A finales de los años 80 otros proyectos continuaron la estela del Cyclops y el HRMS tras la retirada del presupuesto por parte del gobierno americano a comienzos de los años 90, y que continúan en activo gracias, básicamente, a la participación de la iniciativa privada, añadiendo cada vez nuevos sistemas de búsqueda más avanzados. Algunos de estos proyectos son el Phoenix, que se inició en un principio en Nueva Gales del Sur (Australia), para trasladarse posteriormente al radiotelescopio más grande el mundo (305 metros de diámetro) en Arecibo, Puerto Rico. Otro de estos proyectos, el Serendip, fue desarrollado por la Universidad de California en Berkeley, que después de distintas fases ha logrado aglutinar a más de 40 potentes analizadores de espectro en paralelo, capaces de procesar un total de 168 millones de canales cada 1,7 segundos con 100 Mhz de ancho de banda.
Pero tal vez el más popular de todos los proyectos sea el SETI@Home, que pretende utilizar el potencial de decenas de miles de ordenadores personales conectadas a internet de manera voluntaria, y que colabora estrechamente con el proyecto Serendip, que es quien proporciona las bandas de frecuencia para ser analizadas en los ordenadores personales.
A lo largo de todo este periodo de búsqueda no se han podido establecer claras evidencias de un posible contacto con civilizaciones extraterrestres. Pese a ello, la búsqueda continúa…
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