LOS DIOSES BLANCOS

Por: Carlos E. Casero

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Cristóbal Colón escribe en su diario del 6 de noviembre de 1.942: “…...Contaron mis mensajeros que después de una marcha de doce millas habían llegado a una aldea como de unos mil habitantes. Los indígenas los recibieron con grandes muestras de afecto y los hospedaron en sus más bellas mansiones; los llevaron en hombros, les besaron manos y pies e intentaron hacerles comprender que ya sabían que los hombres blancos eran los enviados de los dioses. Hasta cincuenta hombres y mujeres insistieron en regresar con ellos al cielo de los dioses eternos…...”.

 

Cabeza azteca de un "caballero águila"

 

¿A qué se debía este recibimiento de los descubridores españoles a su llegada a América?

Entre numerosos investigadores existe la creencia que desde la más remota antigüedad los pueblos primitivos han compartido una especie de “memoria común” sobre una serie de sucesos, que convulsionaron la sociedad de aquellos tiempos y condicionaron sus vidas para siempre, marcando el rumbo de sus destinos. Los pueblos de América Central y de América del Sur, donde arribaron los conquistadores españoles, mantenían en su “recuerdo” la visita, hacía ya mucho tiempo, de unos hombres blancos, altos, rubios, barbudos y de ojos azules que les enseñaron la ciencia, la técnica y las leyes básicas para que su civilización progresase. Pero un día desaparecieron prometiendo su regreso. Fue por ello que los nativos que agasajaron a los hombres de Colón vivieran con la esperanza de ver algún día el regreso de “los dioses blancos”, y que tomándoles por los auténticos dioses que un día les dejaron, les colmaran de atenciones para que no les volviesen a dejar huérfanos.

El Popol Vuh de los maya guatemaltecos al referirse a estos dioses blancos, cita textualmente: “...…Lo conocían todo y examinaron los cuatro rincones, los cuatro puntos del cielo y la faz redonda de la Tierra...…”, con lo que se deduce el conocimiento por parte de los antiguos mayas de que la Tierra era redonda y no plana, como en occidente se pensaba antes del descubrimiento de América por parte de Colón. Por otro lado, en los libros del Chilam Balam, nombre con el es conocido una recopilación de documentos mayas del Yucatán que logró sobrevivir a la colonización española, se detalla sobre la llegada de los dioses lo siguiente: “…...Eran seres descendidos del cielo en naves voladoras, dioses blancos que vuelan en unos discos y alcanzan las estrellas…...”. Nada nuevo si tenemos en cuenta las tradiciones de otros pueblos de América, como los “haida” de Canadá, que conservan el recuerdo de “grandes sabios que descendieron de las estrellas en platos de fuego” o los “papalougos” de las narraciones maoríes, quienes les describen como  “grandes hechiceros llegados del cielo”.

 

Representaciones de Quetzalcóatl (izquierda) y Viracoha (derecha).

 

 

Entre los dioses blancos de los que más datos disponemos, podemos encontrar las figuras de dos de los más representativos de toda América Central y del Sur, nos referimos Quetzalcóatl, la “serpiente emplumada” y a Viracocha el “señor o creador”, con sus distintas variedades según los pueblos que los adoraron, como Gucumatz, Kukulkán, etc, para el primero y Huaracocha, Kontiki, Tupaca, etc, para el segundo.

Ambos poseían características comunes muy atener en cuenta a la hora de emprender su estudio. Por ejemplo, los dos llegaron procedentes del mar o las estrellas (según distintas variaciones locales), y desaparecieron de la misma manera, uno encima de una balsa hecha de serpientes hasta una nave que le recogió y lo llevó a la “estrella del alba” y el otro entre extrañas luces en dirección al mar.

 

Estatuilla olmeca que representa a un dios blanco barbado.

 

El aspecto era muy similar, siendo de raza blanca, de mediana edad y barbudos. Vestían normalmente con largas túnicas, lo mismo que su nutrido grupo de acompañantes, que al igual que ellos, se dedicaron a una labor de pacificación entre los pueblos indígenas prohibiendo los sacrificios humanos e imponiendo leyes justas para los hombres. Sanaron dolencias y ejercieron como maestros en diferentes campos del saber. Potenciaron la agricultura y la ganadería, y crearon importantes núcleos urbanos donde las artes y las ciencias prosperaron. A pesar de su labor pacificadora y civilizadora, tanto Quetzalcóatl como Viracocha, tuvieron que recurrir en repetidas ocasiones a la violencia, para imponer su criterio ante otros dioses.

¿Por qué se fueron? Probablemente nunca lo sepamos. Pero de lo que nadie puede tener duda es de que, fueran quienes fueran este grupo de “dioses blancos”, su paso por las distintas tierras y pueblos que recorrieron, dejó y sigue dejando una huella que no se puede borrar.

 

Figura de un dios volador o "caballero águila".

 

 

 

 
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