DIOSES VOLADORES DE AMERICA CENTRAL

Por: Carlos E. Casero

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LA DANZA DE LOS PAJAROS

Los totonacos son una de las etnias más importantes del Estado de Veracruz, República Mexicana, situado junto a las orillas del Golfo de México. El término totonaca es el plural de totonacatl y se refiere a los habitantes de la provincia de Totonacapan. Se cree que el significado de "totonaco" se correspondería con "hombre de tierras calientes". Los principales legados arqueológicos precolombinos de los totonacos los podemos encontrar en Cempoala, el Castillo de Teayo y quizá el más conocido, el Tajín, denominado por los propios totonacos como “La Ciudad del Dios del Trueno”.

 

Tradición ancestral de los indios totonacos. ¿Recuerdos de dioses voladores?

 

Entre sus riquísimas tradiciones culturales figura la conocida como “danza de los pájaros” llevada a cabo por los “hombres voladores”, y especialmente por los “voladores de Papantla”,  pequeño municipio de Veracruz. Esta danza se suele practicar en comunidades indígenas solamente durante las festividades patronales y en ocasiones también como entretenimiento para  turistas (es posible verlos actuar en el acceso principal al museo de antropología de México D. F.). La danza se realiza por parte de 4 hombres que efectúan rotaciones atados alrededor de un poste o gran cucaña, mediante una cuerda envuelta alrededor del citado poste. La cuerda se desenvuelve poco a poco a medida que las rotaciones se van efectuando, y los hombres voladores descienden lentamente emulando el vuelo de un pájaro ejecutando 13 vueltas cada uno de ellos, que se corresponderían a una suma total de 52 vueltas (4 X 13). Trece precisamente son el número de meses del Calendario Maya que conforman un año, y cincuenta y dos, el número de sus semanas. Mientras, arriba del todo, un quinto hombre sobre una pequeña plataforma giratoria toca un pequeño tambor.
No se conoce muy bien el origen de tan singular tradición. Tras la llegada de los españoles, a quienes ayudaron los totonacos para librarse del sometimiento y esclavitud que soportaban por parte de los aztecas, se prohibió por parte de las autoridades eclesiásticas toda clase de ritos de carácter “demoníaco”, como lo fue la propia danza de los pájaros. Sólo algunas tradiciones orales rescatadas por el tiempo nos narran que, durante una época de gran sequía, cinco hombres decidieron enviar un mensaje al dios de la fertilidad Xipe Totec (también el de los sacrificios, su nombre significa “nuestro despellejado señor”), para que las lluvias de nuevo regasen sus tierras. Se adentraron entonces en un bosque y cortaron un gran árbol, el más recto que encontraron,  despojándole de todas las ramas, y en torno a él realizaron toda clase de ritos al igual que sobre el terreno donde decidieron posteriormente erigirlo. Una vez clavado en el suelo en su nueva ubicación, los cinco hombres se pusieron plumas sobre sus cuerpos subiendo a su cumbre, y atados a cuerdas se lanzaron al aire para imitar el vuelo del dios Xipe Totec y poder llamar así su atención.
Dejando a un lado la parte más folclórica o romántica de esta curiosa leyenda, no cabe menos que preguntarnos sobre cuál fue el autentico motivo que inspiró a los totonacos a querer representar mediante una danza  el vuelo de una de sus deidades mitológicas. ¿Vieron realmente con sus ojos algún tipo de fenómeno aéreo protagonizado por sus dioses de carne y hueso?

 

El significado de estas extrañas esculturas denominadas con el aleatorio nombre de "chac mool", permanece a día de hoy en el más absoluto de los misterios. Asociada por algunos a la imagen de antiguos sacrifícios humanos, donde el corazón se depositaba sobre el plato o recipiente que sostiene entre sus manos, su diseño y forzada postura no justifican inicialmente tal uso.

 

 

LOS CHAC MOOL


Corría el año 1.875, cuando el polifacético investigador norteamericano Augustus Le Plongeon (1.825 – 1.908) descubrió entre los restos arqueológicos de la ciudad maya de Chichén Itzá una curiosa estatua que, por su peculiar diseño, le llamó poderosamente la atención, y que no se correspondía con absolutamente nada de lo que había visto hasta ese momento. La figura representaba a un hombre acostado sobre sus espaldas, aunque con parte del torso levantado gracias al apoyo de sus codos. Sus piernas aparecían recogidas haciendo sobresalir las rodillas, mientras su cabeza giraba mirando a un lado al tiempo que sobre su vientre sujetaba con las manos algo parecido a un recipiente.
En los más de 130 años de su descubrimiento nadie ha logrado identificar a este curioso personaje surgido de entre los cascotes de la selva del Yucatán. Ni a él, ni a la otra media docena más de estas figuras que desde entonces se han descubierto en este mismo enclave arqueológico. Ni tampoco a las otras decenas más que se han ido descubriendo en otros lugares de México, Guatemala, Honduras, El Salvador y Costa Rica.
Le Plongeon bautizó arbitrariamente con el nombre de Chac Mool a tan enigmática figura, que viene a significar “gran jaguar rojo”, aunque ni anatómicamente y ni tan siquiera su simbología tenga algo que ver con este depredador. Sencillamente le gusto el nombre y se decidió por él. Lo que si es cierto es que, todos los expertos en culturas mesoamericanas descartan por completo que pertenezca a la cultura maya, y sólo se atreven a hacer meras especulaciones sobre qué puede representar tan forzada postura. Estos mismos expertos tienden a asociar los “chac mool”  a los toltecas. La mayor parte de los ejemplares conocidos han sido encontrados en Tula o en Chichén Itzá, por lo que éste tipo de estatuas sirvió y sigue sirviendo en la actualidad como parte de los argumentos que alimentan el debate sobre las relaciones entre estos dos sitios.
¿Qué inspiró a los autores de los chac mool? ¿En qué está basada su más que curiosa postura? ¿Hubo un modelo físico real o es el producto de la imaginación del artista primigenio que los ideó

