GUINEA CONAKRY:

FABRICANTES DE PIEDRAS AZULES

Por: Javier Sierra

© Javier Sierra – Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial sin previa autorización personal del autor. Texto extraido de su libro "En busca de la Edad de Oro"

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Ninguna prueba es suficiente —lo sé— para convencer a los más incrédulos de la existencia de una Edad de Oro muy anterior al surgimiento de las primeras civilizaciones.
Y probablemente la que me pongo a narrar a continuación tampoco servirá. Sin embargo, tengo la certeza de que, al menos en este caso, el tiempo me dará la razón…

Iré directamente al grano.
En 1.990 un singular geólogo italiano llamado Angelo Pitón era enviado al norte de Sierra Leona, casi en la frontera con Guinea Conakry, para acometer una tarea muy especial. Debía verificar si cierta región del país conocida como Kono era, en efecto, un yacimiento rico en diamantes que pudiera ser explotado por la compañía que le había contratado y que pretendía obtener la concesión de su explotación a cambio de edificar una serie de viviendas para el gobierno.

Aquél era de esa clase de trabajos con los que Pitóni disfrutaba a fondo. No exento de riesgos, la zona de Kono estaba —y aún está— bajo el dominio de caciques que no entiendes demasiado de política y que no quieren ver sus tierras en manos del depredador hombre blanco.
Tras superar las primeras dificultades, sucedió algo extraño con lo que Pitón no contaba. Conversando con uno de los jefes de tribu con los que se vio obligado a entenderse, éste le refirió una extraña leyenda que, según ellos, explicaba por qué aquella zona era tan rica en diamantes. El jefe fulah —profundamente embebido en las enseñanzas del Corán— les refirió cómo en la noche de los tiempos Dios descubrió que entre sus ángeles se estaba fraguando una revuelta. Tras perseguir implacablemente a los instigadores de la sublevación los expulsó a la Tierra, donde se convirtieron en estatuas.
Pero los «malditos» no cayeron solos: junto a ellos se precipitó también una gran porción de cielo y estrellas. De hecho, la caída de estas últimas explicaba a ojos de los nativos la aparición de los diamantes, pues éstos no podían ser sino las luminarias nocturnas precipitada tras la rebelión.

 

Angelo Pitoni fue a Guinea Conakry en busqueda de diamantes y regresó con un misterio bajo el brazo. Una llamativa piedra azul, tal vez sintetizada por una cultura hoy olvidada.

 

El relato del jefe fulah, más que un hecho histórico, parecía uno de aquellos típicos cuentos árabes del desierto. Y, de hecho, esa consideración hubiera recibido de Pitóni, de no ser por la tenacidad del africano al tratar de mostrarle las pruebas de aquella expulsión del Paraíso en su propio territorio.
Pitón, a quien conocí en Madrid ocho años después gracias a nuestro común amigo Sebastián Vázquez, me contó admirado lo que sucedió a continuación:

—Tras conducirnos a un sector cercano a la frontera entre Sierra Leona y Conakry, y remover unos pocos centímetros de tierra,  el jefe fulah me mostró una beta de piedra muy extraña. Era de un color azul extraordinario, veteado con líneas blancas que aquel cacique insistía en afirmar que eran los restos de nubes que habían quedado atrapadas en la tierra. ¡Decía que aquello eran fragmentos de cielo petrificados! Cuando examiné de cerca el mineral, creí que se trataba de alguna clase de turquesa muy pura, pero nunca se consiguen así. Siempre van acompañadas por impurezas de pirita, de color negro, que más tarde asocié a las turquesas perfectas que había visto en algunos pectorales egipcios muy antiguos.
—¿Creyó entonces que era un «trozo de cielo»?
—No, claro que no…, —sonrió—. Pero cuando regresé a Europa con esas «turquesas», las llevé al Instituto de Ciencias Naturales de Ginebra y a la Universidad La Sapienza de Roma para analizarlas. La sorpresa fue mayúscula cuando me dijeron que esas piedras no eran turquesas, y que oficialmente no estaban catalogadas.


¿Una piedra no identificada? ¿Similar a las «turquesas perfectas» de ciertas joyas reales egipcias? ¿Y caídas del cielo?
El asunto, tal y como me había prometido Sebastián Vázquez, me interesó.
En la documentación que Pitoni me entregó quedaba bastante claro que la piedra azul que había descubierto no sólo no se correspondía a ningún mineral conocido, sino que un material idéntico había sido asimismo localizado recientemente en Marruecos por una geóloga británica llamada Anne Grayson. Pero ni ella ni Pitoni habían resuelto todavía su misterio. Limitándose a bautizarla con el sugerente nombre de Sky Stone o «piedra del cielo».

