¿QUIENES SOMOS?

Por: Carlos E. Casero

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La primera idea que nos viene a la cabeza cuando tratamos de pensar en los orígenes del ser humano, eso sí, siempre y cuando no seamos “creacionistas”(es decir, que creamos firmemente en la “creación” del ser humano por voluntad divina tal y como nos narra el Libro del Génesis o cualquier otro libro sagrado sea de la religión que sea) será la de asociarnos con algún antecesor de rasgos simiescos como los de un chimpancé, orangután o gorila. En principio ésto no tendría que tener mucho fundamento, básicamente porque estos antropoides tan simpáticos son de la familia de los “púngidos” y nosotros los humanos estamos encuadrados en la de los “homínidos”, de los cuáles somos sus últimos representantes, pero desde muy pequeños nos han inculcado que nosotros los humanos estamos estrechamente relacionados con todos los tipos de primates a pesar de existir numerosas diferencias.

 Cuando en 1.859 Charles Darwin dio a conocer su “Teoría de la Evolución” en la que explicaba el origen y la evolución de las especies no pudo aportar en ningún momento ninguna prueba de dicha evolución dentro de la especie humana. Mucho ha llovido desde entonces y hasta el momento ningún antropólogo evolucionista, es decir, partidario de la teoría de la evolución expuesta por Darwin, ha podido  aportar ni un solo fósil  que probara la existencia de un eslabón perdido entre los supuestos antecesores del hombre y el actual ser humano conocido como “Homo Sapiens”.

 

Australopithecus Afarensis.

 

Y ellos mismos lo saben perfectamente, como es el caso del profesor John Gliedman, que asegura: “…...no hay ninguna evidencia fósil o física que conecte al hombre directamente con el mono…...”. Es más, el anatomista británico Lord Zolly Zuckerman nos dice: “…...no hay nada de ciencia en la búsqueda de los antecesores del hombre…...”. Otro eminente hombre de ciencia como D.J.Futuyma admite: “...…los científicos son tan humanos como cualquiera, por lo tanto la literatura sobre estos temas sufre de una profusión de declaraciones no respaldadas por la evidencia y de presupuestos no enunciados y mayormente no probados. Los cánones del origen científico a menudo no se aplican para nada a las preguntas profundamente importantes de la biología humana…...”

 Pero…, ¿qué diferencias tan abismales son las que llevan a los propios científicos a hacer estas declaraciones acerca de nuestra relación con nuestros “primos” los monos?. Antes de establecer algunas de las diferencias existentes tengamos en cuenta las afirmaciones del famoso biólogo Thomas Huxley  quien en su momento afirmó: “...…los grandes cambios en las especies se producen a lo largo de decenas de millones de años, a la vez que los realmente importantes necesitan unos cien millones de años…...”.

 Recordemos ahora que hace aproximadamente unos veinte millones de años vivió en África Oriental uno de los primeros candidatos a establecer línea directa con nuestros antecesores, estamos hablando del “procónsul”. El “australopithecus afarensis” vivió hace entre 3,6 y 3,2 millones de años. El “australopithecus ramidus” tiene unos 4,4 millones de años. El “australopithecus anamensis” ronda los 4 millones de años. El “robustus” correteaba por nuestro mundo hace unos 1,8 millones de años. El “africanus” hace unos 2,5 millones de años. El “australopithecus avanzado” hace unos 2 millones de años. El “homo erectus” unos 1,5 millones de años… etc, etc.

 ¿Cómo es posible en tan poco periodo de tiempo un cambio radical entre ellos y nosotros?. ¿Dónde están las decenas y decenas de millones de años necesarias para la evolución del ser humano como teoriza  Thomas Huxley e incluso el propio Charles Darwin?. No le demos muchas vueltas a la cabeza, no hay respuesta, y más si lo hacemos con un criterio evolucionista.

 Veamos ahora algunas de esas diferencias:

 La principal de todas ellas es que el ser humano tiene 46 cromosomas frente a los 48 de nuestros parientes los monos. La teoría de la selección natural no ha podido probar cómo se produjo la fusión de dos cromosomas, por lo que solo existen teorías, pero repetimos que no está probado. Se suele recurrir con “afirmaciones trampa” como que entre el hombre y un chimpancé, por poner un ejemplo, solo hay un 2% de diferencia en el ADN, pero sin embargo con esta afirmación se suele olvidar que solo un 1% de los tres mil millones de pares base del genoma humano representan treinta millones de pares base totalmente diferentes.

Entrando ya en más detalles observemos la piel del ser humano. Inicialmente no está adaptada para soportar la radiación solar, si exceptuamos en menor medida a la raza negra, teniendo en cualquier caso que protegerse de la exposición solar cubriéndose con ropas o refugiándose en zonas de sombra. Los primates al contrario que los humanos no han perdido el pelo corporal, lo cual les proporciona una eficaz protección. Es curioso destacar que el pelo en la cabeza de los primates crece hasta alcanzar una cierta longitud, deteniéndose  posteriormente, lo mismo que las uñas de manos y pies. Todo lo contrario ocurre con los seres humanos que tienen que recortar periódicamente pelo y uñas sino quieren alcanzar enormes proporciones.

La capa de grasa inferior de nuestra piel es diez veces superior a la de los monos, lo que impide una peor recuperación  en cortes y heridas. Morfológicamente los cráneos son muy distintos, pues su diseño y ensamblaje los hace diferentes, como lo es también la posición de la laringe, mucho más baja en el ser humano, al igual que la epiglotis que no puede alcanzar el paladar, impidiéndonos respirar y tragar a la vez de modo simultáneo, corriendo el riego de asfixiarnos.

A nivel sexual las hembras de los primates tienen como la mayoría de los animales unos ciclos de celo muy definidos, en lo que exclusivamente se muestran receptivas sexualmente. Por el contrario la hembra humana a pesar de tener un ciclo biológico similar en el cual sólo puede concebir durante unos pocos días al mes, no limita su receptividad sexual, algo extraño que no puede explicar la selección natural. Tampoco tiene lógica el tamaño del pene humano, mucho mayor proporcionalmente que el de sus parientes los simios, que junto a un ángulo vaginal  diferente de la hembra humana facilita la cópula cara a cara. Incluso la propia duración de la cópula y el orgasmo son un contrasentido evolutivo, como lo es también la falta de un hueso en el pene humano en contraste con otros mamíferos que les permite copular rápidamente y así no exponerse a peligros en un entrono hostil.

Para finalizar no deja de ser igualmente curioso observar nuestros hábitos alimenticios. Mientras que la inmensa mayoría de los animales tragan los alimentos al instante, los humanos nos permitimos el lujo de masticarlos durante varios segundos, y otros tantos más en transportarlos de la boca al estomago. Y no menos curioso es el observar cómo las crías del ser humano son las más desvalidas que existen en el momento del nacimiento, dependiendo en un 100% de sus padres. Basta ver a las crías de otras especies, que en escasos minutos ya pueden incorporarse del suelo y en pocas semanas llevar su vida independientemente para preguntarnos dónde se supone que tuvo lugar una evolución larga y pacífica que permitiese al “homo sapiens” encajar en el actual esquema de los reyes de la evolución en un periodo tan apresurado de tiempo como quieren hacernos creer los evolucionistas.

 

 

 
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