MAESTROS DE LA PIEDRA

Por: Carlos E. Casero

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Recuerdo que iba cabizbajo dándole vueltas a la cabeza en busca de alguna respuesta lógica, mientras a duras penas esquivaba a los turistas que se agolpaban alrededor de la Esfinge de Giza, del por qué existía tal desproporción entre la cabeza del supuesto Faraón Kefrén, respecto al resto del leonino cuerpo de tan colosal y enigmática figura, cuando de repente por culpa de un despistado japonés (bueno, la culpa fue realmente mía), me di casi de bruces con uno de los impresionantes y enormes bloques del templo que a los pies de la Esfinge se encuentran, y que es conocido con el nombre de El Templo del Valle. Rápidamente mis pensamientos se difuminaron, esta vez desplazados por una nueva incógnita que vino a sustituir a la anterior, y es que mi capacidad de asombro no tenía límites al observar aquellas gigantescas moles de piedra caliza recubiertas de bloques de granito, perfectamente cortados, pulidos y encajados milimétricamente con una maestría insuperable, en un tiempo donde el metal más duro que se conocía era el cobre, y la polea y la rueda estaban a años luz de ser incorporadas a la Historia de Egipto.

Me era difícil, muy difícil, imaginar a los constructores de este templo manejar estos bloques de piedra que superaban fácilmente las 100 y 150 toneladas, en su proceso de elevación y colocación, donde entre bloque y bloque, y sin caer en la más mínima exageración, no entra ni el más fino de los pelos. Quién haya visto en alguna ocasión en la actualidad a los albañiles colocando unas sobre otras las filas de ladrillos, habrá podido observar sin duda, que es muy común el quitar y poner varias veces un mismo ladrillo que no termina de encajar, hasta que éste termina bien colocado. Sin embargo, la impresión que dan estos bloques, es la de haber sido puestos sin vacilación al primer intento, sin ninguna dificultad, como por arte de magia.

¿Cuántas veces tendrían que repetir este mismo proceso de corrección, para terminar de encajar correctamente estos gigantescos bloques, que no presentan señales aparentes de roces o golpes en sus pulidas caras o aristas?.

 

Templos del Valle y de la Esfinge, situados a los pies de el milenario monumento.

 

No es de extrañar por tanto que algunos investigadores duden de la autoría por parte de los egipcios de semejantes maravillas hechas en piedra, circunstancia por la que incluso han llegado a tener el calificativo de "racistas" por aquellos defensores de las teorías oficialistas, por menospreciar las posibilidades y capacidad de trabajo de los habitantes del Valle del Nilo. Este pobre comentario, más propio de una rabieta infantil que de un análisis objetivo, tiende a desviar el punto de discusión central que se cierne en torno a la perfección y elaboración técnica de estos trabajos en piedra. Estas dudas, más que razonables, parten de la imposibilidad material a la hora de afrontar semejantes obras, debido a la falta de medios técnicos adecuados en la época. Obras que fueron llevadas a término, independientemente de que fuesen hechas por egipcios, ingleses, chinos o alemanes. No es el quién, sino el cómo y con qué se trabajó la piedra, pues si bien en algunos tipos de material como la piedra caliza (que es posible cincelar y tallar a base de punteros de cobre y golpes de piedras más resistentes y duras como la dolerita), en otros casos como rocas del tipo de la diorita o el granito, no parece tan lógico semejante proceso, unido cómo no, a la incógnita del desplazamiento de estos gigantescos bloques. Esta acusación de "racistas", se vuelve contra ellos mismos si planteamos la siguiente cuestión: ¿Eran tan estúpidos y bobos los antiguos egipcios, que en vez de cortar y transportar un bloque de 300 toneladas en granito para una determinada construcción, jamás pensaron en utilizar 30 bloques de 10 toneladas de piedra caliza?.

 

Impresionantes bloques de granito rojo recubren con increíble maestría el interior del Templo del Valle.

 

UNA INDUSTRIA LÍTICA

Gracias a algunos relieves como el de la Tumba de Mareruka correspondiente a la IV Dinastía, los arqueólogos han podido averiguar cuál era el proceso en la elaboración de vasos, fuentes, platos y otros elementos domésticos que rodeaban la vida cotidiana de los antiguos egipcios. El problema surgió cuando se intentó comprobar sobre el terreno la capacidad de las herramientas egipcias para el tallado y vaciado de estos objetos.