—Lo más irritante de este asunto es que el color que tiene no se justifica por la composición de la piedra —se apresura a matizarnos—. No sabemos de dónde viene su tonalidad, pese a que las universidades llevan tres años investigando y no han conseguido saber de dónde viene el color. En la Universidad de Utrecht me dijeron que la sometieron a diversas pruebas con ácidos y ninguno consiguió atacarla. La calentaron hasta 3.000 grados centígrados y tampoco se alteró… Pero lo que más les llamó la atención es que cuando se pulverizó un fragmento de piedra y se observó bajo el microscopio, vieron que allí no había color.
—¿Y tiene usted alguna hipótesis al respecto?
—Tengo razones para creer que esta piedra no ha sido producida por la naturaleza. Creo que se trata de una fabricación de alguna civilización avanzada de la que hemos perdido todo recuerdo, que pudo producirla como si fuera una especie de estuco. Después, los egipcios la usurparon para decorar sus joyas y templos, hasta perderse sus cualidades para siempre. Lo que creo, en suma, es que hicieron un composición mineral para hacer una masa que ahora es de piedra.
—¿En qué se basa para decir eso?
—Bueno, en el lugar donde conseguí esta piedra vi que no estaba rodeada de otras. Si yo hubiera conseguido la piedra en medio de otras, como geólogo hubiera podido decir qué es y cómo se pudo haber formado.
Curiosamente, el único análisis practicado a la Sky Stoneque llegó a mis manos en aquellas fechas arrojó unos resultados que me desconcertaron. Un fragmento de esta piedra había sido sometido a un riguroso examen para determinar los elementos de que estaba compuesta y en qué proporción se encontraban.
Los resultados fueron bastante intrigantes ya que el 77,17 por 100 de su composición, según este análisis, era… ¡oxígeno! El resto de porcentajes se dividían entre carbono (11,58 por 100), silicio (6,39 por 100), calcio (3,31 por 100) y otros elementos cuya presencia era casi bien anecdótica. ¿Pero era posible que existiera una piedra de oxígeno?
—Muchas veces he pensado que tal vez aquel jefe fulah que me mostró la Sky Stone tenía razón —reconoce Pitoni—, aunque ignoro por completo cómo podríamos fabricar una piedra de esas características.

 

Un desafío azul

El misterio estaba servido. A través de Sebastián Vázquez obtuve unos fragmentos de esa piedra, y tras diversas conversaciones, logré interesar a algunos geólogos y minerólogos para que evaluaran en Madrid su composición y, en medida de lo posible, descifraran su naturaleza.
La tarea se extendió más de lo que esperaba. Alfonso Martínez —un químico del CIEMAT de Madrid buen amigo mío— se hizo cargo de un fragmento de la «piedra azul» de Pitoni, y la paseó por diversos laboratorios. Se la sometió a cinco clases diferentes de tests —análisis por difracción de rayos X, por espectrometría de plasma, por cromatografía de gases, por espectrometría de masas y finalmente por espectrometría infrarroja—, obteniéndose resultados que desconcertaron a los propios técnicos.

 

Los análisis de la piedra parecen indicar que es una roca sintética, coloreada con un tinte orgánico.

 

Durante las pruebas preliminares con rayos X se determinó que la piedra azul estaba compuesta fundamentalmente por hidróxido de calcio —Ca(OH)²—, carbonato cálcico —CaCO³— y silicato cálcico —Ca²SiO4—, pero sin embargo ninguno de estos compuestos explicaba su poderosa coloración azul. Los científicos sospecharon que quizá el cobre u otro material de transición podría ser el responsable de ese tono, pero fueron incapaces de detectarlo en cantidades suficientes para confirmar su teoría.
El rompecabezas se complicó aún más después de las siguientes pruebas. Los análisis por espectrometría de plasma redujeron el nivel de oxígeno a un 50 por 100 o 55 por 100 como mucho, lo que, al parecer, es normal en cualquier roca. Pero la sorpresa llegó con la cromatografía de gases, con la que se trató de localizar algún compuesto orgánico en la roca —un tinte— que justificara su color.
Como digo, fue una sorpresa.
Tras triturarse parte de la piedra azul y mezclarse en soluciones de acetona, hexano y metileno, y potenciarse estas extracciones con ultrasonidos, se logró detectar un compuesto orgánico no identificado. Había, pues, un elemento no mineral que podría dar a entender que la piedra azul había sido, tal y como sospechaba Pitoni, sintetizada por alguien en un remoto pasado.
La espectrometría de masas redondearía la faena, descubriendo el nombre del compuesto, y arrojando su fórmula molecular (C17H24O³). Pero, ¿de qué se trataba?
De entrada, las gestiones de Alfonso Martínez descartaron que se tratara de un compuesto comercial —con lo que descartábamos la posibilidad de un fraude moderno con bastante seguridad—, pero abrieron otros interrogantes. Por ejemplo, ¿era ese compuesto el responsable del color azul de la piedra? ¿Quién lo sintetizó y cuándo? ¿Y quién tenía conocimientos químicos suficientes en África para fabricar un color así?

