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En 1.859 Charles Darwin daba a conocer a través de su libro “El Origen de las Especies” el mecanismo de la evolución, basado en una selección natural, producto de una serie de cambios genéticos que favorecerían a las especies más fuertes y adaptadas para sobrevivir en el medio y que condenaba a la extinción a las más débiles. Pero para todo este proceso Darwin justificó estos saltos evolutivos como un producto del azar, y desarrollados muy gradualmente a lo largo de grandes periodos de tiempo, de forma discreta, estableciendo una serie de eslabones de un paso a otro.
Este mecanismo biológico descrito por Darwin sería, pues, el responsable de la aparición del hombre y del resto de las especies actuales. De forma independiente y casi paralelamente en el tiempo A.R. Wallace también publicó sus teorías sobre la selección natural de las especies, discrepando con Darwin respecto a que la hipótesis planteada por Darwin no podía explicar por sí sola las facultadas humanas y, menos aún, resumirlo a un producto del azar, como sería el caso de la inteligencia. Por otro lado quedaban cuestiones tan importantes como la existencia del alma humana, un problema de fe para muchos y filosófico para otros, pero en cualquier caso perfectamente razonado y argumentado tanto por los primeros como por los segundos.

Darwin versus Wallace.
Pero para los Darwinistas la evolución tiene un amplio sentido “naturalista” porque creen firmemente que la ciencia entiende el universo como un sistema cerrado de causas y efectos materiales, que nunca pueden verse afectados por nada extraño a la naturaleza (Dios, sin ir más lejos). Al principio una gran explosión de materia creó el cosmos y la evolución “naturalista” se encargó de realizar todo lo que vino después, dando una vez más al azar un papel determinante. Nunca jamás hubo ningún plan o propósito inteligente que guiara la evolución. Si existe la inteligencia, tal como llegó a dudar Wallace, es sólo porque ella ha evolucionado por sí misma a partir de procesos materialistas sin propósito.
Por tanto, en esta obra en la que se excluye un plan inteligente o un propósito, sólo puede quedar la casualidad, el azar en definitiva. Wallace pensaba que la selección natural podía explicar muchas cosas, pero no que pudiera crear algo que no estuviera ya en existencia. Después de todo, a los creacionistas no les hace falta nada más que un solo milagro de Dios para explicar el misterio de la evolución. Por el contrario, a los darwinistas para explicar el mismo misterio les hacen falta miles de milagros continua e ininterrumpidamente desde el “Big-Bang” hasta el día de hoy, y además sin autor.
¿Cabría pensar que sólo la ley de la casualidad podría regir un fenómeno de duplicación como el que se presenta en el caso de la herencia genética humana?
Repasemos un momento, muy por encima, que en nuestro proceso de reproducción intervienen una célula hembra llamada óvulo, y otra macho llamada espermatozoide; que una vez unidas empiezan un desarrollo rapidísimo que conduce al hombre en el momento del nacimiento a elevar a unos doscientos mil millones el número de células, y a que también rápidamente desde ese mismo instante, van a ir muriendo continuamente células, para dar paso a otras nuevas, con el consiguiente paso de un individuo completamente “nuevo” al cabo de un cierto tiempo.

División cromosómica.
Ni la célula espermatozoide ni la célula óvulo contienen plenamente la totalidad del patrimonio genético del individuo. Las células reproductoras humanas sólo tienen 23 cromosomas, y de esta forma la fecundación sólo da origen a una célula normal dispuesta a empezar la división o mitosis y, seguidamente, la proliferación. El niño recibe de su madre la mitad de sus genes solamente y de su padre la otra mitad, no pudiéndose dar en ningún caso que el niño sea la copia o el duplicado de sus padres, reduciéndose el potencial genético familiar a la mitad en cada generación.
De estos 23 pares de cromosomas, sólo la mitad va a suministrar los gametos o células reproductoras; luego es el apareamiento de dos veces 23 cromosomas (hasta alcanzar los 46) el que creará la nueva célula. Si tomamos como cifra media la de 100.000 genes por célula no reproductora, hay una transmisión de 50.000 genes, lo que implica que teóricamente, una pareja puede engendrar setenta trillones de hijos diferentes. Por consiguiente, la probabilidad de que cada uno fuese lo que es, no es muy grande en su origen. Pero ni Darwin ni Wallace conocían por aquellas fechas los trabajos que Mendel llevaba a cabo sobre la herencia de los caracteres genéticos.

Los darwinistas han tenido que retocar algunos de sus postulados iniciales introduciendo nuevos elementos que suavicen de alguna manera los procesos de la selección natural, refiriéndose a procesos de microevolución y macroevolución, para poder así explicar saltos evolutivos que se contradicen inicialmente con los lentos procesos que detalló el propio Darwin, y allá donde es insostenible la aparición de una nueva especie por falta de tiempo para su desarrollo, se aplican macroevoluciones caracterizadas de grandes mutaciones genéticas, capaces de dar una respuesta, pero que tropiezan una y otra vez ante la posibilidad de poder explicar si estos procesos, una vez más basados en el azar, pueden o no encajar con el conjunto de fenómenos asociados a la evolución biológica.
La selección natural es un mecanismo incompleto, que trata de explicar la desaparición de unas especies y la evolución de otras, pero que necesita del azar, que al fin y al cabo es la ausencia de causas y efectos, asociado a la imposibilidad real de demostrar de manera irrefutable por qué aparece o se extingue una especie. El darwinismo dispone de unos pocos fósiles, la observación de algunos seres vivos y la hipótesis de una similitud entre ellos, estableciendo una serie de cambios hasta ahora no confirmados y que denomina eslabones.
Guste o no, a los darwinistas la selección natural que ellos defienden contraviene la primera regla de la ciencia moderna conocida como la “Teoría del Reduccionismo”, que explica que todo en la naturaleza puede circunstancialmente ser descrito en términos científicos verificables, por lo que inherentemente, no hay hechos desconocidos. Que nosotros sepamos, no hay ninguna evidencia fósil o física que conecte al hombre con el mono. Los propios paleoantropólogos han comparado la tarea de seguir el rastro fósil humano a la de tratar de reconstruir toda la trama de "Guerra y paz" a partir de trece páginas elegidas al azar.
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