Se supone que empleaban un taladro de cobre en forma de tubo, sujeto fuertemente a un palo de madera y con algún tipo de abrasivo en su interior, y al otro extremo dos bolsas de cuero llenas de arena, para contrarrestar con su peso el giro del taladro sobre el elemento a perforar. Y así se iniciaba un largo y lento proceso, hasta conseguir el vaciado del futuro vaso o fuente. Un proceso tan lento que da que pensar, pues si con pequeños vasos de piedra caliza no superiores a los 15 centímetros la labor de vaciado duraba casi 5 horas, pulido y tallado aparte (15 horas más), en rocas como la diorita se empleaban 75 horas solo para el vaciado y más de 300 para su completa finalización, y no hablemos ya de vasos y copas de mayor tamaño.

Pero queriendo aún complicar más todas estas circunstancias, lo que no se explica nadie es el vaciado de los llamados vasos panzudos, muy estrechos por la boca y más anchos a media altura. ¿Cómo lograron su vaciado si el taladro no podía entrar por su boca?, y muchos de ellos realizados en diorita y granito, en la época del Imperio Antiguo (2.700 a.C.-2.040 a. C.), como los miles y miles extraídos de la Necrópolis de Sakkara, que inundan las vitrinas del Museo Egipcio de El Cairo. Ni siquiera en la Época Tardía Saíta (712 a.C.-332 a. C.), sus reputados artesanos se atrevieron a trabajar la diorita. Y como guinda final a tan suculento pastel de incógnitas, sólo añadir que algunos de los vasos encontrados estaban pulidos y rematados ¡antes incluso de haber sido vaciados!, lo que demuestra que el proceso de vaciado era algo que no preocupaba en exceso a estos maestros artesanos, pues ante nuestro asombro podemos ver que no les causaba gran esfuerzo proceder a su vaciado sin dañar los dibujos e inscripciones que en ellos aparecían.

 

Elaboración de vasos y vasijas.

 

EL CEMENTO DE LOS DIOSES

En el Congreso de Egiptología de Grenoble (1.979), se presentó un estudio de 20 muestras de bloques procedentes de la Gran Pirámide. En este informe los bloques de piedra se presentaban un nivel de humedad superior al de las piedras naturales, junto con una desigual distribución de esa misma humedad en el interior de cada bloque, siendo la homogeneidad totalmente diferente, lo que indicaba un origen distinto a cada uno de ellos.

El profesor J. Davidovits y el Dr. Morris, en diferentes análisis químicos y microscópicos, detectaron la presencia en el interior de algunos bloques de fibras textiles, uñas y algún que otro pelo procedente de los operarios que supuestamente los fabricaron. De todo esto se deduce que los antiguos egipcios pudieron poseer fórmulas químicas para el ablandamiento de las rocas o de algún otro proceso para la elaboración y fabricación en moldes a pie de obra de los bloques de piedra. Esta posibilidad facilitaría la construcción sin problemas de corte, traslado y ubicación de grandes mastodontes pétreos, así como el tallado y el trabajo artesanal en los distintos tipos de roca.

 

"Sofisticadas" herramientas empleadas por los artesanos egipcios.

 

La famosa Estela del Hambre, situada en las proximidades de Asuán, en la Isla de Sehel, sería una de las pistas que avalan la teoría del ablandamiento y construcción artificial de piedra que apuntan algunos investigadores, como el propio Davidovits, pues en esta estela y siempre según ellos, se puede leer una extensa relación de productos y sustancias que el Dios Khnum dio al Faraón Zoser para que pudiese fabricar bloques para su templo.

¿Es un exceso de imaginación tener en cuenta la teoría del reblandecimiento de la piedra?. Tal vez sí, tal vez no, pero no menos lo es el suponer que todo el trabajo que nos han legado los egipcios y que generación tras generación ha maravillado al mundo moderno, es producto de primitivas herramientas que en la mayoría de los casos no han demostrado experimentalmente su valía, y cuya utilidad tan sólo se le supone teóricamente.

El misterio de los maestros de la piedra continúa, del mismo modo que tantas otras incógnitas que rodean el antiguo Egipto.

 

Manuel José Delgado, una de las personas que más saben sobre los misterios del antiguo Egipto observa la Estela del Hambre, en la Isla de Sehel.

 

Extrañas señales sobre el Obelisco Inacabado de Asuán parecen indicar un reblandecimiento previo de la roca.

 

 

 
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