 

En busca de los responsables

¿Fabricar? La alusión, primero del propio Pitoni y después de los análisis científicos de Martínez, a una posible manufactura de las piedras azules me hizo orientar de inmediato mis averiguaciones hacia los responsables de ese logro.
En las leyendas de Sierra Leona recogidas por Pitoni había un margen más que suficiente para suponer quiénes fueron los fabricantes, o al menos quiénes podrían tener una idea más clara al respecto.
Y eso —suerte de tecnología— quedó oportunamente grabado en las cintas de mi entrevista con este aventurero.

—¿Y los ángeles petrificados? ¿También se encontraron en Kono?
—¡Claro! —recuerdo que en este punto Pitoni se mostró visiblemente satisfecho por mis preguntas—. Fueron halladas enterradas en aquel mismo lugar numerosas estatuas de diferentes tamaños —de 15 a 60 centímetros cada una—, que los habitantes de la región  creen que son los cuerpos petrificados de aquellos ángeles rebeldes expulsados por Dios. Los encontraron los nativos mientras excavaban en busca de diamantes, aunque también se han encontrado en Liberia, Guinea Conakry y en toda la zona que limita con el Atlántico.

Uno de los nómolos encontrados cerca de la veta de piedras azules de Guinea Conakry. (Archivo Pitoni.)

 

—¿Y corresponden a alguna raza conocida?
—No exactamente. Tienen una cabeza muy desproporcionada con respecto al cuerpo, ojos saltones, nariz aguileña de aletas amplias, boca grande y mandíbula sin mentón, y suelen encontrarse a profundidades de entre diez y doce metros.
—¿Los han podido datar?
—Más o menos. Como usted comprenderá, la única forma que tenemos de datar esas estatuas es en relación a la capa de sedimentos geológicos en la que se encuentran. Sólo a finales de 1.991, durante un viaje con un periodista de la revista italiana Época, Mario Lombardo, descubrí un bastón de madera tallado cerca de una de estas imágenes que los nativos llaman «nómolos». Al ser analizada en febrero de 1.992 por Giorgio Belluomini con el método del carbono 14, el resultado que arrojó la madera fue de dos mil quinientos veinte años… Pero si se parte de la base que se han encontrado otras estatuas a profundidades mucho mayores. Esa cifra podría retrotraerse hasta los diez o doce mil años…
—¿Y a quiénes cree que corresponde esas imágenes?
—Mi teoría es que se trata de atlantes, que utilizaron esa región para fabricar la «piedra azul» a modo de estuco. Debieron ser los supervivientes de la catástrofe que terminó con su continente, y que se refugiaron en esa parte de África y en Centroamérica. Después del desastre, supieron que estaban en vías de extinción, ya que no podían mezclarse con los homínidos que entonces había y buscaron enseñar a aquellos «hombres inferiores» (es decir, nuestros ancestros) su sabiduría, transmitiéndola a modo de iniciaciones sacerdotales. De hecho, fueron esos «hombres inferiores» quienes los representaron en las piedras que se han hallado en Sierra Leona.
—¿Y dónde está esa sabiduría ahora?
—Fueron los atlantes quienes fundaron la civilización egipcia y mesopotámica por un lado, y la maya por otro. Las dos partes tienen como nexo de común la construcción de pirámides, que usaron para mandar energía magnética al espacio.

Durante algunos segundos los dos permanecimos en silencio. Las teorías de Pitoni sobre los atlantes eran ya pura especulación, así como sus ideas de que se trataba de una civilización eminentemente psíquica. Sin embargo, los «nómolos» no son teoría sino una realidad arqueológica inclasificable. Almacenados en el Museo Británico y hasta en el Museo de Arte Popular de Basilea sin referencias precisas a su antigüedad, tal vez estas esculturas sean el eslabón perdido que existe entre los remotos habitantes primitivos de África y la irrupción en la historia de la depurada cultura egipcia. Pero sólo tal vez.

 

Un último enigma: la madre de piedra

Los enigmas del África negra servidos por Pitoni no terminaron en los nómolos. Éste lo incluyo a título de inventario, con la esperanza de que tal vez los datos que hoy proporciono ayuden mañana a resolver el inquietante misterio de la «piedra del cielo».

