EL ORIGEN DE LA INTELIGENCIA HUMANA

Por: Carlos E. Casero

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¿Por qué motivo el Homo Sapiens ha desarrollado unos conocimientos y una inteligencia durante los últimos seis millones de años mientras “sus primos” (según Darwin) los monos se han quedado estancados evolutivamente?

 Esta pregunta continúa estando lejos de poder ser contestada a pesar de la legión de hipótesis planteadas por los evolucionistas a lo largo de las últimas décadas. Entre estas hipótesis podríamos destacar la que hace referencia a que nuestros antepasados tuvieron “el acierto” de caminar erguidos (bipedestación), con lo cual al dejar libres los brazos, pudieron usarlos para utilizar herramientas, acelerando su aprendizaje por medio de un sistema retroactivo que estimuló el desarrollo mental.

 

Caricatura de Charles Darwin.

 

En un principio no se puede negar que es una hipótesis razonada y con mucha lógica, pero a poco que uno observe un poco la naturaleza o sea un “bicho raro” y le guste ver los documentales de la segunda cadena de TVE, comprobará como los chimpancés cascan nueces con piedras e introducen pequeños palos en los orificios de los termiteros para rebañar su interior y así poder extraer las termitas y darse un delicioso festín con ellas. También hemos podido observar a la nutria de mar partir crustáceos sobre su abdomen con una piedra o a distintas aves romper huevos ajenos arrojando sobre ellos piedras con su pico y poder devorar su interior.

 Lo mismo sucede con la hipótesis por la que el cerebro de los primeros homínidos se desarrolló más rápido al comenzar a consumir carnes animales procedentes del carroñeo, aportando una dieta rica en proteínas capaz de aumentar el volumen del cerebro, dando así un primer paso para acceder a la inteligencia tal y como la entendemos, pudiendo desarrollar una primitiva tecnología, como serían herramientas de piedra, para emplearlas en descuartizar mejor los animales, lo que a la vez les aportaría más carne. Algo así como “la rueda de la inteligencia retroactiva”.

 Respecto a esta hipótesis, la primera pregunta que tendríamos que hacerles a quienes la sostienen es, ¿no saben ustedes que los chimpancés también comen carne? Y es que por esta regla de tres, que a mayor consumo de carne mayor inteligencia, lo raro es que los leones o las hienas, por poner sólo dos ejemplos, no lean  el New York Times cada mañana o conduzcan un BMW hace ya varios años.

Además, ¿está garantizado que a mayor volumen de cerebro mayor inteligencia y por tanto mayor capacidad de supervivencia? Nos hacemos esta pregunta porque, volviendo otra vez a utilizar la misma regla de tres, tendría que haber sido el hombre de Neardenthal y no el de Cromagnon el que hubiese salido adelante en la carrera por la supervivencia, al tener el primero mayor capacidad craneal. Es más, algunos restos fósiles humanos del mesolítico (en torno a unos 10.000 años) presentan una media de encefalización de 1.593 cc los varones y 1.502 cc las hembras; en cambio los hombres actuales tienen un promedio de 1.436 cc y las mujeres 1.241 cc, es decir, se ha ido de más a menos, no de menos a más como algunos quieren hacernos creer. Y por cierto, fijándonos en estos mismos datos, a ver quién es el valiente que se atreve a decir que, el cráneo del hombre al ser más grande que el de la mujer hace a éste más evolucionado y por tanto más inteligente que la mujer. Vamos, a mí ni se me ocurre, si es que quiero seguir evolucionando, en perfecto estado de salud se entiende.

 

Alfred Russel Wallace (1.823 - 1.913)

 

Bromas a parte, el “afarensis” tenía una capacidad craneal de unos 500 cc y el “habilis” de unos 700 cc, y ¡ojo!, damas y caballeros, sin que en ningún momento nadie pueda certificar que el segundo evolucionó a partir del primero en los dos millones de años que les separan. Hace un millón y medio de años el “homo erectus” presentaba una capacidad craneal entre los 900 y los 1.000 cc. Después de sobrevivir entre un millón doscientos mil y un millón trescientos mil años sin ningún cambio visible, y tras propagarse de África a Europa, China y Australasia, el “homo erectus” empieza a declinar hasta su practica extinción…, excepto uno de ellos, que por la magia del “birli-birloque” o más bien para que encajen las hipótesis de los evolucionistas,  éste sufrió una mutación que incrementó la capacidad craneal nada más y nada menos de 950 cc a 1.450 cc, contradiciendo incluso todas las leyes conocidas de la evolución, dando paso al que los paleoantropólogos señalan como sin duda “el más claro antecesor nuestro”.

 Así podríamos estar una hora tras otra, línea tras línea y párrafo tras párrafo, y no llegaríamos a nada que nos indicase una clara señal a la cual aferrarnos para empezar ni tan siquiera a descubrir cuál pudo ser el origen de la inteligencia humana. Una inteligencia que para el propio Darwin siempre estuvo sustancialmente relacionada, y este es un dato muy importante, con la evolución del cuerpo, y por tanto, en un proceso lento y continuo, un avance a base de pequeños pasos y mucho tiempo, que se contradice con el aumento de la noche a la mañana en un 50% de la capacidad cerebral del “homo erectus” que citábamos anteriormente.

Por el contrario, el otro gran evolucionista contemporáneo de Charles Darwin, y nos referimos a Alfred Russell Wallace, consideraba que en ningún caso podía aceptarse que las facultades intelectuales y morales del hombre fueran producto de la evolución, es decir, el haber obtenido el grado de “seres humanos” poco a poco. El creía en un único y gran salto cualitativo, en algo sobrenatural. Mayoritariamente se impuso la teoría de Darwin, si bien ni uno ni otro, así como sus herederos intelectuales, han sabido dar las respuestas a las incógnitas planteadas, como en este caso sobre los orígenes de la inteligencia humana, donde la línea aceptada de descendencia del “homo erectus” es tan solo un modelo posible, pero nunca jamás una prueba clara y precisa.

 

 

 
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