 

Monolito de la Serpiente Emplumada o del Caballero del Dragón en La Venta. Al igual que los chac mool, el personaje que aparece en este monumento nº 19 del museo tabasqueño también posee una posición bastante forzada. Porta un casco sobre su cabeza y en una de sus manos sujeta una especie de cesto o maletin. Más abajo, un grupo de astronáutas portan también en la mano sus maletines de interconexión para el sistema de presurización.

La atmósfera terrestre contiene un 21% de oxígeno en volumen y se halla a una presión de 760 mm Hg a nivel del mar. Hasta 4.500 m de altitud la presión barométrica es suficiente para la vida humana, pero por encima de esta altitud el aire debe ser presurizado. En la troposfera se producen síntomas de hipoxia a partir de 4.000 m. En el límite bajo de la estratosfera, a partir de 10.500 m, la inhalación de oxígeno puro no mantiene una adecuada saturación de oxígeno en la sangre. La hipoxia produce diversas reacciones: irritabilidad y excitación al principio, después pérdida progresiva de concentración, y finalmente pérdida de conciencia. La frecuencia cardíaca y respiratoria aumentan, y disminuye la concentración tisular de oxígeno.

Una hipoxia prolongada produce daño cerebral. La disminución de presión atmosférica por encima de los 9.000 m hace que el nitrógeno del aire no sea capaz de permanecer en disolución y se libere en forma de burbujas en los tejidos del organismo. Acompañadas de gotas de grasa procedentes de los adipocitos dañados, estas burbujas pueden entrar en el torrente sanguíneo y formar obstrucciones (émbolos) del árbol vascular. Este fenómeno, el síndrome de descompresión rápida, puede causar confusión, parálisis o colapso general de la circulación cerebral, así como dolor en las grandes articulaciones producido por episodios isquémicos.

 

EL CABALLERO DEL DRAGON


El 4 de marzo de 1.958 el poeta tabasqueño Carlos Pellicer lograba realizar uno de sus grandes sueños, consiguiendo inaugurar  el Parque Museo de la Venta, después que, a mediados de los años cincuenta la compañía de petróleos mexicanos PEMEX localizase cerca de La Venta un área con importantes reservas energéticas. Pellicer logró rescatar numerosas piezas arqueológicas en peligro de destrucción, trasladándolas a la ciudad de Villahermosa, capital del estado de Tabasco.
Entre todas estas piezas de origen olmeca (1.200 a 400 a. C.), exactamente el conocido como monolito nº 19, aparece la figura de lo que oficialmente se cree que es la primera representación de la mítica “Serpiente Emplumada”, el Quezalcóatl, Kukulkán o Gukumatz, de las distintas culturas mesoamericanas. El dios y su imagen fueron adoptados por los aztecas, mayas, toltecas y mixtecas, aunque cada una de esas culturas tenía su manera especial de representar y rendir culto a la serpiente emplumada.
En ella se aprecia  la figura de un hombre con casco recostado sobre la figura de una serpiente o dragón, y porta en una de sus manos lo que parece ser inicialmente una cesta. Su postura, al igual que de los chac mool, resulta bastante forzada y artificial. Por otro lado, su rostro no se corresponde con las habituales facciones que el resto de representaciones olmecas hace de la fisonomía facial de este pueblo, caracterizado por poseer rasgos claramente negroides.

 

El conocido como "Astronáuta de Palenque" (arriba a la izquierda), los chac mool y el caballero dragón, parecen simular la posición de nuestros modernos pilótos o astronáutas en el momento de despegue y ascensión.

¿Representaron los antiguos artistas mesoamericanos a los antiguos dioses astronautas en sus cabinas de pilotaje?

 

 

 

Como en ocasiones anteriores, nos surgen los mismos interrogantes a la hora de encajar todas las evidencias expuestas hasta el momento. Hombres que simulan el vuelo de sus dioses. Estatuas que representan posturas incomprensibles, pero que a su vez tratan de reafirmar un propósito muy claro que escapa a nuestro conocimiento. Y por último, una estilización de lo que se cree que es la “primera representación de la serpiente emplumada”, donde aparece otra persona  en una no menos extraña postura.
¿Existe algún nexo de unión entre todas éstas piezas? ¿Qué origen subyace en todas estas representaciones? ¿Existió alguna realidad física que avalase su existencia, o no deja de ser una vez más, simples florituras mitológicas? ¿Vieron realmente los antiguos indígenas mesoamericanos volar a sus dioses como tantos mitos y leyendas reflejan?
Sólo han sido tres ejemplos que, bien conducen a una serie de casualidades muy rebuscadas, o bien deberían hacernos reflexionar sobre lo que tal vez hace mucho tiempo ya, pudo acaecer sobre los cielos  de América Central.

 

 

 
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