Trataré de explicarlo lo mejor posible.
Durante los últimos siete años, este orondo ingeniero italiano, que habla fluidamente español, ha invertido buena parte de su tiempo y si dinero en la búsqueda de nuevas pruebas arqueológicas que sustenten su tesis de que el área comprendida entre Sierra Leona y Guinea Conakry es el lugar donde emergieron las bases de culturas como la egipcia, y tal vez como la mítica cultura prefaraónica que exportó los logros de su perdida Edad de Oro a los pueblos ribereños del Nilo desde el siglo XXX a. C.

En suma, que allí podría encontrarse el verdadero país de Punt que buscaron todos los antiguos faraones.
En 1.977, Pitoni hizo otro descubrimiento sorprendente en esa dirección, y le pedí que me lo explicara.

—Lo que había descubierto hasta entonces no me dejó satisfecho —reconoció Pitoni—. Los expertos podrían dudar de si los «nómolos» pudieron haber sido puestos en su lugar en fechas recientes, y no creer en mi hipótesis atlante. Debía encontrar algo inequívoco como las pirámides… Pensé que si los atlantes sembraron las bases de las grandes civilizaciones del pasado, también pudieron influir en la construcción de grandiosas pirámides o zigurats, y me propuse encontrar algún monumento conmemorativo en el continente. Y de nuevo me dispuse a escuchar las leyendas tribales.
—¿Y qué encontró?
—Finalmente, una tribu me habló de una mujer petrificada que se conservaba en cierta zona de Conakry. Me dirigí al departamento de geología de ese país y les expuse el problema. Ellos conocían la leyenda, e incluso me dijeron que la mujer de piedra estaba en la cima de una sierra llamada Mali —sin relación con el país del mismo nombre—, pero me advirtieron que era sólo una leyenda.
—¿Ya lo habían comprobado?
—¡No! Nunca habían ido hasta allí a verlo. Pero yo fui. El lugar esta en la frontera entre Guinea Conakry y Senegal… Y cuando la vi con mis propios ojos me quedé muy impresionado. Había encontrado la escultura más grande del mundo: es una «reina de piedra» de ciento cincuenta metros de altura.
—¿Ciento cincuenta metros?
—Ajá. Desgraciadamente, como estaba llegando ya la estación de las lluvias no pude más que verla, examinar el tipo de roca en el que estaba tallada (granito) y comprobar que era una piedra muy difícil de trabajar. Eso descartaba que la estatua fuera producto de la erosión  eólica… Más tarde estudié cómo podían haberla tallado y descubrí que se trata de un altorrelieve realizado en tres fases, para el que necesitaron algún tipo de base para trabajar.

 

Angelo Pitoni quiere llegar hasta aquí. Hasta este pronunciado barranco donde se adivina la colosal estatua de una mujer. Está en la frontera entre Guinea Conakry y Senegal, y, de confirmarse su artificialidad, desmerecería a la esfinge de Giza como la estatua más grande tallada por la mano humana . (Archivo Pitoni.)

 

Pitoni me tendió unas fotografías de la «madre de piedra», como él la llama, y de inmediato vimos que la imagen estaba en la parte superior de un barranco muy escarpado. El ingeniero comprendió mi asombro.
—El barranco tiene doscientos cincuenta metros de altura —se apresuró a explicar—, y si aceptamos que en tiempos de la elaboración de la estatua estaba cubierto hasta los pies de la misma, entiendo además que un deslizamiento de tierras normal viene a ser de un centímetro por año, podríamos datar la imagen en más de veinticinco mil años.

Las investigaciones de Pitoni sobre esta imagen han llegado todavía más lejos. Estudiando su orientación, este ingeniero descubrió que su «mirada» se fijaba en un valle cercano donde se encuentra una mezquita que atesora algo que no pudo ver en su último viaje a la zona. Más tarde, Pitoni dedujo que la imagen podría corresponder a un legado atlante similar a la Esfinge de Giza, y que merecía ser investigada en más profundidad.

Pero la «madre de piedra» aún aguarda en medio de la selva a que alguien realice ese trabajo…

 

 

EL AUTOR es periodista y escritor. Nació en Teruel en Agosto de 1.971 -es Leo con ascendente en Géminis-.

Ya desde muy niño mostró inclinaciones hacia la comunicación, introduciéndose en el mundo de la radio a los doce años y comenzando a publicar sus primeros reportajes con apenas dieciséis. Más tarde, se trasladó a Madrid donde estudió Ciencias de la Información en la Universidad Complutense y estableció los contactos necesarios que después le permitirían desarrollar su profesión de informador, viajero e investigador.

Hasta la fecha lleva recorridos casi una veintena de países y ha dado el equivalente de veinte vueltas al mundo "en busca de mis desafíos", como gusta llamar a los misterios a los que se enfrenta.

www.javiersierra.com

 

 
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